Las contradicciones de un diseño táctico condenado al fracaso

Juan Pablo Varsky
Juan Pablo Varsky PARA LA NACION
Sampaoli, durante la concentración
Sampaoli, durante la concentración Fuente: AFP
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16 de junio de 2018  • 22:35

Lucas Biglia pertenece a ese grupo de jugadores más valorados por colegas y entrenadores que por periodistas e hinchas. Ser socio de este club incluye una promoción importante porque ellos juegan y ven el fútbol mucho mejor que nosotros. El mediocampista de Milan no tiene una virtud dominante para responder a los cuestionamientos externos. No es un recuperador serial, llega poco al gol, no se destaca por su remate, no se impone en el juego aéreo. Sus principales activos están en los intangibles: entendimiento del juego, relevos, ayudas, orden.

Con espacios pasa bien la pelota entre líneas, sobre todo en el rango de 5 a 10 metros. Así habilitó a Messi en la final contra Alemania en Brasil 2014 en una de las tres jugadas que pudieron haber cambiado la historia. Sir Alex Sabella lo había puesto como titular desde los cuartos de final ante Bélgica, por Gago. Reforzó el bloque defensivo y potenció a Mascherano al nivel de prócer. Sin dudas, vale más por lo que les aporta a sus compañeros que por su contribución individual.

Desde entonces no salió más del equipo. Martino lo ubicó de 8, con Masche y Pastore completando el triángulo del medio. También Bauza confió en él durante su corto ciclo, otra vez al lado de Javier en el eje. Desde su primer día, Sampaoli lo pensó como su referencia en esa zona. Acompañado por Banega, Pizarro, Paredes o Enzo Perez, siempre jugó él.

Debido a su lesión, había perdido terreno para el estreno ante Islandia. Con Mascherano de cinco definido, Lo Celso y Meza eran las opciones creativas del seleccionador para el otro cupo del medio. Pero jugó Lucas, con Meza en el lugar del lastimado Lanzini. El técnico argumentó compensación defensiva para la aparición de Salvio como lateral derecho. ¿Biglia y Mascherano juntos contra un equipo que tira pelotazos, achica espacios y bloquea los costados con lateral y extremo? No había posibilidad de que, ante este rival y en este contexto, esta apuesta saliera bien. No hacía falta potenciar a Mascherano contra un rival que prescinde de la pelota.

Jamás Biglia podía ser ese mediocampista de toque, acompañamiento, gambeta, llegada y finalización. No llena ese formulario y menos frente al muro de Islandia. Durante sus 55 minutos, completó 48 pases correctos sobre 53. Ninguno entre líneas. Apenas 12 en el último tercio de la cancha (Banega tuvo 20 en 40 minutos) Perdió siete veces la pelota, incluido el origen del gol islandés. Varias veces se mostró como alternativa de pase, pero delante de Messi y de espalda al arco rival. Nunca se distinguió por ese tipo de jugada en su carrera. Pisó el área un par de veces y remató dos veces al arco. Demasiado poco para lo que el equipo necesitaba de ese futbolista en ese sector del campo. ¿Podría haber hecho otra cosa, considerando sus recursos y la demanda del seleccionado? Obviamente no. La Argentina regaló más de un tiempo con este defecto de origen, que tampoco le garantizó solidez.

También perdió demasiados minutos con ataque plano por los costados. Al tener laterales y extremos a perfil natural y con pocos espacios, la Argentina no desequilibró ni por velocidad ni por habilidad. Islandia puso más gente en el área para rechazar centros y bloquear tiros. Meza y Di Maria jamás invirtieron posiciones para intentar el enganche y el tiro al arco a pierna cambiada.

El ingreso de Pavón a los 75 minutos, un diestro sobre la izquierda, cambió el libreto y transformó al cineasta Halldorsson en figura. Banega aportó juego ágil y pases simples en campo rival. La última media hora de ataque furioso y sin sobresaltos atrás deja una buena sensación, sin dominar el ambiente. Más allá del resultado, la mayor desilusión es la oportunidad perdida con un diseño condenado al fracaso desde el comienzo. Lucas Biglia queda de símbolo. Mucho más expuesto, el entrenador y su contradicción.

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