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La confidencia asombrosa de Eduard Shevardnadze

José Claudio Escribano
En 1987, el canciller soviético prenunció, en la casa de su par argentino en Olivos, el fin de más de 70 años de comunismo
Fuente: LA NACION
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21 de junio de 2018  

Al entrar una noche de principios de octubre de 1987 en la casa del canciller Dante Caputo, en la vecindad de la residencia presidencial de Olivos, estaba lejos de imaginar que saldría de allí horas después con el asombro de haber escuchado de su colega soviético, Eduard Shevardnadze, una confidencia que prenunciaba, inesperadamente, el fin de más de setenta años de historia comunista.

Nadie concebía aún que los días pendientes de la Unión Soviética estuvieran contados. Que la URSS volaría pronto por los aires, arrastrando en su implosión de 1990 a un imperio sobre naciones sojuzgadas desde el término de la Segunda Guerra Mundial y desvelando con estruendo el sueño revolucionario de 1917, menos eterno de lo que proclamaba la literatura comunista abastecedora de las principales mesas de saldos de librerías de la calle Corrientes.

La diplomacia de Washington criticaba por lo bajo, y a veces por lo alto, al gobierno del presidente Alfonsín. Se lo acusaba "de hacerles el juego a los rusos", como si la fortuna de la contraparte norteamericana en la ruleta de la política internacional resistiera tanto que cualquier distracción pudiera resultar en pérdidas relevantes para Occidente. George Shultz, secretario de Defensa del presidente Ronald Reagan, advirtió un día a la Argentina que fuera "más cuidadosa en sus relaciones con la Unión Soviética". El corazón de la política exterior de Alfonsín estaba, en todo caso, del lado de la socialdemocracia europea y era ejecutada por un ministro con quien el presidente había trabado relación desde mediados de los setenta. Tiempos en que Caputo participaba, junto con Jorge Roulet y Jorge Sabato, de las actividades del Centro de Investigaciones sobre Estado y Sociedad.

En su visita de 1986 a Moscú, Alfonsín había condenado la intervención norteamericana en América Central -léase, en Nicaragua, donde los "contras" habían sido derrotados por el sandinismo- y convalidado acuerdos de pesca con sus anfitriones. La presencia soviética en el Atlántico Sur, por más que fuere por cuestiones comerciales que interesaban sobremanera a Moscú, se evaluaba en Washington por las potenciales derivaciones en la política internacional. Al terminar un partido de tenis al que había sido invitado a jugar en el predio de la embajada de los Estados Unidos, un diplomático norteamericano, con rango de consejero, me dijo, con la gravedad de quien cree estar soltando lo más importante de su jornada: "LA NACION apoya en exceso la política del gobierno".

No se había prestado mucha atención todavía al fenómeno de que en años recientes la Unión Soviética se hubiera visto sucesivamente privada de la vida de tres de sus líderes: Leonid Brezhnev, en 1982; Yuri Andropov, en 1984, y Konstantin Chernenko, en 1985, con los consiguientes remezones en la conducción del imperio bolchevique. Tampoco se sabía realmente, en cuanto a las relaciones bilaterales del gobierno argentino con el de Moscú, que la opción política por la cual el Kremlin había apostado en las elecciones de 1983 había sido la encabezada por el candidato del Partido Justicialista, Italo Luder, y no por la que sostenía la Unión Cívica Radical.

La diplomacia soviética había considerado más apropiado para la continuación de sus buenas relaciones con la Argentina, correspondidas por igual tanto por los gobiernos de Perón y de su mujer, María Estela Martínez, como por los gobiernos militares de 1976 a 1983, la candidatura del doctor Luder. Lo han comprobado así estudiosos de la correspondencia entablada en esa época con Moscú por la embajada soviética en Buenos Aires. No debe olvidarse, como dato marginal, que en su libro El oro de Moscú, Isidoro Gilbert, quien había sido desde los años cincuenta jefe de la corresponsalía de la agencia noticiosa Tass en Buenos Aires, reveló que José Ber Gelbard, ministro de Cámpora y de Perón, y figura decisiva de la Confederación General Económica, retuvo hasta su muerte, bien que en máximo secreto, el carnet de afiliado al Partido Comunista argentino.

