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Libre tránsito para Cuitiño

Todo Buenos Aires temblaba cuando se pronunciaba su nombre. Ciriaco Cuitiño fue el temible jefe de la Mazorca y uno de los más fieles servidores de Juan Manuel de Rosas. Feroz y brutal, no conoció la cobardía. Cuando lo ejecutaron, se rasgó la camisa y mostró al pelotón su pecho desnudo para que ninguna bala equivocara el camino.
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19 de enero de 2000  

FIEL servidor de Juan Manuel de Rosas, Ciriaco Cuitiño fue el frío ejecutor de sus órdenes más tremendas. Hoy los jóvenes no saben quién fue Cuitiño. Los mayores no lo recuerdan. Nadie lo nombra. Sin embargo, durante el gobierno del Restaurador y después de Caseros, durante muchos lustros, la sola mención de su nombre causaba espanto entre los porteños.

Casi todos sus biógrafos afirman que nació a fines del siglo XVIII en Mendoza, en el ámbito de una familia de origen lusitano. El autor de Rosas y su tiempo , por su parte, contradijo tales versiones y escribió que Cuitiño era porteño, hijo de Juan y de Candelaria Sosa. Algunos agregan que era criollo de pura raza, que lucía pelo renegrido, barba muy poblada y tez morena. Nada se sabe de su infancia ni de sus actividades juveniles. Cuando comenzó su actuación pública, tenía más de veinte años de edad: aparece en 1818 como teniente de milicias de Quilmes. Su desempeño fue entonces muy meritorio según afirmaba Sancalo, un comisario de aquel tiempo, quien informaba a sus superiores que: "el celo, actividad y amor al orden de este recomendable individuo han obligado a conservarlo por el espacio de cuatro años, ya como alcalde, ya como teniente de cuartel porque es constante perseguidor de ociosos y malvados".

En 1828, siendo capitán del Regimiento de Milicias de Caballería, viajó a Mendoza, donde vivían sus padres, para recibir una herencia familiar. A su regreso (febrero de 1830), fue nombrado comandante de las Partidas Celadoras de Campaña con el rango de sargento mayor. Desde entonces, sirvió en la policía de Buenos Aires.

Hombre muy rústico, sin educación ni instrucción alguna, vivió sin tener la más mínima noción de moral ni de religión. Cuando Rosas llegó al poder, impresionado por la catadura del hombre y sugestionado por su carácter dominador e insolente, lo mantuvo en la policía y lo hizo jefe de la Mazorca. Cuitiño se convirtió entonces en el adepto más fervoroso de la Santa Federación. En 1838, Rosas halagó su vanidad ascendiéndolo a coronel graduado.

Inquilino moroso de Mariquita Sánchez quien no se atrevía a reclamarle el pago de los alquileres, Cuitiño vivió en la calle Luján casi esquina Defensa, en una casa situada a pocas cuadras del cuartel de la Mazorca. El solo nombre de tal lugar y la remota sospecha de ser citado o destinado allí en calidad de simple detenido tenía la virtud de despertar el más intenso horror. Frases como: "Lo han llevado al cuartel de Cuitiño" o "Está arrestado en el cuartel de Cuitiño" -dice un historiador conocido- equivalían casi a una sentencia de muerte.

Cuitiño no tenía buena salud. Una hernia lo mortificaba. López refiere que, cuando en una ocasión el doctor Alcorta fue llamado para asistirlo, fue tal el espanto que la citación causó en el médico y su familia que después de la visita cayó enfermo por varios días.

En 1840, la Mazorca degolló en la calle a algunos vecinos distinguidos de Buenos Aires, por el grave delito de no ser federales. Encabezados por Cuitiño, los colorados entraron en las casas de las familias más relevantes, cortaron el pelo de las jóvenes y, a sablazos y patadas, destrozaron la loza y los tapizados celestes, las puertas y las ventanas verdes.

