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Dante Caputo, un intelectual que deja su huella en la historia

Joaquín Morales Solá
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20 de junio de 2018  

Con Dante Caputo se fue una de las pocas reservas intelectuales que tiene el país. Hombre exquisitamente culto, le gustaban también los resultados concretos de la gestión política. Como canciller de Raúl Alfonsín, firmó el tratado de paz con Chile y organizó la constitución inaugural del Mercosur, que significó la distensión definitiva con Brasil. La Argentina había estudiado durante décadas hipótesis de guerra con esos dos países. Esas dos decisiones son, quizás, las únicas políticas de Estado que el país conservó en el tiempo. Sólo por esas enormes conquistas diplomáticas, Caputo merece un trazo especial en la historia argentina.

Pero hizo mucho más. Fue el primer diplomático argentino que tendió un puente de negociación con el gobierno británico después de la guerra del Atlántico Sur de 1982, a la que Caputo siempre consideró una regresión para los intereses nacionales en las islas Malvinas. Su misión secreta más destacada como canciller fue la de neutralizar a los movimientos guerrilleros chilenos durante la dictadura de Augusto Pinochet. La guerrilla era el argumento de Pinochet para perpetuarse. La democracia no se reinstalaría en Chile mientras existieran esos grupos insurgentes. Caputo inició entonces una gestión directa con Fidel Castro, que le daba a la guerrilla chilena el apoyo político y financiero. La gestión, que nunca se hizo formalmente pública, terminó con un acuerdo verbal entre el propio Alfonsín y el dictador cubano en La Habana. Poco después, comenzó en Chile el proceso político que terminó con la instalación en Santiago de un gobierno democrático. Alfonsín y Caputo acababan de dejar el poder en Buenos Aires.

Si bien Caputo no perteneció a la carrera diplomática (su nombramiento como canciller fue la mayor sorpresa que dio Alfonsín después de su elección), nunca dejó de ponderar a los diplomáticos profesionales. Se rodeó de ellos. Al único político que llevó a la cancillería, y que no pertenecía a la diplomacia profesional, fue Raúl Alconada Sempé, otra persona de notable calidad intelectual y personal. Pero promovió y destacó a diplomáticos de carrera, como Lucio García del Solar o Susana Ruíz Cerruti.

Fue presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, alto funcionario de la Organización de Estados Americanos y dos veces diputado nacional, pero sus últimos años los pasó padeciendo el olvido que la ingrata política argentina suele aplicarle a sus mentes más lúcidas. Ni siquiera las limitaciones económicas lo hicieron renunciar a la curiosidad intelectual. Nunca cejó. Pasaba varias horas todos los día frente a la computadora, leyendo los principales diarios del mundo o documentos de organismos internacionales. Habiendo podido ser un excelente embajador en las Naciones Unidas o en Francia (país en el que vivió, estudió y conoció en sus más insignificantes detalles políticos y culturales), ningún gobierno argentino no radical reparó en lo que significaba Caputo.

Tal vez haya sido la consecuencia de que nunca se sintió cómodo dentro de una organización partidaria (no se quedó en el radicalismo y luego se fue del socialismo, por lo que pasó fugazmente), pero lo cierto es que su fuerza política se respaldaba sólo en su capacidad intelectual. Tuvo el respeto de la dirigencia política y social y, más que nada, de la gente común. Podía (y pudo siempre) caminar por las veredas de Buenos Aires mientras saludaba a los transeúntes que lo reconocían, a veces con cierta nostalgia, porque él fue también una de las caras más conocidas de la restauración democrática argentina.

Su última obsesión política consistió en encontrar un método para que la Argentina abandonara el eterno péndulo (escribió un libro sobre el tema) entre populismo y ortodoxia, entre izquierda y derecha, entre progresismo y racionalismo. Creyó que ese péndulo, que convertía en inconstantes a todas las políticas nacionales, era una de las causas del fracaso argentino. Tuvo cierta ilusión con Macri (después lo criticó), porque significó la derrota del kirchnerismo. Caputo fue un duro crítico, sin treguas, del cristinismo y del acuerdo firmado por Cristina Kirchner con Irán, al que consideraba una insoportable cesión de soberanía judicial a quienes habían sido autores intelectuales y financieros del criminal atentado a la AMIA. Realista como era, estaba convencido de que la herencia económica que recibió Macri lo obligaba a decisiones impopulares. Aceptaba que el ajuste severo era inviable, pero también recordaba, premonitorio, que la realidad es implacable con los problemas ignorados. Promovió sin suerte un acuerdo entre partidos políticos racionales, empresarios y sindicatos para saldar aquella herencia y abandonar el riesgo de caer otra vez en el péndulo.

Su última lucha consistió en traer al país un moderno equipo de radioterapia que encargó el gobierno de Cristina Kirchner en Bélgica y que nunca llegó al país. Se había enterado del caso mientras administraba los estragos del cáncer que lo fulminó. Pariente lejano de los dos Caputo influyentes en el gobierno -del empresario Nicolás, amigo de Macri desde la adolescencia, y de Luís, actual presidente del Banco Central- prefirió pedirles a dos periodistas (a Marcelo Longobardi y a quien esto escribe) que le llevaran el problema a alguna instancia del gobierno. Nadie hizo nada. Al final, fue él mismo quien hizo pública la denuncia del caso en una conversación radial con Longobardi de hace unos 20 días. "Esto no es para mí. Yo ya estoy jugado, pero ese aparato puede salvar miles de vidas", solía decir en la intimidad. Sólo una buena persona se preocupa por los otros para un tiempo que ya no será el suyo. Y él fue también, y sobre todo, un hombre bueno.

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