Las penurias de todos los rincones de África, sintetizadas en un día

Detrás de los rostros cansados se esconden historias de decenas de países distintos
Silvia Pisani
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18 de junio de 2018  

VALENCIA (De nuestra corresponsal). Algunos sonreían; otros, visiblemente, tenían problemas para moverse. Todos estaban agradecidos: la posibilidad cierta de morir en el mar había pasado. Otro tema es cómo a partir de ahora seguir con sus vidas en un continente que no sabe qué hacer con ellos.

Casi toda África navegó, apiñada y con la ropa mojada, en los pocos metros de cubierta que pudo rapiñar en el Aquarius. Un barco que es de rescate, pero no un crucero.

"Lo nuestro es rescatar gente y dejarla enseguida en puerto. No estamos preparados para travesías de varios días con pasaje completo", dijo a LA NACION Carlos Ugarte, responsable de Relaciones Externas de Médicos Sin Fronteras en España.

Los 106 pasajeros del tramo final tenían un solo punto común en su derrotero. Todos ellos se habían lanzado al mar desde las costas libias, pero provenían de toda África.

Jóvenes en su mayoría, habían llegado a la caótica Libia desde su tierra de origen. Nativos de Senegal, Nigeria, Camerún, Sierra Leona, Sudán, Costa de Marfil, Argelia e, incluso, de la cercana Marruecos y de las tan lejanas Islas Comoras, cerca de Mozambique, sobre el océano Índico.

¿Qué hacían en Libia? ¿Por qué llegaron allí? Los testimonios se recogen a través de los voluntarios, de los que los recién llegados se despiden a los abrazos. Emocionados. Ellos conocen su historia y son, luego, quienes narran algunos fragmentos. Casi todos llegaron al país que fue de Khadafy por la misma razón. Porque en el caos que vive es más fácil ganar la costa para la peligrosa travesía y porque en ella pululan los traficantes de la migración clandestina, explica uno de esos cooperantes a pie de muelle.

Un grupo de corresponsales extranjeros, entre ellos LA NACION, escuchan. Hay cientos de enviados en la zona del puerto.

"Es probable que seamos más los periodistas que los inmigrantes", se escucha.

Todo es contraste. De ignorados y rechazados por gobiernos europeos, los 630 náufragos que llegaron en tres barcos el Aquarius más otros dos de la marina italiana fueron, por unas horas, la atracción.

Los que ríen y se divierten ajenos a todo son los más chicos. Desde el muelle vecino a aquel en que atracaron se los ve jugar con las mochilas anaranjadas que les dieron antes de descender.

Pero antes de que pudieran tocar tierra subieron, primero, los agentes que debían verificar su estado. Los operarios españoles montaron al barco protegidos como para entrar en una central nuclear: con mamelucos blancos, barbijos y guantes de látex de color azul.

"Quemaduras, escoriaciones, algunos cuadros de hipotermia", fue el diagnóstico que trascendió. Pero debe haber habido más. Al menos media docena de personas descendieron en silla de ruedas. Luego se supo que cerca de 150 de los 630 rescatados fueron hospitalizados.

Lo que sigue no será fácil. "Ninguno de los viajeros dijo tener documentos", informó el comisario de Extranjería, Bernardo Alonso. España los albergará por 45 días. Luego, "se verá", y esa enigmática expresión encierra la posibilidad de que puedan pedir asilo.

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