El hombre que mira y no pide en la oscura madrugada

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: Ilustración: Kalil Llamazares
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17 de junio de 2018  

Está escrito en mi piel. Un día perdí el corazón en el mar. Sentí que me había dejado de pronto. Con los años comprendí que fue una lenta despedida, como si el tiempo me hubiera preparado para aquel destierro. Algo ya no estaba.

Así como estas palabras parecen desoladoras tienen también algo componedor. Un corazón perdido puede ser un remedio de esperanza, de resguardo y silencio. Volver a empezar: un aliento casi apagado, el marcador en cero afincado en las cornisas de la duda, comienza nuevamente a transitar buscando certeza.

Yo tengo, ustedes tienen, él no tiene.

A veces veo una similitud entre los que tienen mucho y los que tienen poco. Pareciera como si ambos estuvieran faltos, hay un lugar donde se encuentran: lo mucho con la nada. Puedo pensar que lo digo desde mi territorio de comodidad, ya que me encuentro sentado en un sillón y una lámpara ilumina mi mesa de trabajo que tiene un textil colorado.

Muchas mañanas, cuando salgo muy temprano de la Boca, en una esquina del barrio hay un señor de mi edad sentado en una silla de ruedas. La primera vez que lo vi a último momento en la oscuridad, antes del amanecer, me deslicé muy cerca y me asusté. Luego de pasar el semáforo, paré, abrí la ventanilla, giré la cabeza y nos miramos. Un colectivo, detrás de mí, me obligó a seguir.

Desde entonces siempre tomo el mismo camino y lo busco. A veces no está. Esta mañana estaba, el barrio era un páramo, no había autos ni gente. Paré en el semáforo y estaba en el mismo lugar, estacionado en un costado de la calle, como si esperara que los autos le pasasen muy cerca. Bajé la ventanilla y nos miramos. No dijo nada, no me hizo señal alguna, sus ojos muy oscuros me miraban apaciblemente. Estiré la mano con un billete y lo tomó. Con integridad, me dijo: "Para eso estamos". Sentí un baldazo de dignidad que me hizo pensar todo el día en él.

Sí: yo tengo tantas cosas que él no tiene, pero, creo, hay muchas cosas que él tiene que yo no. ¿Será un sueño? ¿Es posible que este hombre que espera en una esquina postrado, sin pedir nada, tenga algo que yo no tenga? Sí, es así.

¿Cuál es la razón por la que solo hace su silenciosa rueda de espera en la oscuridad de la madrugada, cuando los autos al pasar por al lado del último vehículo estacionado de la cuadra, de pronto y escandalosamente lo ven, casi rozándolo. Y estando el semáforo verde, segundos después, ya se alejan tanto que no les da tiempo a disculparse, decir o remendar. Nunca pide, solo mira.

Todos sabemos que no es la mejor forma de ayudar estirar el brazo con un billete que apenas mitigará un día de necesidad. Eso sentí: un pequeño remiendo, una insinuación que apenas cubre una llaga a piel viva, del más y del menos.

Siempre admiré a los poetas rusos de los últimos doscientos años; tienen un mismo lenguaje, que está enraizado en el dolor, la espera, el sufrimiento. Entonces, cuando llega una pequeña alegría es un triunfo de esperanza que se refleja y se ve volcado al papel. A través de las décadas, pensamientos cortados con idéntica tijera, manteniendo una misma voz a través del tiempo. Una voz que solo puede ser rusa, hay algo que los abraza a todos. Todos ellos tuvieron algo que otras naciones y pueblos no tendrán nunca.

¿Y qué tenemos? Palabras, que son al final nuestro bien más sencillo, parecen mejorar con los años y las llevamos a todos lados sin ocupar lugar alguno. Las palabras desbordan alegría y tristeza, emancipan para siempre a quien las escribe, a quien las dice. Una suerte de noble diploma que se guarda dentro de los corazones, que se pierde en el mar o en la mano que se estira para intentar ayudar a otros.

O quizá queda en el silencio de un hombre que solo nos mira, antes del alba de los días, haciéndonos pensar en todo o en nada.

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