Una Coppelia versátil que revela la feliz etapa del Ballet del Colón

Fuente: LA NACION
Néstor Tirri
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17 de junio de 2018  

Excelente / Ballet en tres actos / Coreografía: Enrique Martínez (reposición de Dalal Achcar) / Música: Léo Delibes / Escenografía y vestuario: José Varona / Por el Ballet Estable del Teatro Colón / Dirección: Paloma Herrera / Orquesta Filarmónica de Buenos Aires / Dirección: Martin West / Próximas funciones: martes 19, jueves 21 y sábado 23, a las 20; domingo 24, a las 17.

Para hacer comedia, en danza, hay que trabajar muy en serio. El aserto vale para la reprise que acomete el Ballet del Teatro Colón con Coppelia en la ya canónica revisión del cubano Enrique Martínez (vigente desde 1968), sobre la creación de Saint-Léon y Nuitter de 1870, revisada primero por Petipa en 1884 y diez años después por Ivanov-Cecchetti. Basta ver cómo Macarena Giménez, en el rol de Swanilda, despliega el inicial (e icónico) vals de Léo Delibes para presentir que se verá una versión tan rigurosa como plena de swing.

El partenaire de Giménez es, en el reparto principal, Juan Pablo Ledo, quien no tarda en interpretar con convicción el deslumbramiento que a Franz le produce esa "señorita" inexpresiva que lee, sentada en el balcón, y que se llama Coppelia. Los dos, sumados al eficaz brasileño Tindaro Silvano como Coppelius y a un elenco homogéneo en el que sobresalen no pocos solistas, enhebran este renacimiento de la fantástica muñeca y los enredos a que da lugar su descubrimiento, de la mano de la gran maestra carioca Dalal Achcar como invalorable repositora y bajo conducción de una cada vez más afirmada Paloma Herrera.

No fue un capricho de Freud focalizar la invención de la muñeca animada de E.T.A. Hoffmann para desarrollar su ensayo sobre Lo siniestro (Das Unheimliche); uno de los cuentos nocturnos del autor alemán investía, en efecto, rasgos oscuros pero, al saltar al dominio de la danza, la peripecia de Franz, Swanilda y el "inventor" Coppelius experimentó una metamorfosis feliz. Así se convirtió en un clásico divertido, "la más bella comedia del ballet", según Georges Balanchine. Una Coppelia apta para todo público, incluidos los chicos.

Para la composición de Franz el desafío -que Ledo capea muy bien- reside en que el personaje no ama a una persona con vida propia, sino a una idea que este tonto enamoradizo se ha forjado respecto de la apariencia de un ser inasible (¿no se parece a la idealización de Don Quijote por Dulcinea?). Swanilda enfrenta otros escollos, que exigen un chisporroteo de astucias, celos y coqueteos, que Giménez sortea con una vivacidad corporal que probablemente la identifique con el rol por mucho tiempo.

El acto inicial y el final dan lugar a abundantes danzas regionales, en las que Delibes ejercita una prodigiosa variedad de ritmos y líneas melódicas (que la Filarmónica, dirigida por Martin West ejecutó con inobjetable precisión), entre las que sobresalen las czardas, con una versátil respuesta grupal de la compañía. Cabría destacar algunos solos en la boda (Camila Bocca, Paula Cassano), así como los intensos pas de deux de la pareja central. Pero, claro, el público mayoritario celebra el hechizo de la sección central, el "acto de las maravillas", en el gabinete de Coppelius: un despliegue de pantomima y de acción mecánica con el que el Ballet del Colón pone a prueba su feliz etapa actual.

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