No recuerdo a todas las personas que rodeaban la mesa en la cual Dante Caputo agasajaba a Shevardnadze. Sí, que era en la mismísima casa de Olivos en la que el presidente Menem y Alfonsín firmarían años después el Pacto de Olivos. Shevardnadze venía de Nueva York, donde rusos y norteamericanos habían firmado un acuerdo de liquidación de cohetes y misiles de alcance medio, lo cual, como se verá, estaba lejos de constituir la cuestión esencial del momento para el gobierno encabezado por Gorbachov.

Tengo presente, desde luego, de aquella reunión al agasajado y a dos funcionarios soviéticos que lo acompañaban, uno de ellos el embajador en Buenos Aires. También a los ministros Juan Sourrouille, de Economía, y Rodolfo Terragno, de Obras Públicas, y a José Ignacio López, vocero presidencial. La cabeza prominente y canosa del célebre georgiano, que se movía de una dirección a otra a fin de atrapar con palabras y gestos la atención de la mesa, lograba con creces su propósito. Si alguna vez se dijo, a fin de reforzar un comentario, que "no volaba una mosca", oh, sí, allí no volaba una sola mosca.

Shevardnadze había sucedido como canciller a Andrei Gromyko, un duro de larga influencia en la política soviética, y su cara resultaba ahora reconocible en todo el mundo por secundar al secretario general del PC y jefe de Estado, Mikhail Gorbachov, en la incipiente liberalización del régimen con las políticas de glasnost y perestroika, de transparencia y reestructuración económica.

Se suponía que aquella era una comida privada y que el contenido de lo que se conversara era para conocimiento estricto de los contertulios. Han transcurrido desde entonces más de treinta años y perdura nítida en mis ojos aquella mirada celeste, tan de lince, de quien James Baker, exsecretario de Estado norteamericano, dijo, como colofón de una era: "No creo que la Guerra Fría hubiera podido acabar de forma pacífica sin él. Este hombre es un héroe".

El héroe de Baker murió en 2014, con el nacionalismo autoritario de Putin demorando desde años antes en el tiempo la oportunidad de que un sistema de amplia tolerancia y libertades públicas se consolide al menos por una vez en la patria de Pushkin, de Turgueniev, de Dostoievski, de Chejov. Pero quienes estuvimos aquella noche de 1987 en el chalet de Dante Caputo y Anne Morel jamás olvidaremos la esperanza que nos abrió esta inolvidable confesión de Shevardnadze: "Hemos competido hasta aquí. Pero la Guerra de las Galaxias lanzada por Reagan compromete a tal punto nuestras fuerzas que es difícil seguir a Estados Unidos con el ritmo que ahora se ha abierto en esa lucha. No alcanzan los recursos. Faltan muchas viviendas para el pueblo ruso. Faltan zapatos, zapatos les digo, para nuestro pueblo".

Reagan había asumido en enero de 1981. Dos años después ordenaba el comienzo de un programa de investigaciones y logros tecnológicos destinados a establecer un revolucionario escudo defensivo con armas balísticas estratégicas capaces también de atacar, pero cuyo costo exorbitante terminaría por desbalancear definitivamente a su favor la competencia militar con la Unión Soviética En mayo de 1988, las tropas soviéticas que entraron en Afganistán en 1979 comenzaron a retirarse, golpeadas seriamente por los talibanes asistidos por Estados Unidos. Fue la humillación que alertó al mundo de que algo al fin podría cambiar al cabo de décadas de expansión comunista por el mundo.

Apenas habían pasado siete meses de la confesión premonitoria de Shevardnadze en Olivos. Había sido tal la impresión provocada por sus palabras, tan inesperadas en un jerarca del régimen celebérrimo no solo por el gulag sino por su hermetismo, que una vez que él se retiró Caputo empujó a los invitados argentinos al jardín de la casa. Los retuvo para sopesar, entre café y café, la trascendencia de la conversación abierta por un hombre que contribuiría a dejar marcas indelebles en la historia del siglo XX.

Solo por los hechos, no por mi percepción, debo admitir, terminé por convencerme por entero del mensaje premonitorio del canciller soviético.

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