La anomia económica, un síntoma del vacío político

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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16 de junio de 2018  

Los grandes medios, cuyo foco estaba puesto en el debate sobre el aborto y el inicio del Mundial, tardaron el jueves en registrar la nueva corrida cambiaria, que culminó con la renuncia de Federico Sturzenegger . El episodio reiteró conductas ya observadas semanas atrás: titubeos de la autoridad monetaria, ansiedad entre los inversores y especuladores, desconcierto en el Gobierno. Los diarios económicos, que se erigen en intérpretes del enigmático "mercado" y suelen reflejar la opinión del establishment, aventuraron esta conclusión: a pesar del generoso crédito del FMI, se quebró la confianza en el Banco Central , cuyo criterio para manejar el dólar y la tasa de interés resulta imprevisible. Como consecuencia de este dictamen, cayó uno de los funcionarios principales de la administración, que había anunciado los contenidos del acuerdo con el Fondo y fijado el rumbo económico de los próximos meses. El Presidente lo asimiló rápido: es preciso sacrificar colaboradores para apaciguar a los que manejan el dinero. El capital financiero, encaramado en el centro de la escena, acababa de darles un nuevo mazazo a las fuerzas productivas y a un gobierno desorientado.

La economía argentina luce desbocada y Macri no encuentra un principio para reencauzarla. Descartado el gradualismo, paradigma que organizó los primeros dos años de su gestión, parece no abrirse más que la vía del ajuste. La idea de introducir correcciones progresivas en las variables macroeconómicas, sin generar una lesión social profunda, perdió sustento, debilitada por una combinación fatal de errores propios, presión opositora, pérdida de confianza, cambio de las condiciones internacionales e impaciencia de los prestamistas. Se impuso finalmente la malévola ironía ortodoxa: el gobierno de Cambiemos es "un kirchnerismo con buenos modales", que no hará más que profundizar el vicio central de la Argentina: un Estado desmesurado y derrochador que subsidia la ineficiencia, destruyendo la actividad privada. Según esta visión existe un único remedio para esa enfermedad: cortar drásticamente el gasto público, con la menor contemplación posible. Desatar un castigo purificador que aleccione a quienes no contribuyen a la eficacia capitalista: los que poseen menores ingresos, peores trabajos y bajo acceso a la salud, la educación y la infraestructura.

Los verdugos del gradualismo, fuera y dentro del Gobierno, parecen no comprender un punto: la receta del ajuste no es viable para una coalición en minoría, y menos aún en un país con sindicatos y organizaciones sociales fuertes y un papa nativo, que cultiva especial encono hacia el capitalismo salvaje, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia. Por eso, el abandono del gradualismo y la imposibilidad de un ajuste severo, al modo neoliberal, están precipitando a la anomia económica: nadie sabe cuáles son las reglas ni el programa, mientras se volatiliza la moneda, se acentúa el reparto desigual y aumentan la incertidumbre y el conflicto social. Como lo enseñó Durkheim, la anomia, al privar a la sociedad de regulaciones, excita las apetencias individuales y grupales. Sin normas, cada uno proyecta su deseo como si fuera el principio ordenador. Así, los ortodoxos quieren imponer el ajuste, asimilándolo a un dictado del sentido común; el kirchnerismo reitera sus propuestas irresponsables y el Gobierno se aferra a Christine Lagarde, aguardando dólares con desesperación en lugar de generar liderazgo e ideas.

Detrás de la anomia asoma la impotencia de la política, acaso el déficit más difícil de resolver. Se trata de la ausencia de una respuesta abarcadora para una sociedad compleja, disruptiva y desigual. Da la impresión de que Pro, el núcleo de Cambiemos, poseía un relato apto para un país de baja conflictividad, conformado por ciudadanos con escaso interés político, orientados al consumo, equiparados por las redes sociales, poseedores de una ética indolora y un afán de mejora individual. Calzaba allí la buena onda, el endeudamiento, el énfasis en la modernidad, la exhortación a eludir Venezuela para abrazar las delicias del capitalismo global. El conflicto social era cosa del pasado, una pesadilla de la vieja política. En fin, pareciera que el sueño de Pro consistía en una sociedad extraída de los focus groups, no de la cruda realidad. Un producto de los laboratorios de comunicación, expurgado de relaciones de poder, intereses divergentes e injusticias escandalosas.

Una vez más, la anomia económica aflora como síntoma del vacío político. El Gobierno, careciente de liderazgo para una sociedad que imaginó distinta, se limita a proponer un ajuste; el peronismo histórico no se erige en alternativa, embarazado de Cristina, que factura en silencio el caos que contribuyó a crear. Mientras tanto, los sindicatos y los movimientos sociales se pintan la cara, aprestándose a resistir. El riesgo es que aquello que la política no puede ordenar concluya en un enfrentamiento de final imprevisible entre la calle y los dueños del capital.

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