Viaje al Louvre, el museo de las grandes aventuras

Jorge Fernández Díaz
Una visita guiada por las galerías de la sala de arte más célebre del mundo, que permiten una lectura épica de la historia y el mito
Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias
Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias
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17 de junio de 2018  

PARÍS.- Como en todo gran museo, hay un recorrido para cada sensibilidad en el Louvre. Para quienes tenemos una mirada épica de la vida y del arte, y nos interesamos por los dramas históricos y heroicos, el Louvre puede ser por momentos una antología lujosa de esas hazañas, derrotas, traiciones, aventuras y epopeyas. La primera evidencia la constituyen esos relieves que cantan la épica en la parte baja del museo. Uno en particular llama la atención: allí están Alejandro Magno y sus ayudantes de campo frente a Diógenes, que permanece tercamente sentado. Alejandro reconoce al filósofo de la extrema austeridad. Y, magnánimo, le ofrece lo que quiera. La respuesta de Diógenes es irónica: sólo quiere que su majestad salga del sol, puesto que el emperador lo está tapando. Esos dos hombres encarnan a muchos otros a lo largo de la historia de la humanidad: el conquistador a quien nada le basta y el asceta que nada necesita. Seguimos hoy mismo encarnando esas dos actitudes vitales, y a veces oscilamos entre una y otra.

Luego aparece una escultura que contiene un detalle insólito: un pequeño sireno. El saber popular conoce las formas de una sirena, pero muy poco o nada de su versión masculina. Un niño, ya no con una cola de pez sino con dos: una por cada pierna. El arte de la escultura exige siempre pensar, como lo hacía Miguel Ángel, que el escultor frente al granito informe y todavía intocado imagina primero la figura que quiere y luego trata de quitar de esa masa el excedente. A eso se reduce este arte excelso. Pintar es poner, y esculpir es sacar. Cuando uno ve de cerca una gran estatua o un busto, nota los increíbles e inspirados detalles y la hondura psicológica que le imprimen a la obra, sobre todo en las expresiones y posturas de los personajes. En ese patio del Louvre hay un cazador que somete a un jabalí con una lanza: su perro de presa muerde a la bestia con ojos ferozmente asesinos y cebados. La mirada de ese perro es vivaz y escalofriante. Más adelante, Hércules descansa sobre laureles, acodado en su garrote, que tiene ensartada la cabeza y la piel de un león.

Por ese camino me encuentro con Pierre Puget y su escultura de Milos de Crotone, un atleta que ganó 13 veces los juegos olímpicos y que, a la manera de Houdini, se propone una última hazaña: se hace encadenar a un árbol con el desafío de liberarse de esos pesados eslabones antes de que los lobos lo despedacen. Pero no lo logra. Y en la estatua aparece devorado por una fiera que lo ataca por la espalda. Es un hombre comido vivo, un hombre que se confió en su fama. Esa confianza te devora y te lleva a la perdición. Puget lo esculpió en 1683, pero esa lección la tenemos que recordar día a día.

Subimos unas escalinatas y vemos una frase de la Antígona de Jean Anouilh: "Es el rey. Él juega el juego difícil de conducir a los hombres". Es una sentencia acerca de la política, específicamente sobre el don del liderazgo. Un líder juzga a los hombres para conducirlos y esa es su principal tarea. Cuando no sabe juzgarlos, suele conducirlos a una crisis.

Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias
Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias Fuente: Archivo

Vemos de paso la corona y la espada de Carlomagno: oro, plata dorada, rubíes y perlas. Y nos topamos con la tumba de Philippe Pot, un aristócrata que premeditó los ornamentos con los que quería ser enterrado. En el siglo XV, mandó hacer una monumento fúnebre para que contuviera su féretro. Encima duerme un caballero con armadura, que representa al propio Phillippe, y a los costados marchan y sostienen la estructura seis hombres con capas, capuchas y escudos de sello de armas. Encontrarse semejante construcción dentro de un nicho ya sería fuerte; en el Louvre y fuera de contexto, es una experiencia umbría y asombrosa. Por esa senda del arte funerario, nos cruzamos con La Mort de Saint-Innocent. Un esqueleto siniestro que porta un escudo que representa la parca y que custodiaba el cementerio de las Santos Inocentes, en 1530. Más adelante, encontraremos Los funerales del amor, un título genial. Es una obra atribuida a Henri Lerambert, producida cincuenta años más tarde, en 1580. Se trata de una imagen muy significativa. Cupido, el dios del amor, ha muerto, y un grupo de ángeles enlutados cargan su cadáver. Máxima y desoladora alegoría del desamor.

