El sonido más extraño del mundo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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13 de junio de 2018  

Ocurrió a finales del verano, a esa hora en que al día se lo nota fatigado, el sol se reclina nostálgico, el estío se torna amable y uno sale al balcón a respirar un poco. No olía a otoño todavía. Nada de eso. Pero en el aire tardío ya había un cambio. Entonces la vimos venir.

Siempre tenemos pájaros volando en grupo aquí en el Delta. Pero esta bandada era diferente. Eran centenares, provenían más o menos del noroeste y cruzaban a diez o veinte metros sobre nuestras cabezas en dirección al sudeste.

Golondrinas, probablemente. Es lo de menos. Todos sabemos cómo suena el aleteo de un pájaro. Pero esto era otra cosa. Era de otro mundo. La visión de la bandada interminable ya resultaba inquietante. Pero había algo más. El sonido.

En el silencio incontable del ocaso percibí un rumor perturbador. Eran las alas de esos cientos de pequeñas aves oscuras apresurándose en el cielo diáfano. El murmullo llenaba el atardecer con una potencia sutil, pero inequívoca. La bandada tenía el tamaño de un barco y transcurrieron varios minutos hasta que terminó de pasar. Al rato volvió otra, igual de inmensa; o la misma, lo ignoro. Sí sé que el sonido era idéntico, tan suave al tacto que parecía hacer visible el aire transparente. Era como si, tras meses de sequía, el cielo suspirara exhausto. No es improbable que el cielo necesite el aleteo de centenares de pájaros para lamentarse.

Pero dije mal. Dije que no era de este mundo. He ahí un síntoma de nuestro amargo divorcio con el planeta. Este aleteo multitudinario es bien de este mundo, y se repite cada año. Pero rara vez lo presenciamos.

¿Han visto alguna vez una secuoya? Se encontró hace poco una que es mucho más alta que el Obelisco. Estos árboles le sacan, en promedio, veinte metros al más porteño de nuestros monumentos. Pueden vivir más de 3000 años y son los organismos vegetales más grandes que existen. Sí, también son de este mundo.

Como el rumor de esas bandadas exorbitantes de finales del verano, observar una secuoya es algo sobrecogedor. Algunas nacieron de semillas diminutas que germinaron en los tiempos del rey David. Hay un pino, en las Montañas Blancas de California, Estados Unidos, cuyos bracitos verdes se desperezaron por primera vez en busca de la luz cuando los humanos todavía estábamos en la Edad de Piedra.

Pero, por favor, a no confundirse. Este no es otro almibarado ditirambo de la naturaleza. Lejos de eso. Es más bien una advertencia.

De forma inevitable, porque somos legión, nos volvimos urbanos y fuimos perdiendo contacto con el planeta y con lo que el planeta es capaz de hacer. Pero las rumorosas bandadas como buques y los árboles como rascacielos milenarios no son sino la otra cara de un mundo que produce ciclones cuya energía equivale a la de 10.000 bombas atómicas.

Con demasiada (con peligrosa) frecuencia, el discurso ecologista es tomado como una suerte de proteccionismo exagerado. No es así. Si tenemos que volvernos cada vez más eficientes en nuestro consumo de energía, si es necesario cuidar el agua y si debemos incorporar -con urgencia desesperante- la disciplina del reciclado es porque la naturaleza no solo es bella y sorprendente, inspiradora y sanadora. Aparte de todo eso, su poder es inimaginable.

Y no sé si esto es evidente, pero a la Tierra no le importamos. No será más piadosa con nosotros que con los dinosaurios o los mamuts.

Viceversa, a nosotros debería importarnos bastante la Tierra. No solo porque no tenemos ningún otro lugar adonde ir (olvídense de Marte por ahora, en serio), sino, y sobre todo, porque es un planeta. En algún momento cobró vida y aquí estamos. Pero no deberíamos olvidarnos de que, por muy supremos que nos creamos, no tenemos ni la más mínima chance contra un planeta.

Hay, por eso, una frase que resume bien los preceptos de la ecología: esa frase es sentido común.

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