Internet ya no es lo que era en 1983 (pero debería volver a serlo)

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
(0)
15 de junio de 2018  • 13:34

Una de las pocas limitaciones del lenguaje humano es que, inevitablemente, emplea una misma palabra durante mucho tiempo para referirse a una cierta entidad. Buenos Aires o Londres siguen llamándose así, muy a pesar de que son muy diferentes, en todo sentido, a como eran 200 años atrás. Llamamos rosa a un número de flores cuyas variaciones son bien conocidas; pero todas son rosas.

Pasa lo mismo con Internet. La seguimos llamando así, aunque tiene poco que ver con la red que se puso en marcha el 1° de enero de 1983. Aparte del análisis que sigue más abajo, hay un dato duro, incontrastable, que demuestra el abismo que hay entre aquella Internet recién nacida y la actual, con más de 35 años.

Todo dispositivo conectado a la Red debe tener una identificación, equivalente a la dirección de tu casa. Esa identificación se llama número IP o dirección IP. Cada paquete de datos que viaja por Internet viene de una dirección IP y se dirige hacia una dirección IP, grosso modo.

El protocolo IP versión 4, descripto en la RTF 791, de 1981, y estrenado en enero de 1983, tenía un campo para las direcciones de 32 bits. Si elevamos 2 a la potencia 32 da un número enorme. Redondeando, 4200 millones; o sea, un 4 seguido de 9 dígitos (por eso, puede expresárselo también como 4,2 x 10 a la 9). Traducido, cuando nació, Internet contemplaba una red que podría llegar a tener como máximo 4200 millones de dispositivos conectados. De hecho, y como me dijeron algunas de las personas involucradas en la gestación de la Red, el número 4200 millones les parecía ridículamente grande. Por eso lo eligieron. Era tan disparatado que se sintieron más que cubiertos.

Pero tan pronto Internet se abrió al público en general, entre 1989 y 1990, y se empezaron a sumar países y usuarios, algo se hizo evidente. No pasaría mucho tiempo antes de que ese pool de 4200 millones de direcciones únicas se agotara.

Casi 30 años después, un campo de direcciones de 32 bits parece de una miopía incomprensible. Tenemos 3800 millones de personas conectadas, casi 2000 millones de sitios Web, 5000 millones de smartphones, unas 3000 millones de computadoras y decenas de miles de millones de dispositivos de la Internet de las Cosas. Esto, para empezar.

Pero no fue miopía. Vamos a ponerlo simple y claro: Internet no fue diseñada para el público en general. Para un uso académico, corporativo y gubernamental, 4200 millones de direcciones IP alcanzaban y sobraban. Por fortuna, estas tecnologías se escaparon del laboratorio y, como ha venido ocurriendo de forma sistemática con las invenciones humanas, florecieron cuando llegaron a un número cada vez mayor de personas. Pero en 1983 una Internet para todo público sonaba tan extravagante como un reloj atómico en el living para saber la hora con suficiente precisión.

Debido a que IPv4 terminó quedando más que corto, ahora estamos migrando a la versión sexta del protocolo IP o IPv6. Aunque IPv4 sigue y seguirá en uso, y aunque el objetivo de IPv6 no es sólo el de multiplicar el número de direcciones únicas, la nueva versión pasa de 32 a 128 bits. La diferencia es abismal. Dos elevado a la potencia 128 da 3,4 seguido de 38 ceros o 340 sextillones. En la práctica serán menos, pero el aumento es lo bastante explícito respecto del plan de 1983 y la realidad actual.

Otro ecosistema

Pero la escala no es lo único que ha cambiado. Ni siquiera es lo más importante. Una de las genialidades de TCP/IP es su versatilidad, su capacidad de adaptarse. La base de la crisis actual de la Red -que destrozó la privacidad, amenaza la libertad de expresión y maniata la innovación- es más bien conceptual. La Internet original se pensó para conectar a pares sobre la base de la confianza mutua. Esa Internet estaba subvencionada por el Estado. Y aunque se hacían negocios, porque había que diseñar y fabricar infraestructura, no fue sino hasta que la Red saltó de la etapa académica a la comercial que hubo una explosión económica como pocas veces antes se había visto en la historia.

