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Una historia de película

En esta entrevista, Frank McCourt se refiere a Las cenizas de Angela (premio Pulitzer), el libro que lo hizo rico y famoso y del que ahora se estrena una versión cinematográfica. Además, habla de su nueva obra, ¡Ajá! Sí lo es, y confiesa que se siente como un personaje pobre de Dickens, súbitamente tocado por la fortuna.
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12 de enero de 2000  

SIN proponérselo, como suele suceder en estos casos, Frank McCourt encontró una fórmula para hacerse rico con la historia de su propia pobreza: después de jubilarse como profesor en Nueva York, escribió Las cenizas de Angela , memorias de sus duros y paupérrimos primeros diecinueve años de vida. Ese libro ganó el Pulitzer entre otros premios, vendió varios millones de ejemplares, se tradujo a innumerables lenguas y se convirtió en un film dirigido nada menos que por Alan Parker, que acaba de estrenarse en Nueva York. Su nuevo libro de memorias, ¡Ajá! Sí lo es , publicado en castellano por Norma casi en simultáneo con la edición en inglés, se encuentra literalmente por pilas en cualquier librería estadounidense.

Aquel muchacho que había pasado todo el hambre imaginable mientras su padre se bebía los pocos sueldos que ganaba, primero en Brooklyn (allí nació Frank en 1930) y luego en Limerick, Irlanda (la patria de sus progenitores); el que tuvo que dejar la escuela para trabajar de cartero y mantener a su madre y hermanos cuando el padre los dejó con promesas que nunca cumpliría; el que una vez de vuelta en Nueva York trabajó de estibador, entre otros oficios, hasta que se recibió de profesor de secundaria es hoy este hombre que vive en un inmenso piso con portero y ascensorista a metros de Central Park.

El detallismo de sus recuerdos da pie a la comparación entre su actual vivienda, donde tuvo lugar la entrevista, y aquella en que se crió en Limerick. "Si tuviera que escribir acerca de esta sala dentro de veinte años, no podría recordar todos los detalles. Pero acordarme de la casa de mi infancia fue muy fácil, porque allí no había casi nada: una mesa, una silla rota, un baúl donde nos sentábamos, dos camas arriba con una especie de muebles a los costados, y eso era todo. No había libros, radio, televisión. Por eso me acuerdo de lo que hacíamos, de lo que decíamos. Lo único que nosotros teníamos eran las palabras, la boca, la lengua."

La marca de la oralidad es muy fuerte en sus dos libros. "Como no había televisión, ni radio o tocadiscos que nos ocuparan la atención, estábamos todo el tiempo activos, conversando. Y lo único de lo que podíamos conversar era de nuestras propias vidas, de los maestros de la escuela, los curas, los vecinos, historias de nuestra calle. Todo el mundo contaba historias. Las mujeres se paraban afuera cruzadas de brazos y charlaban, contaban historias, chismes, y nosotros las escuchábamos. Irlanda es el país de la charla."

Pese a lo duro de muchas anécdotas, en los libros de McCourt, el permanente sentido del humor elude todo tono de queja. "La gente no quiere andar escuchando las quejas de los demás, cada uno tiene las suyas. Yo crecí en un barrio muy pobre y nadie se quejaba, porque todos tenían los mismos problemas. Además, el sentido del humor ayuda en las situaciones difíciles, la risa alivia el dolor. Los soldados que van a la batalla hacen chistes. También lo hacen los presos o los enfermos en los hospitales."

En ¡Ajá!... , McCourt menciona varias veces que la idea de ser escritor fue bastante temprana en su vida. "De niño garrapateaba cualquier pedazo de papel que encontraba. A veces escribía obras de teatro y obligaba a mis hermanos a que las representaran. También escribía cuentos y poemas. Cuando tenía once años, mi maestro dijo en clase a raíz de una composición mía: ÔMuchacho, usted es un genio literario´. Después mis compañeros me gritaban al pasar: ÔEh, ahí va el genio literario´. Igual fue un gran halago y un estímulo. Pero no tenía ningún mayor con quien hablar", dice y se queda callado, evocando tácitamente la figura ausente del padre.

"Cuando vine a Nueva York (con su llegada a esa ciudad comienza ¡Ajá!... ) empecé a leer de todo: Hemingway, Mark Twain, también Dickens y descubrí la literatura irlandesa, Joyce, Sean O´Casey. Yo quería escribir, pero no sabía muy bien qué ni cómo, y no tenía a nadie que me ayudara. Entonces empecé la universidad. Un profesor nos pidió que escribiéramos composiciones sobre nuestras propias vidas. Yo escribí algunas sobre Limerick que causaron muy buena impresión en el profesor y mis compañeros. Así empecé a escribir historias de mi niñez en cuadernos, pero después empecé a trabajar como profesor y no tenía tiempo. Sólo al jubilarme pude dedicarme en serio a escribir."

Por un tiempo, Frank acompañó a su hermano Malachy en una serie de shows por bares y teatros de todo el país, donde hacían reír al público contando historias de sus propias vidas. Pero él niega cualquier influencia de aquellos espectáculos en su escritura. "Sólo el relato de mi primera comunión que incluí en Las cenizas... formaba parte del show . No quise usar nada de eso, quería escribir mi propio material. Yo más bien relacionaría mi forma de narrar con el trabajo de profesor, ésa fue mi experiencia fundamental. Los alumnos me hacían preguntas sobre mi pasado, sobre Irlanda."

Un motivo recurrente en ¡Ajá!... es la cuestión de las jerarquías sociales en los Estados Unidos, contrastada con la libertad de expresión. "Suele decirse que este es un país libre. Es cierto en el sentido de que uno puede decir en general lo que quiere. Pero todavía existen lugares donde uno no es bienvenido si es negro, judío, irlandés. Y hay una estructura de clases." La experiencia personal de McCourt en ese sentido cambió radicalmente desde Las cenizas... "Ahora me invitan a hablar en Oxford, a fiestas donde jamás me habrían invitado antes."

Los pobres en las novelas de Dickens -cuenta McCourt- siempre terminan ricos por un giro sorpresivo: de pronto el protagonista descubre que es sobrino nieto del duque de no sé qué. El "duque" de McCourt fue Las cenizas de Angela . "Sí, lo que pasó a partir de eso es increíble, un sueño." Ahora está de paso en Nueva York, entre dos viajes de la gira de promoción de ¡Ajá!... Mientras tanto, cada vez que tiene tiempo, toma apuntes para una novela. "Quiero divertirme un poco, no quiero escribir más sobre mi vida."

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