En aquel año de 1840, Cuitiño marchó al norte con un grupo grande de mazorqueros incorporados a las tropas de Oribe que iban a combatir a la Liga del Norte. En Metán presenció la trágica muerte de Avellaneda. Luego, en 1843, viajó otra vez a Mendoza para atender su salud, acompañado por su médico, el doctor Cayetano Gartiza, y cinco vigilantes. Con fecha 15 de noviembre, el Restaurador extendió un salvoconducto a su nombre. Manifestaba que "siendo por sus distinguidos servicios acreedor al íntimo aprecio del Gobierno y de sus conciudadanos" los maestros de posta y las autoridades civiles "le facilitarán por cuenta del Estado los caballos de tiro y silla y todos los auxilios que hubiere menester". Y a los gobiernos de las provincias por donde transitara les rogaba facilitaran al viajero "iguales auxilios sin ninguna limitación", todo por cuenta del gobierno.

Cuitiño permaneció en Mendoza diez meses. A fines de septiembre de 1844, emprendió otra vez el camino de Buenos Aires. Viajó diez días en galera escoltado por sus cinco vigilantes hasta llegar a San Luis. Allí las autoridades, dóciles a las órdenes de Rosas, facilitaron su viaje y le dieron pase para que continuara libremente su marcha. A fines de octubre, estaba de regreso en Buenos Aires. Durante su ausencia, Leandro Alen, su segundo, había guiado los atropellos de La Mazorca.

Más salvoconductos

El 23 de agosto de 1849, Rosas firma otro salvoconducto para que Cuitiño pueda transitar sin riesgos por nuestro territorio rumbo a Nueva Granada. "Por cuanto -dice el documento- el benemérito Coronel Graduado Don Ciriaco Cuitiño marcha hasta la República de Nueva Granada con el objeto de restablecer su salud, llevando en su compañía diez individuos incluso cuatro vigilantes de Policía que deben regresar desde Mendoza [...] y habiendo el Gobernador infrascripto otorgado amplia lisencia para beneficiarlo, acordándole al propio tiempo los recursos necesarios para su viaje a dicha República y permanencia en ella, en merecida retribución de sus constantes y distinguidos servicios a la sagrada causa de la Confederación Argentina y de la América [...]". Con tales términos, Rosas ordenaba otra vez a las autoridades de Buenos Aires brindasen a Cuitiño, por cuenta del Estado, todos los auxilios que pidiese y los caballos que hubiere menester, "incluso el del postillón". El gobernador infrascripto -finalizaba Rosas- "les recomienda mucho al Coronel Graduado Don Ciriaco Cuitiño; y mirará con el más íntimo aprecio que le faciliten todo cuanto fuese preciso para su más seguro y cómodo tránsito".

Cuando recibió el salvoconducto, Cuitiño escribió una carta a Rosas en la que expresaba todo su reconocimiento por el envío. Iniciaba su plana con los vivas y mueras acostumbrados en aquella época y luego de la fecha, 1º de septiembre de 1849, expresaba:

"escelentisimo Señor: He recibido el Pasaporte con todas las demás generosas demostraciones con que tan generosamente se ha dignado favorecerme.

"Confieso, Escmo Sor; que poseido mi corazón de una intensa gratitud, he recibido en mi alma una sensación tan profunda que jamás podré explicarla por que no hallo expresiones con que poder hacerlo.

"Yo ruego fervorosamente a la Divina Providencia conserve los preciosos e importantes días de V. E. y al implorar al Todo Poderoso me dispense una buena salud, creame V. E. no tengo en mi corazón otro sentimiento que el de ofrecerme entonces a V. E. y sacrificar mi vida en su servicio pues ni con mi constancia le retribuyo los favores y consideraciones con que inmerecidamente me ha honrado V. E.

"Ruego muy sumisamente a V. E. acepte la excpresión de mi profundo y eterno agradecimiento y que acepte el respetuoso A. Dios, que le da un súbdito leal, que en su carrera no ha aspirado a otra honra que el de sacrificar su vida en defensa de V. E. y de la causa que tan gloriosamente sostiene V. E.

"Soy señor, muy agradecido y obediente servidor Q. B. L. M. de V. E. Ciriaco Cuitiño".

El 2 de marzo de 1850, Cuitiño pasaba por el Resguardo del río Colorado, rumbo a la cordillera. Doce días después, las autoridades de Valparaíso anotaban sobre el documento: "Pase libremente a su destino" y con igual fecha, los jefes de la Guarnición Marítima de aquel puerto le daban libre tránsito.

