Empezó a trabajar a los nueve años pero pudo terminar el secundario y rehacer su vida

Isabel Martínez de Campos
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12 de junio de 2018  • 16:03

Melisa Rojas tiene 22 años y nació en Las Pampitas, en Perico, Jujuy. A los nueve, empezó a trabajar en plantaciones de tabaco y de frutillas. Dice que por momentos soñaba con jugar, pero había poco tiempo: la prioridad era trabajar para poder comer. "En temporada, eran ya las seis de la mañana y con mi mamá estábamos desencañando. A las 18 volvía a mi casa y ayudaba a mi abuela que tenía un kiosquito", describe.

Hoy se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil y la historia de Melisa es una de las tantas que reflejan el impacto de ese flagelo en nuestro país. Según las Naciones Unidas, 152.000.000 de menores en el mundo son víctimas de trabajo infantil, mientras que 73.000.000 de chicos hacen laborales peligrosos para su salud, seguridad y moral. En Argentina, desde el Observatorio de la Deuda Social de la UCA estiman que entre 2010 y 2016 hubo una merma en la propensión al trabajo en niños y adolescentes del 6,1%. Esto quiere decir, que serían 500.000 los chicos de 5 a 17 años que dejaron de estar en esta situación: en 2010 existían 1,5 millones de menores afectados (18,4%), y, actualmente, serían 1 millón (12,3%).

Hoy, Melisa todavía tiene fresca su niñez en una pequeñísima casa de barro con cocina a leña. "Había dos piezas, que compartía con otros 10 miembros de la familia, generalmente teníamos que pasar la mayor parte del tiempo afuera porque no había lugar para todos", recuerda.

Con dolor, cuenta que no pudo crecer junto a sus hermanos más chicos (eran cinco en total) y sus padres. "No había lugar para mí en la casita que alquilaban, solo tenía dos cuchetas y una cama, entonces como yo era la mayor, me tuvieron que llevar a vivir junto a mi abuela y otros familiares. Si bien mi abuela era muy buena, estaba casada con un hombre alcohólico y muy maltratador", cuenta.

A pesar del trabajo, nunca abandonó la escuela. "Cuando era tiempo de asistir a clase, trabajaba en la cosecha de frutillas a la mañana y a la tarde iba a estudiar. Muchas veces la extrañaba a mi mamá cuando por largas temporadas se iba a trabajar a San Juan", confiesa.

Pero en su vida hubo un momento bisagra, un antes y un después. El cambio comenzó cuando a los 11 años comenzó a asistir al programa Porvenir, enfocado en erradicar progresivamente el Trabajo Infantil, de la Asociación Conciencia en alianza con una empresa multinacional y organizaciones locales.

"Me enseñaron muchas cosas y me dieron mucha felicidad, porque aprendíamos y jugábamos a la vez. En los talleres de Porvenir aprendí manualidades, computación, baile y además, me inculcaron valores como la educación y la familia. También me hice muchos amigos", sostiene la joven sobre el programa.

Hubo un profesor que la marcó para siempre. "Él nos dio tanto a mí como a mis amigos (que también trabajaban desde chicos), la confianza para creer en nosotros mismos y para confiar que podíamos salir de la situación en la que vivíamos - afirma - Con su acompañamiento y consejo pude darme cuenta de que yo tenía que mejorar mi autoestima. Nos mostró que había otra vida posible, que podíamos salir de la situación de trabajo infantil. 'Vos podés hacer una diferencia en la vida', nos decía. Esa frase me acompañó siempre".

Con mucho esfuerzo, terminó el secundario y se dedicó a hacer manualidades (como souvenirs y centros de mesa). Dice que está contenta porque actualmente puede vivir con su mamá y su hermanito de seis años.

Para Melisa, algunos de las principales razones del trabajo infantil en su comunidad y en el noroeste argentino, son la vulnerabilidad económica de las familias que allí viven y también la concepción cultural de que hacer trabajar a los chicos desde su primera infancia los hará más responsables en el futuro. "Lo terrible de todo esto es que más allá de que muchos padres hacen trabajar a sus hijos por necesidad, los llevan desde muy chiquitos, quitándoles la posibilidad de jugar e ir a la escuela. Y esto se profundiza cuando son adolescentes, porque al trabajar y ver que pueden ganar dinero, cada vez se alejan más del estudio.

Gracias al impulso que le dio Porvenir, hoy Melisa está llena de proyectos. Actualmente se está capacitando en electrónica a través del programa Somos Capaces, que este año está focalizando en actividades tecnológicas y que es desarrollado por Conciencia. Sus sueños son muchos: formar una familia, tener un auto, una casa, estudiar inglés e ingeniería naval y electrónica.

"Soy la primera nieta de mi abuela que terminó el secundario, la primera en la familia. Esa fue siempre mi primera meta y la cumplí. Ahora voy por más", concluye con una sonrisa.

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