Un tema clásico de la historia del arte es Diana, la cazadora. Esa amazona libre y autosuficiente, imagen de una mujer valerosa, tal vez la primera feminista de la Historia, hoy sería seguramente censurada. Diana está matando a un ciervo, imagen cruenta para la actual civilización, muy colonizada por Disney. En cualquier momento, las ultras y los gendarmes de lo políticamente correcto terminarán cargándose por paradoja a Diana, tal vez por su oficio de cazadora, que por otra parte era una función básica del hombre primitivo, oficio que llevamos inscripto en nuestro genoma. Quienes quieren prohibir el arte en nombre de una nueva sensibilidad buenista parecen ignorar que la historia no puede ser juzgada desde el presente y con valores elementales y poco pensados de hoy. Si terminaran por prohibir esas imágenes inconvenientes estaríamos al borde de una nueva Inquisición, siempre en nombre de las buenas causas. Es natural que analfabetos funcionales y por opción piensen así. Lo más indignante es que sean acompañados frecuentemente por ciertos pensadores. Esto produce estupefacción y hace acordar a El opio de los intelectuales, el libro de Aron que probaba la tendencia intelectual a las salidas autoritarias. La mirada Disney sobre los animales me parece otra paradoja: cualquiera que conoce la Naturaleza sabe que es cruel sin necesidad de intervención humana. La vieja idea hippie de la Naturaleza como madre benigna y sabia era naif y equivocada. Vean un rato Animal Planet y se darán cuenta.

Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias
Viaje al Louvre, el museo de las grandes historias Fuente: AP

Nueve millones de personas visitan el Louvre cada año. Pero cada una de ellas ve diferentes matices y siente de un modo distinto. Ahora mismo me quedo boquiabierto frente a El desembarco de Cleopatra en Tarsus. Allí está su reencuentro amoroso y político con Marco Antonio. Detrás de ellos, el mar, los barcos, el sol. Se suceden, a continuación, otras imágenes donde reaparece Cleopatra y emerge Ulises. Sin embargo, las ventanas del museo muestran columnas, techos, estatuas, empedrados, patios y jardines. Esas ventanas compiten y a veces vencen a los mejores cuadros. En un recodo, un ex soldado de espaldas anchas pero en silla de ruedas y con prótesis de acero en lugar de piernas observa concentradamente una pintura de Nicolas Poussin. Su título es grandioso: El tiempo salva a la Verdad de los ataques de la envidia y de la discordia. El pintor lo hizo en 1641 a pedido del cardenal Richelieu, y allí un ángel se lleva a la verdad sustrayéndola de las garras malévolas de los celos y del odio. La verdad debe ser defendida de su secuestro y de su violación. Antes, ahora y siempre.

Más adelante hay una advertencia sobre el engaño. Un magnífico óleo de Georges de la Tour, donde una mujer y un tahúr que esconde un as de diamante intentan timar a un joven ingenuo durante una partida de cartas. El joven es inexperto pero vanidoso, y las aves de rapiña no se lo perdonarán. Enseguida me llama la atención Watteau, porque realiza una obra sobre la ninfa y el sátiro. Pero lo hace de un modo políticamente incorrecto: la mujer está dormida e indefensa, aunque sugiere algo de histeria sensual en su pose. Mientras el sátiro, claro está, la acosa de un modo malsano. Es la galería de las grandes pulsiones del hombre y de la mujer, representados por cinceles y pinceles geniales.

Uno de ellos, Hubert Robert, pinta la Gran Galería del Louvre tal y como se veía en 1796, poco después de su inauguración. Y luego, en otro cuadro, imagina la devastación de esa misma galería. Es como si una guerra hubiera destruido el Louvre, lo hubiera reducido a ruinas, algo que estuvo a punto de ocurrir durante la Segunda Guerra Mundial. Esa última pintura es una defensa del patrimonio artístico, que debe preservarse por encima de las contiendas. Es impresionante caminar por los pasillos de ese mismo museo. En este momento, hay silencio y les juro sobre París era una fiesta que alguien está silbando el Ave María.

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