Seis meses duró el viaje de Ciriaco por el norte de Sudamérica. El 9 de septiembre de 1850, el agente del gobierno de Panamá escribía en el salvoconducto: "Regresa a su país tocando en el Callao." Pocas semanas después, el barco entraba en la bahía de Payta, en el norte del Perú, excelente fondeadero que alojaba en su costa un villorrio de aspecto miserable y alrededores desolados. Cuitiño permaneció allí pocos días, pues el 28 de octubre llegó a Piura, ciudad situada tierra adentro, a cinco leguas de Payta, donde se detuvo tres meses y medio. Ignoramos si fue el estado de su salud el motivo que lo retuvo allí tanto tiempo. Finalmente, a principios de marzo de 1851, las autoridades de Payta le dieron el pase para que continuara libremente su viaje rumbo a su patria.

Otra vez en el Río de la Plata

Cuitiño llegó a Buenos Aires a mediados de junio de 1851, cuando el gobierno de Rosas había comenzado a declinar. Siete meses después tuvo lugar la batalla de Caseros. Los mazorqueros desaparecían de la ciudad y la opinión pública pedía a voces el castigo de los asesinos de los años 1840 y 1842. Lorenzo Torres, ministro de gobierno de la provincia, decía en abril de 1853 a Urquiza que en el ejército de Lagos había un grupo grande de degolladores y asesinos de aquellos años. Cuando Urquiza, que apoyaba a Lagos, se retiró, los mazorqueros incorporados a sus filas regresaron a la ciudad y fueron detenidos. Entre ellos estaban Badía, Troncoso, Cuitiño, Alen, Suárez, Reyes y algunos más. Todos fueron procesados. La causa se sustanció públicamente los días 19, 20 y 21 de diciembre de 1853.

A Cuitiño se le imputó haber sido jefe de la Mazorca, cuyos hombres habían sido los más destacados por su ferocidad en los degüellos y asesinatos. Larga fue la nómina de sus crímenes. Alen, a su vez, fue acusado de haber pertenecido desde 1843 al Escuadrón de Vigilantes y de ser autor de un sinnúmero de muertes. El juez Claudio Martínez condenó a muerte a ambos. Ordenó que fueran ejecutados en la plaza Independencia y que sus cadáveres fueran suspendidos en una horca. La Cámara de Justicia confirmó la sentencia. Cuitiño permaneció en silencio durante la lectura del veredicto. Alen, en cambio, la interrumpía gritando: "No es verdad..., es falso .., yo no hice eso".

El 29 de octubre de 1853 se cumplió la sentencia. Cuitiño no fue nunca, dice uno de sus biógrafos, un cobarde. Cuando salió de su celda, camino del patíbulo, llevaba el paso firme y en su rostro, un gesto altivo. Al pasar frente a los calabozos de sus compañeros de infortunio, se despidió de cada uno de ellos en voz alta, llamándolos por sus nombres. Al llegar ante la puerta del que ocupaba Alen, oyó un vocerío inusitado; el condenado se resistía a ser ejecutado. Al punto salió Alen de su celda llevado en vilo por dos gendarmes. Cuitiño lo encaró y lo zamarreó con energía: "¡Se muere una sola vez, carajo! -bramó colérico- ¡Muera como un hombre!" Pero Alen, aterrorizado, víctima de una depresión aguda, no reaccionó y llegó al patíbulo arrastrado por los dos gendarmes.

Por su parte, Cuitiño no tuvo en sus últimos instantes a quién volver sus ojos. Su ferocidad, su desparpajo y su aplomo, sin embargo, no lo abandonaron. Rechazó el paño destinado a velar sus ojos, se rasgó la camisa y mostró al pelotón su pecho desnudo para que allí apuntase.

Leandro Alen, niño de once años de edad, vio pasar a lo lejos a su padre llevado a la rastra por dos hombres. Posó su mirada luego en el cadáver que pendía de una soga, al lado del de Cuitiño, en la horca alzada en la plaza de La Concepción. Tan trágica visión signó para siempre su vida.

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