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Todo el poder a Nicolás Dujovne

Pablo Fernández Blanco
Fuente: Archivo - Crédito: Emiliano Lasalvia
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14 de junio de 2018  • 22:19

Diciembre de 2015. El flamante presidente Mauricio Macri estrenaba su mandato con un nuevo organigrama de ministerios que, a primera vista, parecía contrario a sus intereses declarados en términos ahorro. Mientras buscaba recortar el déficit fiscal a través de un uso más cuidadoso de los recursos públicos, ampliaba la cantidad de carteras, y con ellas el número de sueldos altos a ser remunerados por el Tesoro. El esfuerzo adicional que se le pedía a las cuentas públicas se justificaba, según la Jefatura de Gabinete, por las bondades que daría una gestión más moderna del Estado, con dos coordinadores plenipotenciarios como Mario Quintana y Gustavo Lopetegüi.

Tenía sus argumentos: esa telaraña de cargos haría innecesaria la figura de un ministro de Economía, pasaje seguro a expediciones dramáticas como las de Domingo Cavallo en los '90 o el experimento menos contundente de Axel Kicillof. Y sumaría el trabajo en equipo, la mirada interdisciplinaria y el disenso a las decisiones económicas.

Dos años y medio después, los papeles sobre los que se diagramaron esas estructuras sólo le servirán a quienes estudien la historia, porque la realidad se impuso sobre aquella verdad. Macri asumió que nunca avanzaría en una reducción real del gasto público, como lo obliga el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), pero como también él mismo quiere, a menos que designara a un responsable visible y comprometido. Fue el primer paso para el meteórico ascenso del Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, en la consideración presidencial. Dujovne es un convencido de los males que conlleva el déficit fiscal.

En el camino quedó otro creyente de la ortodoxia como Federico Sturzenegger, quien renunció al Banco Central. El mismo explicó los motivos con destacable honestidad en la carta que le envió a Macri. Debía dar un paso al costado porque "diversos factores" fueron deteriorando su "credibilidad".

Aunque no lo mencionó, entre esos motivos está el anuncio de recorte de las metas de inflación que hizo en diciembre pasado junto a Dujovne, su reemplazante Luis Caputo y el jefe de Gabinete, Marcos Peña. Debe haber sido una decisión difícil para Macri, quien no sólo tiene aprecio personal por el expresidente de la entidad monetaria, sino que también comparte una parte de su mirada sobre la economía.

Aunque se espera que el Banco Central adquiera una autonomía relativa importante en los próximos meses por las pautas acordadas con el FMI, el desembarco de Caputo es una fortaleza para Dujovne. Mientras el BCRA hace la política monetaria, Hacienda escribe la económica, y ahora se le suma la financiera. En otros términos: si al primero le toca cuidar los dólares que la Argentina tiene (casi US$55.000 millones puestos por el FMI y otros bancos que la desconfianza en Sturzenegger habían comenzado a dilapidar), al segundo le tocará responder por la evolución del déficit fiscal, la pobreza, el nivel de actividad y la distribución del ingreso. Es un camino sin avenidas del centro que conduce al bronce o al despido.

Dujovne concentra, así, cada vez más poder y se constituye como una especie de superministro dentro del ala económica del equipo de Mauricio Macri. Como señal de esto, Producción deja de ser un ministerio para convertirse, ahora, en una secretaria, también bajo el ala del ministro de Hacienda. El Gobierno anunció esta modificación de su estructura y decidió desplazar a los ministros Francisco Cabrera (Producción) y Juan José Aranguren (Energía) que serán reemplazados por Dante Sica y Javier Iguacel, respectivamente.

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