La enfermedad fantasma

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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24 de junio de 2018  

Fuente: LA NACION - Crédito: Enríquez

En el final del siglo XIX se extendió en los Estados Unidos una epidemia silenciosa que parecía afectar especialmente a las mujeres, y que el médico Charles M. Beard bautizó como neurastenia. Sus síntomas eran tan variados como ambiguos: dolores de espalda, úlceras, problemas pulmonares, dispepsia y otros. Por entonces las principales, y casi únicas, labores de las mujeres eran las domésticas y pronto se extendió la sospecha de que ellas habían encontrado la manera de evadir sus obligaciones.

Catherine Beecher (1800-1878), hermana mayor de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), autora esta última de la clásica novela La cabaña del Tío Tom, recorrió en esa época el país y escribió que había "una decadencia generalizada en la salud femenina". En su cuaderno de observaciones se leía: "No conocí ni a una mujer sana en cada pueblo". La mayor de las Beecher encabezó un movimiento para reforzar la presencia de la mujer en el hogar con dedicación exclusiva a lo doméstico. Escribió un libro que le dio fama y tuvo más de 15 ediciones. Publicado por primera vez en 1841, se titulaba Tratado de economía doméstica para uso de jóvenes mujeres en el hogar y en la escuela. Y con su hermana serían autoras de American Woman's Home ( El hogar de la mujer americana), donde insistían en que la mujer no debe salir del hogar. Curiosamente, Beecher trabajó como maestra, no se casó ni tuvo hijos (al igual que Harriet) y lamentó que, por ser mujer, no se le permitiera seguir una carrera universitaria.

Mientras tanto, muchos médicos, como el que atendió a Mary Baker Eddy (un caso popular en aquel tiempo), describían a la neurastenia como una enfermedad típicamente femenina, "mezcla de histeria con mal carácter". Los médicos eran exclusivamente varones, su palabra era indiscutible, y determinaban sobre el cuerpo y la salud de las mujeres. La neurastenia se trataba con postración en la cama en una habitación a oscuras durante semanas, dieta líquida y prohibición de leer o charlar. La bióloga y ensayista estadounidense Bárbara Ehrenreich apunta en su libro Sonríe o muere (la trampa del pensamiento positivo), que el solo hecho de ser mujer se veía como una enfermedad que necesitaba de continuos cuidados. Y hace notar que, mientras se repetía el estribillo según el cual el trabajo es salud, solo podían trabajar los varones. A las mujeres, consideradas casi enfermas de nacimiento, se les prohibía hacerlo.

Aunque esto ocurría en Estados Unidos hace casi un siglo y medio, mucho de lo esencial de esta visión está presente hoy en todo el mundo. No en una forma tan primitiva, literal y brutal, sino actualizada con argumentos que maquillan la creencia y la presentan con sofismas científicos, filosóficos, políticos o sociológicos. Eso refuerza la reivindicación de las mujeres de ser soberanas de sus cuerpos, responsables de sus elecciones y decisiones y que decidan sobre sus destinos, sus emociones y sus sentimientos quienes no viven la experiencia de lo femenino.

Son derechos básicos de todos los seres humanos, independientemente de su sexo. Pero deben recordarse explícitamente porque, más allá de los adelantos tecnológicos y de otro tipo en los siglos XX y XXI, hay grietas atávicas que permanecen abiertas. Son producto de la cultura y no de la naturaleza (igual que las diferencias de género) y cerrarlas llevará tiempo, sobre todo a la luz de un reciente debate en el país. Misión compartida para mujeres y varones, desde lugares distintos, pero con un mismo fin. El respeto por lo diverso y por la dignidad de cada persona.

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