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Una empresa de familia

Ha surgido un nuevo clan literario: el de los hermanos McCourt. Ahora, el segundo de ellos, Malachy, ha publicado su propio libro de recuerdos, Un irlandés en Nueva York , que en cierto modo completa Las cenizas de Angela , de Frank. Malachy evoca su pasado de actor, de alcohólico y de contrabandista de oro.
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9 de febrero de 2000  

ANTES de que Frank McCourt publicara su primer libro de memorias, Las cenizas de Angela , y se convirtiera de pronto en una de las personas más famosas de los Estados Unidos, el personaje célebre de la familia era su hermano Malachy, el actor. A los veintipocos años, Malachy ingresó en una compañía de teatro y, poco después, participó también en un show de televisión. Luego, fue uno de los dueños del primer bar neoyorquino que admitió la entrada de mujeres solas. El establecimiento llegó a ser un lugar de reunión habitual para muchas estrellas de cine. El exceso de bebida y otros avatares alejaron por unos años a Malachy de las barras y de los escenarios. Entre otras actividades, se dedicó entonces a contrabandear oro de Suiza a la India.

Aquella parte de su vida, desde su llegada a Nueva York, a los diecinueve años, hasta el largo naufragio de él mismo y de su primer matrimonio entre el alcohol propio y el oro ajeno, es la que narra Malachy, el segundo de los hermanos McCourt en Un irlandés en Nueva York (Norma). El título en inglés es A Monk Swimming , literalmente "Un monje nadando", y proviene de un malentendido de la niñez del autor : "El Ave María en inglés es: ´Hail Mary... blessed are thou amongst women´ , y yo entendía ´a monk swimming´ , que no tenía ningún sentido. En mi texto, yo explicaba todo eso. Cuando lo publiqué, una mujer llamó indignada. Habló con mi esposa y le dijo que ella había escrito un libro titulado precisamente Blessed Are Thou amongst Women , que ese título significaba algo importante para ella y que yo tenía que cambiar el mío porque ese juego de palabras, hecho por mí, le resultaba ofensivo. La verdad es que elegí ese título porque para mí no significaba nada".

Todo empezó cuando, tras el éxito meteórico del libro de memorias de Frank (recientemente llevado al cine, con los hermanos como personajes), alguien propuso a Malachy que escribiera las suyas. "Yo le contesté que nunca había escrito un libro, pero me ofreció un montón de plata, no pude negarme", dice con otra de las tantas carcajadas de comediante que soltará a lo largo de la entrevista. "Para mí ha sido un período muy bueno. Me había retirado de la actuación y esta nueva actividad de escritor me hace sentir muy bien".

Tanto es así que alquiló una casa en el campo, a ciento cincuenta kilómetros al norte de Nueva York, y pasa allí gran parte del tiempo escribiendo su segundo libro de memorias. La entrevista se desarrolló en su casa del Upper West Side durante una de sus escapadas a Manhattan, esta vez para dar una charla en la Biblioteca Pública de Nueva York y asistir a un programa de televisión. Como su primer libro llega hasta 1963, la pregunta acerca del período comprendido en el segundo da pie a otro de sus chistes: "Estoy tratando de que me paguen un adelanto por mis memorias después de la muerte. Propuse mandarlas desde el más allá, pero no aceptaron. En fin, el libro que estoy escribiendo va a llegar más o menos hasta el presente, porque quiero terminar con este asunto de las memorias de una buena vez".

Su nueva etapa está llena de proyectos. "Tengo una obra de teatro empezada. También escribo una columna semanal para un diario barrial de Manhattan. El National Geographic me encargó que escribiera un artículo sobre Bombay, ciudad que conozco muy bien", dice imitando el acento de la India, su antiguo destino como contrabandista de lingotes de oro. "Y voy a escribir el prólogo a un libro de un amigo mío que recopiló dichos del ´Generalísimo´ Giuliani, el alcalde de Nueva York, un hombre sin ningún sentido del humor. Va a aparecer como un tonto".

Malachy, al igual que su hermano mayor Frank, nació en Brooklyn en los años treinta y se crió en Irlanda, la tierra de sus padres. Ese período de sus vidas en común es el que narraba Frank en su primer libro, y Malachy lo omitió por completo en el suyo. El mismo reparto de las historias entre los hermanos se observa en el siguiente pasaje de Un irlandés en Nueva York , referido a un bar donde trabajaba Mike, otro de los McCourt: "El hermanito atrajo toda una fauna de dementes brillantes como Montgomery Clift, Sidney Chaplin, Orson Bean y otros. Pero eso es otra historia, que además le corresponde a Mike". ¿Memorias de otro McCourt en camino? "No sé, él dice que no. Dice que va a escribirlas cuando todos nosotros nos hayamos muerto, porque quiere quedarse con la última palabra", aunque una nueva carcajada del entrevistado permite sospechar que tal vez se trate de otra de sus bromas.

"El que escribió un libro es mi hermano Alphie. Ya lo presentó en algunas editoriales, vamos a ver qué pasa. Sí, ya parecemos una industria. Mi hijo Conor hizo dos películas documentales, muy buenas, que se pasaron por televisión", dice y muestra sendos afiches colgados en la pared del pasillo: Los McCourt de Limerick y Los McCourt de Nueva York , por Conor McCourt.

En la época que narrará en su segundo libro, Malachy conoció a su actual esposa, Diana, y retomó el negocio de los bares y la actuación. "Trabajé en varias películas, obras de teatro, telenovelas. También tuve un programa de radio durante seis años, pero me echaron porque lanzaba muchas injurias y era muy terco. Una carrera bastante ecléctica". Parte de esa carrera fue una serie de shows que compartía con Frank. "El primer segmento era sobre nuestra vida en Irlanda y el segundo sobre los Estados Unidos. No abarcaba todo lo que incluimos en nuestros libros, pero había bastante de eso. Hicimos ese espectáculo en bares de Nueva York, en teatros del interior y hasta en cruceros. Uno de mis mayores festines era hacer reír a Frank, porque una vez que él empieza no puede parar, y su risa contagiaba al público."

Esa búsqueda de la risa de la audiencia se advierte en la escritura de Malachy, muy cercana al tono del contador profesional de chistes. "Cuando estoy escribiendo, a veces pienso: ésa es una buena frase, miro alrededor y no hay público. Entonces me enojo". Sin embargo, a veces la carcajada tiene un trasfondo trágico. "Nosotros crecimos siempre muy cerca de la muerte. Tres hermanos nuestros murieron de niños, y también once chicos de la escuela a la que íbamos. Pero había tanta diversión en los velorios. Y comida. Nos traían un montón de cosas para tomar y para comer, se contaban historias y se cantaba. Pasábamos un rato magnífico. Hay una frase, no sé si la inventé yo o si la leí alguna vez: el recuerdo de las grandes tragedias nos sostiene en los momentos de gran alegría. El asunto es que no se puede tener un velorio si no hay un cadáver, y sin un cadáver no se puede disfrutar de ese buen rato. Entonces uno se dice: qué bueno que el que está ahí sea él y no yo." No todos los lectores reciben con beneplácito el humor de Malachy y sus experiencias de vida. Exhibe la carta de una lectora de Vancouver que lo acusa de borracho, depredador sexual, misógino, deshonesto. "Yo siempre contesto esas cartas. Les agradezco que hayan comprado el libro y les sugiero que, en lugar de opinar tanto sobre mi vida, escriban sobre las de ellos, que yo voy a estar encantado de leerlos."

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