La lengua paterna

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Crédito: Shutterstock
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14 de junio de 2018  • 23:13

Se dice que el duelo por la muerte de un ser querido no termina nunca. Cuando el dolor de los primeros momentos cede, empiezan aflorar las imágenes, los recuerdos, las sensaciones que provocan esos recuerdos e imágenes asociados con el ausente. Hace muchos años, meses después de la muerte de mi padre, un terapeuta dijo que en el momento en que la angustia se retiraba ("como cuando se retira una marea", comparó) comenzaba el tiempo de lo inolvidable. Ante las certidumbres que nos habían dejado solos con las circunstancias, cada uno elegía las vivencias con ese ser querido que quería conservar para siempre. Destacó que "siempre", "nunca" e "inolvidable" tenían para él un valor temporario. Tampoco importaba que en esos recuerdos se pudieran filtrar la imaginación, los desvíos respecto de los hechos concretos y las enmiendas a las situaciones antipáticas.

Gran parte de esa colección de memorias se hace con la ayuda del lenguaje. Se recrean conversaciones y maneras de hablar, se resucitan chistes y frases que el ser querido pronunciaba con frecuencia (mi padre, a la hora de la siesta y con la radio bajo el brazo, anunciaba: "Este cuerpito gentil se retira"). En español, para nombrar la lengua provista por los seres cercanos y más amados, con la que aprendimos a descubrir el mundo, hablamos de "la lengua materna". En un breve prólogo, John Berger contó que en Rusia llaman rodnoi-yazik a esa lengua íntima y primaria: "la lengua más querida". En ocasiones, la lengua materna se hace presente gracias a la voz del padre.

Hace pocas semanas, una compañera de trabajo de otras épocas publicó su primer libro de poemas. Los dos hicimos trabajos de corrección para una editorial porteña de ciencias sociales y nunca habíamos hablado de poesía. En ese entonces, "nunca" ya poseía el valor temporario del que hablaba aquel terapeuta aficionado a la relatividad. Publicados por el sello independiente Postales Japonesas, los poemas de Para que exista esa isla, de Julieta Lopérgolo, nacieron en momentos difíciles. Después de décadas de no escribir una sola palabra, retomó la escritura durante la enfermedad de su padre, en julio de 2016, en la ciudad de Rosario. Pese a los tratamientos que recibió, el padre de Julieta falleció muy pronto, apenas un año después del diagnóstico. Sus poemas transcurren en tres instancias temporales: dos inviernos consecutivos y un después "alumbrado de preguntas", que ilumina el modo en que el libro se hizo posible. Después de la pérdida, la tristeza y la incertidumbre, algo empieza a transformarse.

En un poema de la tercera parte del libro, se lee: "Pareciera que adentro/ y afuera/ una voz llama". Algo así pasa cuando soñamos o cuando recordamos (con fotografías o cartas en mano, a solas o en compañía de otros), e incluso cuando invocamos a los que se han ido. "¿Qué diría hoy mi padre sobre tal cual episodio privado o público?", nos preguntamos en silencio. En el espacio del poema también puede suceder "el milagro de oír/ distante de sus bocas/ la voz atropellada de los muertos". Efecto de la perplejidad que sentimos cuando esa voz se deja escuchar, la percepción se trastorna.

"La muerte de mi padre no fue algo sobre lo que me propuse escribir", dice Lopérgolo por mail. Desde hace varios años, vive con su pareja y sus hijos en Montevideo. Cuando el padre se enfermó, viajaba más seguido a Rosario a visitarlo. Muchos poemas fueron escritos en tránsito. "No podía dejar de hacerlo, como si en eso hubiera encontrado un modo de acercarme a él, que siempre estuvo cerca de mí aun cuando vivimos en ciudades diferentes por algunos años. La idea de que la muerte estaba cerca, ya en el mismo diagnóstico de la enfermedad y, sobre todo, por las condiciones clínicas de mi papá, era insoportable. La distancia lo hacía todo más triste. Ahí es cuando la escritura trajo alivio y novedad, incluso la necesidad de escribir sobre otras cosas. Era un tipo muy agarrado a la vida mi papá. Cuando empecé a escribir los poemas del libro, también apareció su alegría".

¿A quién podían interesarle los poemas de una hija que hablaba de su padre, de su familia, de sus hermanos y de dos ciudades unidas a "la deriva persistente del agua"? ¿A todos los que queremos que crezca el caudal de lo inolvidable? En esa misma lengua materna y paterna que fluye de un tiempo a otro se perdura: "Nada definitivo se hunde".

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