Suscriptor digital
srcset

Grandes Esperanzas

Tras una pérdida dolorosa y un diagnóstico duro, tuvo un aprendizaje revelador

Carina Durn
(0)
22 de junio de 2018  • 00:06

En septiembre del año 2009 la vida de Alejandra comenzó a derrumbarse a pasos agigantados. Apenas unos meses atrás aquel futuro sombrío le hubiera parecido impensado. Hasta entonces, su pasar había transcurrido de manera impecable y lo hacía según los estándares "normales" esperados por ella y por su entorno social: era una buena profesional en derecho y traducción, docente universitaria, amante de los deportes, y madre, esposa e hija dedicada.

"Hasta que un día mi madre, a quien amaba con toda mi alma, enfermó", cuenta Alejandra con calma, "Como siempre, quise controlar la situación y recurrí a todo lo que estuviera a mi alcance para que se reponga, pero ella murió y caí en un pozo; dejé de entender al mundo y la vida".

Con aquella tristeza infinita a cuestas, sus clases universitarias transcurrieron y concluyeron como si las hubiera dictado alguien que no habitaba su cuerpo. Al poco tiempo, llegó una mudanza a una casa hermosa junto a su familia; un hogar que, tal vez, pudiera ocuparle la mente y traer nuevas alegrías. Pero por más que intentara revertir sus sensaciones simplemente no pudo. "Sentía un vacío en mi centro, sí, justo en el centro de mi cuerpo, imposible de remover. Era como respirar una angustia constante", explica.

Para Alejandra su vida, tal como la conocía, ya no existe. Para ella, es mucho mejor. Es auténtica.
Para Alejandra su vida, tal como la conocía, ya no existe. Para ella, es mucho mejor. Es auténtica.

Pedir ayuda

Abatida por el dolor en su alma, Alejandra decidió que era tiempo de buscar ayuda. Durante un año y medio realizó una terapia adaptada a sus necesidades con la que aprendió a conocerse y pudo acceder a recursos propios que no sabía que poseía. "Entonces me regalé un viaje sola para participar en una carrera en San Martín de los Andes", rememora, "Todavía puedo sentir mis miedos durante las 24 hs de viaje en micro. Sin embargo, al llegar, corrí la carrera disfrutando como una niña, sintiéndome parte de un grupo de gente desconocida, pero que parecía que conocía desde siempre. Increíble. Allí aprendí que cuando estamos haciendo lo que nos gusta, somos seres nobles".

Al regreso de aquel viaje revelador, el marido de Alejandra pasó por ella y en el camino fueron testigos de un hecho que la conmocionó profundamente: "Un camión pasó sobre la cabeza de una chiquita llamada Karla, una nena de 12 años, que era todo y lo único que sus abuelos tenían", cuenta, "Y el evento trágico puso a la muerte de nuevo ante mí, lo que me impulsó a visitar a la ginecóloga para revisar una dureza en mi pecho izquierdo que siempre había tenido. En el pasado, las ecografías y mamografías habían indicado que todo estaba bien".

Tocar fondo

Pero esta vez fue distinto: si bien la mamografía había salido bien, la ecografía arrojó la existencia de un nódulo. Alejandra realizó las consultas pertinentes y el diagnóstico fue claro: Cáncer de mama. "De repente mi mundo, ese que estaba reconstruyendo sobre bases auténticas, volvía a derrumbarse", explica pausadamente.

Así, a la cotidianidad de Alejandra llegaron la punción, las dos operaciones en el lapso de dos meses, la quimioterapia y los rayos. Para ella, el año 2012 se transformó en una especie de tocar fondo, de ver en esta ocasión a la muerte directamente a la cara, de sentir ahora el dolor en carne propia, en su cuerpo y en el alma.

"No obstante, también fue la experiencia más enriquecedora de mi vida", afirma Alejandra, "Aprendí sobre mi poder de aceptación de lo que la vida nos propone, del poder que existe en el sentir y, en ese sentir, el trascender el sufrimiento. Porque, aunque el dolor existe en el cuerpo, entendí que nuestra actitud puede abrir corazones y nos permite vivir sin sufrir, que no es poco".

"No era un amor apegado lo que sentía por parte de él, era uno de aceptación, de entrega"
"No era un amor apegado lo que sentía por parte de él, era uno de aceptación, de entrega"

Pero de todo el saber que su experiencia le estaba ofrendando, hubo una enseñanza que emergió firme, preciosa, por sobre todas: Alejandra aprendió sobre el amor de pareja. Ante su posible muerte, se develó y sintió un amar puro por parte de su esposo, un amor que ella percibió como de otro plano. "No era un amor apegado lo que sentía por parte de él, era uno de aceptación, de entrega", continúa muy emocionada, "Cuando abrí mis ojos después de la intervención quirúrgica y vi los de mi esposo, sentí una profunda emoción: Él era amor, él era amor puro, éramos uno; no fueron necesarias las palabras, sus lágrimas dejaban ver lo profundo de su dolor y tristeza ante la posible pérdida. Cierro los ojos y puedo volver a sentir ese amor profundo".

Para qué

De pronto, ante ese sentir tan potente, Alejandra comprendió el para qué de toda aquella experiencia que debía atravesar: le había tocado porque él estaba ahí y lo sintió como su ángel; ella y él, juntos, eran el aprendizaje hacia conocer otro amor, uno auténtico, sin apegos a lo físico. "El dolor y la profunda tristeza dejaron ver lo importante, lo mágico, lo que no necesita formas, lo que te hace indestructible", revela, "Hoy sabemos que lo simple es lo más valioso, nos valoramos y respetamos. Y lo mejor es que nos disfrutamos y ya no discutimos como lo hacíamos, intentando sostener nuestras razones. Eso ya no importa... nuestro foco está en la vida. Entendimos que se trata de un juego y que la personalidad, que tanto defendíamos, es un instrumento para vivir, pero no es lo que somos. Somos amor".

Para Alejandra su vida, tal como la conocía, ya no existe. Para ella, es mucho mejor. Es auténtica. Es una existencia conectada con todo su ser de manera simple, con gratitud por la vida y con la magia de todo lo que ella le propone. "Quiero compartir que toda esta experiencia finalmente fue maravillosa. Tanto, que me transformé en un ser que confía en la vida en lugar de intentar controlarla; que mi recorrido de la mente al corazón se invirtió y desde entonces actúo a partir de lo que siento; que al hacerlo honestamente mi vida tiene profundidad, la vivo. Me descubro ilimitada y el miedo existe, pero lo miro de frente y actúo y, al hacerlo, compruebo que no pasa nada, que de hecho aparecen fortalezas y recursos que no sabía que tenía", concluye y su sonrisa transmite paz.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?