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Las figuritas del mundial

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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16 de junio de 2018  • 00:53

Hace años las figuritas y los álbumes pertenecían a los chicos, las compraban con su semanalidad, las juntaban, las cambiaban, jugaban a muchos juegos con las figuritas, hacían todo eso a edades en las que ya conocían los números y además las campañas duraban muchos meses, dándole tiempo a unos cuantos a completar el álbum, que tenía muchas menos figuritas que el de hoy. Así conocían jugadores, clubes, camisetas, escudos, y con las del mundial también países y banderas.

Con el correr de los años las cosas fueron cambiando lentamente, sin que pudiéramos tomar conciencia de las implicancias de esos cambios: varios álbumes por año y campañas más cortas, cada vez más figuritas en el álbum. Todo esto lleva a que cueste una fortuna llenarlo y además a que nos apuremos a gastar esa fortuna ¡antes de que se acaben! Chicos (¿o padres?) cada vez más chiquitos las piden, es que las propagandas y el contagio con otros los incitan a todos a creer que las necesitan con extrema urgencia para existir o pertencer al grupo.

Apabullados ante todo eso los adultos buscamos la forma de ayudarlos y empezamos a recibir y mandar listas por whatsapp de las que le faltan a nuestro hijo, o nos juntamos en una esquina del barrio padres e hijos para intercambiar figuritas con chicos de otros colegios cuando ya agotamos las posibilidades en el de nuestros hijos. Nos vamos poniendo ingeniosos y no siempre lo hacemos en beneficio de los menores. Ocurre que algunos padres quieren que su hijo repita su experiencia infantil de llenar el álbum ( o que su hijo lo llene como él no pudo hacerlo) y hacen lo posible y lo imposible para que lo logre sin medir las consecuencias de sus acciones.

Los más chiquitos no pueden ni saben cambiarlas ni pegarlas. Pues entonces ¿para qué, o para quién las juntan?

Como en muchos otros temas de crianza, y especialmente en las relaciones sociales entre los chicos, los más grandecitos no siempre tienen una ética adecuada para cambiarlas, y no son capaces de mirar más allá de sus narices y de entender:

  • que no tienen que aprovecharse de los más chiquitos en esos cambios,
  • que pueden cambiar una que su amigo no tiene por otra que él ya tiene pegada, obviamente no por una que ya tiene repetida cinco veces
  • que no es necesario decirle "las tuyas son todas malas",
  • que pueden cambiar una "difícil" por varias "fáciles",
  • que pueden regalarles algunas a los que tienen poquitas,
  • que pueden armar un álbum por clase o en grupitos, y después rifarlo, para que sea más fácil llenarlo,
  • que papá y mamá no tienen suficiente dinero para comprar infinitos paquetes, sino sólo para algunos por semana, y que tampoco les parece correcto gastar tanto en figuritas,
  • que no es una competencia a la que hay que llegar primero, no es una carrera a matar o morir.

Muchas de estas cosas no las saben porque son chicos, otras porque los adultos no se las enseñamos porque, como digo en el libro Latentes, hoy tenemos que enseñar muchas cosas que de chicos nadie nos enseñó, estaban implícitas en la crianza y ya no lo están.

Aprovechemos este álbum del mundial para repensar estos temas y hacer algo diferente en la próxima campaña. La vida nos da muchas oportunidades para enseñarles a esperar, a esforzarse, a frustrarse, a estar atentos, a ser generosos, a compartir. Y el álbum de figuritas es una excelente oportunidad para hacerlo.

Ayudemos sólo a los más chiquitos o a los que realmente lo necesitan, enseñemos a todos a disfrutar con sus amigos (y no contra ellos) el largo camino de intentar completar el álbum.

Resistamos y enseñemos a nuestros hijos a resistir (aunque se van a enojar) las múltiples tentaciones de la sociedad de consumo, en este caso sería por ejemplo comprar un álbum por año (y sólo si podemos hacerlo sin grandes sacrificios), pero el mismo concepto aplica para infinidad de temas.

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