Hijos de las crisis y la inflación

Luciano Román
Fuente: LA NACION
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14 de junio de 2018  

Una generación "apichonada", con ambiciones y audacias reprimidas, sin visión de largo plazo, aferrada a lo que tiene y temerosa del riesgo. Esa sería la más pesada herencia de las sucesivas crisis argentinas. Un país inestable, imprevisible, en el que las reglas de juego están subordinadas a arrebatos y arbitrariedades, moldea, al fin y al cabo, el espíritu de una o de varias generaciones. Los argentinos que hoy tenemos entre 30 y 50 somos hijos de la inflación, el corralito, los cepos, las devaluaciones sorpresivas y los manotazos de todo tipo. Eso nos ha convertido en una generación atravesada por la inseguridad, el desencanto y la falta de horizonte.

Un país en el que proyectar a largo plazo equivale a jugar a la ruleta es un país donde nadie sabe bien dónde está parado. Y eso, inevitablemente, influye en los planes y decisiones individuales. En la era del "emprendedorismo", la historia de la Argentina conspira contra cualquier entusiasmo. Emprender, soñar, arriesgar, creer. Todos parecen verbos incompatibles con la Argentina de las últimas décadas. Como toda generalización, reconoce no una, sino varias excepciones. Hay muchos ejemplos de empresas innovadoras y exitosas que se han forjado en la Argentina de este siglo, pero no alcanzan para definir la cultura de nuestra generación, no expresan el espíritu de nuestra época.

La inflación no solo come los bolsillos: también "te come" la cabeza. Somos una generación que no ha conocido el crédito -salvo en lapsos muy efímeros-, que nunca ha tenido demasiados estímulos para ahorrar; que ha visto a sus padres perder, en el vértigo de una u otra crisis, el capital que habían forjado con esfuerzo. Somos una generación que, por supuesto, no confía en "el colchón", pero tampoco en los bancos ni en la Bolsa. Asediados por las turbulencias económicas y la inseguridad urbana, confiar no parece cosa fácil. El riesgo es que ese temor estreche nuestras ambiciones y paralice nuestra energía creadora, si es que ya no lo ha hecho de manera irreversible.

Preferimos consumir antes que ahorrar; gastar antes que invertir. A eso nos han conducido los traumas de los últimos 50 años y el virus del populismo demagógico. Nos aferramos al empleo seguro, porque las oportunidades son escasas y arriesgarse es casi temerario. Las crisis han alimentado una cultura que endiosa una "planta permanente" en el Estado. Ante la incertidumbre, la inestabilidad y el miedo al futuro, conseguir empleo seguro en la administración pública parece el sueño de una generación empujada al conformismo. Así se ha destruido y sobredimensionado al Estado, convertido en una aspiradora voraz de recursos y en una máquina de endeudarse para sostener lo insostenible. Convertido, en definitiva, en una incubadora de crisis recurrentes.

Somos hijos de una Argentina "achicada", en la que el sector privado ha tenido que renunciar a la expansión para resignarse a la supervivencia. Y en la que el Estado ha crecido al mismo tiempo que dejaba de garantizar buena educación, buena salud y seguridad. Es inevitable que eso moldee la cultura de nuestra generación.

Del espíritu inmigrante de nuestros abuelos y la confianza emprendedora de nuestros padres hemos pasado ahora al riesgo de un conformismo temeroso que nos podría conducir al quietismo y la parálisis. Cada vez son menos los que piensan en construir algo y más los que tironean para que les den algo. No solo han influido los traumas dolorosos de nuestra economía doméstica. La incertidumbre y la falta de confianza en el futuro son fenómenos globales y mucho más complejos. Pero no podemos negar que las crisis argentinas nos han debilitado el entusiasmo, el idealismo y el coraje a una generación que nunca pudo pensar a largo plazo ni encontró estímulos para arriesgarse. Darnos cuenta quizá sea una forma de empezar a recorrer otro camino. Pero no depende de destellos individuales. Depende de nuestra capacidad para torcer el rumbo, sin enredarnos en el pesimismo ni caer en el voluntarismo.

Periodista y abogado. Director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata

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