El arte de la elegancia moral

Hugo Beccacece
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17 de junio de 2018  

La casa de Victoria Ocampo en Rufino de Elizalde fue el ámbito ideal para la presentación de Todos parecían soñar, los cuentos completos de Ángel Bonomini, reeditados con esplendor por la prestigiosa editorial española Pre-Textos. Bonomini, como señaló Pablo Gianera en una nota reciente, es un autor hoy casi desconocido, por lo que la intimidad de esas salas contribuyó al clima de calidez que logró el presentador, Alberto Manguel, el director de la Biblioteca Nacional.

La historia de esa reedición empezó hace más de tres años, cuando Sebastián Álvarez Murena, hijo de Sara Gallardo y Héctor A. Murena le habló a la escultora Vechy Logioio (que fue esposa de Bonomini), de Pre-Textos y de uno de sus directores, Manuel Borrás, un gran lector con un olfato infalible para la buena literatura y una perseverancia de excepción en el mundo editorial. Borrás había publicado, entre otros autores, a Héctor A. Murena, una aventura nada fácil en España, le señaló Sebastián a Vechy.

Todos los años, "Manolo" Borrás viene a la Argentina, casi siempre acompañado por el notable poeta colombiano Darío Jaramillo. Se han hecho de muchos amigos, que los esperan con fidelidad. Hoy, Logioio forma parte de ese grupo. La amistad nació entre proyectos de edición, correspondencia y reuniones de escritores y artistas en casa de Vechy. Borrás resolvió publicar los cuentos completos de Bonomini apenas se lo propuso Logioio, pero varios problemas retardaron la salida del libro. Claro que también hubo satisfacciones. La aparición de Todos parecían soñar en España coincidió con la entrega a Borrás, de manos de los reyes, de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Manguel es un conferencista y un presentador que sabe atrapar el interés de todo público. Antes de llegar a hablar de la obra de un autor, conduce a los oyentes por el ameno camino de algunas anécdotas, de las historias personales, del retrato, y, si la ocasión se presenta, no desdeña las referencias autobiográficas, como hizo en este caso. "Bebe" Bonomini (así se lo llamaba en el ambiente literario) y Manguel fueron amigos. Se conocieron en la nación en 1972, donde ambos trabajaban. Ese fue el año en que se publicó Los novicios de Lerna, el primer libro de cuentos de "Bebe", al que le habían precedido varios títulos de poemas. El poeta y cuentista estaba en la plenitud; Manguel, por su parte, era muy joven, tenía veinticinco años, pero ya había leído lo necesario y mucho más para entablar un diálogo de lector avezado con Bonomini. Esa amistad literaria creció con el tiempo. Años después, Manguel se encontró en París, donde vivía, con Vechy y con Ángel, radicados por un largo período en la misma ciudad. Vechy recuerda a Manguel como un viento de frescura y de curiosidad que le traía a la pareja todas las novedades y los gossips del ambiente cultural. Los tres recorrían París para ver muestras de arte, escuchar conciertos y encontrarse con amigos. Manguel, en la presentación, contó que "Bebe" y Vechy, con la delicadeza imaginable en ellos, siempre armaban los encuentros poco antes de la hora del almuerzo o de la cena y lo invitaban a los mejores restaurantes. Así fue que pudo conocer todas las bondades de la gastronomía francesa.

Cuando habló de la obra de Bonomini, Manguel se refirió al cuento "Los novicios de Lerna", que da título al libro homónimo. Le pareció escrito para él, porque siempre fue, como Borges, un fervoroso lector de literatura fantástica. Pero los relatos fantásticos de Bonomini no se parecían a los del autor de Ficciones, tampoco a los de Bioy Casares, mucho menos a los de Cortázar o a los de la cruel, sarcástica e irresistible Silvina Ocampo. Manguel asoció desde ese cuento a "Bebe" con Kafka: lo fantástico surgía en ambos de lo cotidiano, de lo banal. Los libros de Bonomini estaban guiados por una estética que, al mismo tiempo, era una ética y una metafísica, pero todo tan sabiamente camuflado que esas profundas intenciones no se notaban. Uno avanzaba en la narración llevado por una prosa y una estructura impecables. Su "truco" en la literatura y en la vida era la elegancia moral.

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