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La felicidad y la utopía

PARAISO Por Toni Morrison (Ediciones B)-351 páginas-($24)
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13 de octubre de 1999  

TRAS haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en l993, la gran escritora estadounidense Toni Morrison, oriunda de Ohio, se consagró definitivamente como una de las más importantes voces literarias contemporáneas. Sus novelas Ojos azules (l970), Sula (l973), La canción de Salomón (l977), Beloved (l987) y Jazz (l992) la posicionaron inmejorablemente entre la crítica y el público. Esos trabajos que, por su innovadora reelaboración lingüística y narrativa, le valieron el Pulitzer y el National Book Critics Prize, combinan una inteligente exploración de la historia de la raza negra en los Estados Unidos con n siempre renovado interés por infundir poeticidad a la prosa y universalismo a símbolos y mitos propios de la minoría negra. Heredera privilegiada de la prestigiosa generación de Ralph Ellison, James Baldwin y Richard Wright, incluso de algunas de las temáticas de William Faulkner, Morrison se preocupó por darles protagonismo, desde su labor de editora en Random House, a escritoras negras como Paule Marshall o Zora Neale Hurston, quienes, junto con Terry McMillan, Bebe Moore Campbell y Alice Walker constituyen hoy un reconocido grupo de creadoras, ubicadas al mismo nivel que los escritores blancos.

Paraíso es la primera novela de Morrison que aparece después del galardón de la Academia Sueca. Se trata de un verdadero prodigio de destreza narrativa en el que la técnica simbolista, habitual en la novelística de la autora, permite construir personajes y situaciones que representan energías e ideas, recortando espacios que remiten a su país y al mundo. Una fuerte carga de sentimiento y tragedia organiza este relato, cuyo centro temático es el esfuerzo inútil por alcanzar la felicidad a través de la trabajosa materialización de una utopía.

Si bien Ruby, una imaginaria ciudad de Oklahoma sólo habitada por negros, parece ser el paraíso, el absoluto aislamiento en el que se encuentra y su rechazo por todo aquello que se aparte de su férrea tradición son dos de los motivos por los que podemos leer el cristalizado encantamiento de esa ciudad de forzada perfección y angustiosa soledad. La gente de Ruby se apoya mutuamente, está orgullosa de su raza, se ve libre de crímenes y de organización policial, está exenta del flagelo del hambre gracias a la generosidad comunal. Toda la población es libre, pero está obligada a defender la comunidad y a respetar sus reglas, a cualquier precio. No son bienvenidos turistas ni visitantes en Ruby; nada pueden hacer allí, privados de restaurantes, cines, estaciones de servicio o teléfonos públicos. La ciudad de Ruby es, aparentemente, la meta paradisíaca de la historia de la raza negra en los Estados Unidos, desde el final de la Guerra de Secesión hasta el surgimiento de los movimientos de derechos civiles. Su fundación mítica, poco después de la Segunda Guerra Mundial, asentó valores que se mantienen inalterables y que deben ser preservados, pero también inició una dura actitud de intolerancia hacia el progreso o lo diferente.

A finales de la década de l960, cuando el declive de Ruby es innegable y la nueva generación hace sentir el peso de las transformaciones sociales y culturales que caracterizan la época, todo el pueblo comienza a buscar un chivo expiatorio que represente la crisis de la ciudad. Destruyéndolo -parecen creer las familias más tradicionales, los Fleetwood, los Morgan, los DuPres-, acabará la crisis. A poca distancia del límite urbano de Ruby se levanta un antiguo convento devenido en comunidad femenina, refugio para un puñado de mujeres sin hogar y sin rumbo que se agrupan casi por casualidad y que se sostienen con la venta de conservas caseras en el pueblo. Allí están, marginadas y desprotegidas, Consolata, Mavis, Gigi, Seneca y Pallas, quienes, no obstante, en los años de ilusión de Ruby han ayudado a varias muchachas expulsadas de la ciudad. Poco a poco, el refugio es visto como el símbolo del desorden y la causa de todo mal en Ruby. Los jefes de familia se aprontan para la batalla y, cuando los ánimos se exasperan, todo está listo para el inevitable linchamiento.

El relato empieza y termina con la masacre de las mujeres pero se desarrolla lentamente a partir de la tematización de varias dicotomías: varón/mujer, inmutabilidad/transformación, pasado/presente, armonía/caos, tolerancia/intolerancia, similitud/diferencia. La creciente sensación de amenaza que despiertan las mujeres del convento en los patriarcas de Ruby organiza la controversia central que subsume todas las otras: el varón es rígido, legalista, intolerante; la mujer es misteriosa, peligrosa, instintiva. Su choque es también el del atavismo y el progresismo. Pero el triunfo parcial del mundo masculino por sobre el femenino puede leerse en la novela como el derrumbe final de la falsa utopía y el comienzo de una necesaria regeneración. Cuando Ruby se sepulta en sus propias contradicciones, el texto afirma su sentido: en toda búsqueda de perfección se esconden la injusticia y la marginación y en toda normativa social inalterable se excluyen la ambigüedad y la singularidad de lo humano.

Paraíso subraya una reivindicación de la diferencia y lo diferente, unida a un anhelo de armonía y convivencia más allá de cánones restrictivos y, tal vez, muy poco humanos. Con acierto y belleza, la novela bucea en los costos de las utopías y teje una trama de tensiones que deviene en inexplicable violencia. Indudablemente, de todos sus textos de intención simbolista, éste es el trabajo más logrado de Toni Morrison, quien, al revisar la historia de la América negra, recupera la siempre vigente pregunta por la naturaleza humana.

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