El legado de un personaje irreemplazable del rugby: Michingo O'Reilly

Rodolfo OReilly, el año pasado, cuando fue distinguido como Personalidad Destacada del Deporte por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad
Rodolfo OReilly, el año pasado, cuando fue distinguido como Personalidad Destacada del Deporte por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad
Jorge Búsico
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21 de junio de 2018  • 12:29

"Está todo saldado", decía Rodolfo Michingo O'Reilly cuando en su casa de Tortuguitas festejaba sus 60 años, rodeado por multitudes de amigos, porque Michingo era de esas personas que saben construir una amistad o un afecto de cualquier color en cada esquina. Siguió viviendo Michingo y siguió disfrutando la vida, hasta que en esta medianoche una larga enfermedad, a la cual enfrentó con absoluto coraje y grandeza, se lo llevó de gira tres meses después de cumplir 79 años.

O'Reilly fue un símbolo del rugby. Un hombre de este juego, al que solía definir como "algo mucho más importante que correr, saltar y pasarse la pelota". Heredó el Club Atlético San Isidro (CASI) de su padre Michingo y allí pasó gran parte de su vida. "Conozco hasta dónde está cada una de las canillas del club", refería al club con el cual salió campeón como jugador y como entrenador. Su legajo también indica que fue entrenador de los Pumas entre 1981 y 1983 y desde 1987 a 1990, y que con él el seleccionado le ganó a Sudáfrica (como Sudamérica XV), a Australia de visitante y de local, a Inglaterra, a Francia y a Escocia. Que entrenó también a Hindú y a Buenos Aires y que fue fundador, dirigente y coach de Virreyes Rugby Club , el proyecto del rugby del cual se sentía más orgulloso.

Pero más allá de sus logros dentro y fuera de la cancha, Michingo hijo fue un verdadero apasionado del rugby, capaz de quedarse hasta la madrugada en cualquier club charlando y discutiendo -le encantaba discutir- o yendo a entrenar allá donde se lo pidieran. Entrenó hasta las últimas de sus fuerzas y dio hasta lo último que tenía.

Hincha de Boca, radical hasta la médula, fue el primer secretario de Deportes en la vuelta de la democracia, de la mano de su amigo Raúl Alfonsín . Desde la función pública libró una maravillosa batalla para recuperar los clubes de barrio destruidos por la dictadura y privilegió a los deportistas por sobre los dirigentes. Tuvo, eso sí, el disgusto del episodio con Carlos Salvador Bilardo , que le costó varios enemigos.

Enamorado de sus tres hijos -Celina, Patricio y Alejandro-, de sus nietos, de sus hermanos y acompañado hasta último momento por Silvia, su compañera fiel de las últimas décadas, con Rodolfo O'Reilly se va un maestro del rugby y allá arriba seguramente lo estará esperando el Veco Villegas, para seguir debatiendo sobre el scrum y sobre que el rugby es un medio y no un fin.

Nunca dejó de viajar por el mundo, de conocer nuevas culturas, de leer todo lo que le acercaban y de cultivar sus amistades y su último pasatiempo, que era participar de los eternos almuerzos en Angie's, en las Lomas de San Isidro. Siempre acaparando el centro, con el latiguillo con el que arrancaba cada pensamiento: "Se me ocurre." En Angie's lo apodaron el Papa, que se une a otros apodos: Tío, Cabezón o Mono, como le decía Silvia.

Publicó un libro -"Por el eje profundo", el mismo título que lleva la columna de rugby de los jueves en LA NACION-, fue condecorado como ciudadano ilustre por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y en los últimos años limó casi todas las asperezas que quedaban de sus tiempos de batallas deportivas, políticas y culturales. Y hasta se dio el gusto de ir de presidente de gira con una juvenil del CASI (entrenada por Pato, su hijo) y, ya prácticamente sin poder caminar, fue a darles una última charla a los chicos de Virreyes.

Los últimos días estuvo inconsciente, pero el domingo, el Día del Padre, Marcos Julianes -uno de sus mejores alumnos- y Jorge Darti Dartiguelongue fueron a la casa para llevarle una grabación de la Primera de Virreyes, que en la arenga antes del partido, sus jugadores cambiaron el "¡¡Virreyes, Virreyes, Virreyes!!" por el "¡¡Michingo, Michingo, Michingo!!". Al escucharlo, abrió los ojos. Se llevó esa maravillosa música.

Todos sus amigos sienten que se fue alguien irreemplazable. De esos personajes de la vida que ya quedan pocos. Pero permanece la tranquilidad, dentro de la tristeza, de que Michingo se fue con todo saldado. Seguro que fue así.

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