Pasada la euforia inicial de la primera década (menos de cinco años, en el caso de la Argentina), se hizo evidente que una de las reglas de juego de la Red había cambiado por completo. Ahora, Internet ya no conectaba pares sobre la base de la confianza mutua. En el nuevo y vasto ecosistema de negocios, por el contrario, los actores desconfiaban unos de otros. Es más, pronto se hizo evidente que Internet estaba alterando todos los negocios preexistentes y que hasta podía usarse para el delito y la guerra.

Sin embargo, y esto es de lo más paradójico, muchísimos inversores confiaron ciegamente en esta nueva fiebre del oro. Sobrevino así la primera gran extinción de la Red: el colapso de la burbuja puntocom, que arrasó no sólo con cientos de emprendimientos online que eran sólo una cáscara vacía, sino también con otros que aportaban mucho valor; el incendio se devoró, incluso, a compañías como Sun Microsystems, que se había inflado al ritmo de la burbuja puntocom.

Cuando la tormenta pasó, otro síntoma se hizo evidente. El grueso de los negocios online se concentraban en un puñado de compañías. ¿Quiénes sobrevivieron a la explosión de la burbuja puntocom? Amazon, eBay, Google, Netflix (que había nacido en 1997, aunque no hacía lo que hace hoy) y Yahoo! (la mayoría de cuyos restos fueron adquiridos el año último por Verizon).

Aprendida la lección, los inversores fueron más cautos al poner toneladas de dólares sobre la mesa de un emprendimiento online. Pero, por desgracia, el pecado original de esta industria siguió allí. Con idas y vueltas, un poco a merced de la inteligencia de sus CEO y directores y otro poco sometidos a imponderables, sigue siendo un hecho que los negocios en la Red se concentran en un puñado de empresas. Son más que en 2001, sencillamente porque hay más usuarios y mejores tecnologías, pero búsquedas, comercio electrónico, música, películas, series, turismo, redes sociales y casi cualquier otro rubro en el que se pueda pensar se concentra en una docena de colosos.

Al revés que 35 años atrás, es un directorio o la Bolsa de valores los que toman buena parte de las decisiones que, en otra época, se habrían dejado en manos de los ingenieros. Esto no es del todo malo, en el caso de la industria digital, porque la innovación siempre paga bien. Pero la concentración supone el riesgo de que las innovaciones se vuelvan endogámicas, obra de un conjunto demasiado pequeño de cerebros y de visiones del mundo. Hasta donde sabemos, los inventos disruptivos suelen originarse en el circuito off, en las afueras o en laboratorios de grandes empresas que, adrede, dejan a sus científicos más o menos en paz. Aunque no siempre les prestan atención. La hoy difunta Xerox tenía entre manos, en su Palo Alto Research Center (PARC), uno de los desarrollos más revolucionarios de la informática, el mouse y la interfaz gráfica de usuario. Pero no les prestó atención, y el invento terminó en manos de Apple, y, a la larga, rigió (y rige) toda la industria.

Dos fotogramas

Seguimos usando la misma palabra, Internet. Sus protocolos funcionan, a grandes rasgos, de la misma forma que hace 35 años. Pero el mapa mental detrás de aquella primera red de redes era diferente del actual en casi todos sus aspectos. El problema está en que hoy la economía global depende de que Internet siga siendo más parecida a la de 1983 que a la de 2018. En otras palabras, el debate sobre la neutralidad (o, para ser exacto, sobre las neutralidades), la privacidad, la transparencia y la concentración son asunto muy serio. Hay dos fotogramas de esta película que lo demuestran de manera brutal.

El primero muestra a Google Maps. Hace 35 años (o más), un Estado necesitaba invertir enormes sumas de dinero y poner en riesgo muchas vidas humanas para averiguar más o menos cómo era el territorio del enemigo, en el caso de un conflicto armado. Hoy es posible pararse en casi cualquier esquina de casi cualquier ciudad del planeta usando el celular. Es fuerte.

El segundo fotograma muestra a Facebook (y, para el caso, también a Google, Apple, Twitter, Microsoft y Amazon, entre otras). No sólo sabe más de nosotros que cualquier agencia de inteligencia, sino que, en una escena por completo distópica, hace poco más de un mes vimos a un empresario de 33 años explicándole al Senado de la mayor potencia económica y nuclear del planeta que tal vez les habían hackeado las elecciones presidenciales mediante noticias falsas en su red social. Y eso también es fuerte.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.