Chocolate por la noticia

Fuente: LA NACION
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14 de junio de 2018  

Recientes declaraciones del dirigente sindical Héctor Daer sintetizan el pensamiento populista al que adhieren por igual sindicalistas, peronistas racionales, peronistas irracionales, socialistas, marxistas, anarquistas y no pocos radicales, entre tantos más. En realidad, es el núcleo del sistema de ideas y creencias que prevalece en la Argentina desde hace un siglo y que se reflejan en las sucesivas crisis económicas vividas desde 1952.

Según Daer, "el pecado de este gobierno es que no tiene una mirada social" y, por tanto, "lo único que tiene en su horizonte es reducir el déficit fiscal". Completó sus declaraciones con una sabia conclusión. "Para reducir el déficit -dijo- hay dos maneras: o con ajuste, empobreciéndonos a todos, o con un programa de desarrollo", que no estaría vislumbrando.

Malas noticias para Daer: no hay programa de desarrollo posible sin confianza para los inversores. Y no habrá confianza mientras haya déficit fiscal, mientras haya inflación y mientras el costo argentino haga trizas la competitividad.

El déficit fiscal está directamente vinculado con el empleo público, las jubilaciones y los planes sociales. Hay ocho millones de argentinos en el sector privado que sostienen a los 20 millones que reciben dinero del Estado. El costo argentino es la forma en que esa desproporción se refleja sobre los hombros de esos ocho millones cuando pagan salarios, contratan servicios, compran combustible o pagan tarifas. Sumado a las distorsiones que permite la ley laboral (en su interpretación judicial) para que la relación de dependencia sea una mala palabra en nuestro país.

Como es lógico, los 20 millones no quieren alterar esa divina proporción. No porque sean malas personas, sino por necesidad de mantener a sus familias. Nadie acepta cambiar si la alternativa no está perfectamente clara. Por eso, la ciudad de Buenos Aires está bloqueada con piquetes, marchas, cortes y protestas. Ayer, un nuevo paro del gremio de Camioneros; para hoy y mañana, el anuncio de otra huelga docente, y el lunes 25 de este mes, la convocatoria de la CGT a otro paro nacional: el tercero durante el actual gobierno. La única solución es un "shock" de confianza, como tantas veces se anuncia y tan pocas veces se concreta, pues todos conocen el cuento del lobo.

El sistema de ideas y creencias argentino suele condenar el ingreso de fondos "golondrina" para aprovechar las distorsiones financieras y luego "volar" con pingües ganancias cuando la situación empeora. Se supone que son mejores las inversiones productivas, en equipos, fábricas e infraestructura. ¡Chocolate por la noticia!

Quienes deberían arriesgar capitales, enterrándolos en nuestra querida república en inversiones productivas, equipos, fábricas e infraestructura, tiemblan cada vez que escuchan las declaraciones de sindicalistas y políticos con razonamientos como los citados arriba. El déficit fiscal es como la falla de San Andrés, en California: ¿quién desea construir allí una casa si advierte que el suelo tiene una hendidura que puede devorarla en un instante?

Por su parte, el costo argentino es como invitar a una persona a tomar un café donde comió toda una familia y dejarle la cuenta impaga, incluyendo la propina. Quien decide inversiones desde el exterior compara la Argentina con otros destinos posibles y prefiere no caer en los brazos de Moyano, o de Daer, o de sagaces picapleitos laborales. Ni tampoco ponerse al alcance de voraces fiscos de las tres jurisdicciones que esperan, ávidos, para que contribuyan a financiar sus desajustes.

Otro lugar común del imaginario popular es sostener que para sortear la crisis la Argentina debe adoptar un modelo exportador. ¡Segunda taza de chocolate por la noticia!

Para tener un modelo exportador es necesario ser competitivo. Y para ser competitivo hay que reducir el costo argentino, como bien lo saben las economías regionales. La presión fiscal nacional, los impuestos provinciales y las tasas municipales para cumplir con gastos corrientes (sueldos, jubilaciones, pensiones, planes) que nadie quiere reducir, pues "no están dadas las condiciones", son un obstáculo insalvable. Los exorbitantes costos logísticos están controlados por el Sindicato de Camioneros, que tiene la capacidad de paralizar el país.

La competitividad requiere costosas inversiones: muchas pymes deberían modernizar sus procesos productivos, pero no lo hacen porque en la Argentina hay incertidumbre y prefieren esperar hasta que aclare. Y la incertidumbre se relaciona con el déficit fiscal, el costo argentino y la percepción de que la mayoría comparte la visión de Daer.

El populismo prevaleciente impide la formación de capitales dentro del nuestras fronteras, pero sin capital a costo razonable no hay ni habrá inversiones. Creer que esto puede reemplazarse con créditos blandos de bancos oficiales u otras alquimias fiscales es tirar el dinero. Cuando no hay confianza, esos instrumentos son utilizados por pícaros, especialistas en esquilmar al Estado, que se enriquecen cantando el Himno, con la escarapela puesta y la billetera llena. Ya ha ocurrido mil veces y luego son tapa de Forbes.

Es lamentable la falta de estatura y de imaginación de muchos dirigentes políticos. Si los más esclarecidos tuvieran la capacidad de advertir el salto de calidad que tendría la Argentina si hubiera un consenso de desarrollo para reducir ese déficit, bajar el costo argentino y fortalecer las instituciones, no dudarían ni un instante en hacerlo.

El cambio de expectativas podría ser instantáneo y fenomenal. La entrada de capitales reduciría de inmediato el riesgo país, alejando el fantasma del default. A la inversa, traería preocupación por el atraso cambiario, obligando a adelantar las reformas estructurales para que las empresas puedan competir exitosamente en un nuevo modelo exportador.

Además del capital "golondrina", entrarían capitales de largo plazo, creándose fuentes de trabajo genuinas. Recién entonces será posible el programa de desarrollo que Daer no vislumbra en el actual contexto y que sus correligionarios impiden, como profecía autocumplida. En ese momento, los problemas serán otros, como la demanda de empleo calificado y el drama de quienes no tienen formación adecuada. O las inversiones faltantes en infraestructura que crearán cuellos de botella.

Si la Argentina fuese capaz, por consenso de sus dirigentes, de liberarse de las cadenas del populismo y ponerse al frente de América Latina, este cambio no sería solo en provecho del actual gobierno, sino que colocaría en mejor situación a sus contendientes más sensatos, pues se habría superado el costo político del cambio y la población buscará, luego del desgaste, otros dirigentes con capacidad política para liderar las transformaciones restantes en materia educativa y social. Los discursos serán otros y las promesas tendrán más posibilidad de convertirse en realidades.

Esto que parece un sueño está al alcance de la mano. Pero la mano debe ser movida por la cabeza, y en materia de cabezas todavía estamos como el tango de Gardel.

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