Dejan Lazic: Liszt, entre el brillo y el desborde

Pablo Kohan
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15 de junio de 2018  

Dejan Lazic / Intérprete: Dejan Lazic (piano) / Programa: Rapsodia húngara n° 18, Dos czárdás, S 225, Los juegos de agua en la Villa de Este, entre otras / Mozarteum argentino / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: muy buena

Un recital íntegramente planteado con obras de Liszt implica no pocos desafíos. Si bien en la extensa carrera de este fenomenal compositor hay etapas diferentes, en última instancia es el mismo creador admirable que, más allá de las distancias discursivas, utilizó recursos técnicos bastante similares y que se van repitiendo, indefectiblemente, tanto en aquellas obras iniciales de virtuosismo espectacular como también en esas reflexiones o meditaciones postreras. Pero para poder admirar y deleitarse con esas sutiles diferencias es necesario que el pianista que emprenda la tarea tenga no solo una técnica descomunal sino también una conciencia cabal de esas disimilitudes. En ese sentido, Dejan Lazic, un brillante pianista croata satisfizo con una técnica formidable, al mismo tiempo que dejó una sensación de reiteraciones interpretativas que igualaron a todas las obras.

El recital estuvo integrado, en su primera parte, por obras originales de Liszt, y, en la segunda, por transcripciones, fantasías o paráfrasis de obras de otros compositores pero que, en definitiva, terminan siendo creaciones atravesadas por la personalidad de Liszt. Y, de principio a fin, sin distinguir claramente las idiosincrasias de cada pieza, Lazic denotó las mismas intenciones. En el comienzo, con la Rapsodia húngara nº18, el pianista arrancó con tantas precisiones como exquisiteces. Un auténtico orfebre elaborando frases, detallando arpegios y desgranando pasajes de velocidad con una claridad milagrosa. Pero esas certezas apropiadas para una rapsodia e, incluso, para las Dos czárdás, S.225 que le continuaron, se diluyeron cuando llegó Los juegos de agua en la Villa de Este y sus efectos acuáticos fueron encarados con las mismas exuberancias, ahora ajenas. Esa misma e inapropiada lectura y realización también sobrevinieron en la Tarantella, cuya pauta danzable ni siquiera apareció, en el archiconocido Liebestraum nº3, un bellísimo nocturno en el cual la violencia es innecesaria, y, sobre todo, con la transcripción de la muerte de Isolda. Ni en la ópera de Wagner ni en esta reelaboración para piano hay lugar para tragedias épicas.

Lazic no se equivocó nunca y siempre derrochó suficiencia. Hubo momentos mágicos con el costado húngaro de Liszt, en la intimidad bien detallada de la romanza de Tannhäuser, en el optimismo danzable de la Soirées de Vienna y en el drama del Erlkönig, de Schubert, y, en general, en aquellos pasajes en los que exploró la intimidad del lenguaje y las finuras y el lirismo de Liszt. Tal vez, con el tiempo, comprenda que las desmesuras no son imprescindibles y que deberían ser traídas a cuento solo cuando la partitura y el carácter de la obra lo requieren. Así en Liszt como en cualquier compositor.

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