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Arte y Cultura

La Gioconda sabe quién sos y lo que ocultás

Jorge Fernández Díaz
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24 de junio de 2018  

PARÍS.- Los animales también protagonizan el recorrido de la pintura universal en el Louvre. Los ojos de los caballos en las grandes batallas o bajo jinetes célebres dicen mucho: a veces transmiten escepticismo; otras, pánico o amor. En un cuadro que se llama Fidelité hay un perro blanco y cabizbajo junto a la tumba de su amo. No ha querido marcharse después de la muerte del hombre que lo ha criado y permanece allí, custodiando su sueño eterno.

Los anónimos y solitarios también son una constante de la pintura. Cada hombre, mujer, viejo o niño ignoto que aparece merecería un relato, una novela que lo explique y complete. En una sala del subsuelo sorprenden sarcófagos egipcios. Pero en lo alto de unas escalinatas aparece La victoria de Samotracia. Poco se puede decir de esta obra, salvo que verla y examinarla en redondo es una experiencia única. Mujer alada, decapitada por los caprichos del tiempo, compite en fama con la otra dama que se impone en el Louvre: la Venus de Milo, mutilada pero increíblemente hermosa, con un cuerpo moderno, que en verdad sigue el ideal griego, y una mirada calma. La Venus exuda una sensualidad electrizante. Damos tres vueltas alrededor de ella. Tiene 2200 años. Y se me antoja que es la pareja del David de Miguel Ángel, que vimos hace unos años en Florencia. La Venus y el David están vivos, tienen una presencia magnética, nos miran y se dejan de mirar. Y uno no se cansa de mirarla.

Más abajo se encuentra otra de las vedettes: El código de Hammurabi, ese mítico monolito de basalto donde se dan la mano un rey babilónico y el dios de la justicia. Recordarán ustedes que es el primer código civil y penal de la historia. Fue escrito 1800 años antes de Cristo. Se trata, efectivamente, de un acuerdo jurídico, que prevé castigos para el adulterio, la infidelidad, el robo, el homicidio, la injuria y el incesto, y en el que ya se encuentra por escrito el concepto del ojo por ojo y diente por diente. Algunos castigos son la muerte directa, pero hay también mutilaciones y deportaciones. No conoce el garantismo. El castigo por infidelidad solo valía para la mujer, y ella era ejecutada salvo que su marido solicitara a último momento lo contrario.

Finalmente, la reina de reinas. Ninguno de los millones de peregrinos que visitan las 407 salas del museo pueden faltar a su cita. Van a fotografiarla y a observarla en silencio, como si le rezaran. Es la La Gioconda, pequeña maravilla protegida por un vidrio blindado, puesto que hace unos años atentaron contra ella. Mona Lisa te mira a vos, vayas donde vayas por ese salón. Y lo hace con calma y con una sabiduría profunda: sabe quién sos y lo que ocultás. Tiene conciencia de los tiempos. Y exige nuestro rezo laico. Si uno se aleja, ve un gran tumulto, y a ella contemplándolos a todos por encima con educada ironía, con sutil comprensión.

Frente a La Gioconda se ubica Las bodas de Caná, otra obra magnífica donde Jesús nos mira ensimismado y triste: conoce nuestro destino, sabe que no saldremos vivos de aquí. Esa mirada está tan bien pintada que nos interpela. El cuadro, de gran tamaño, rivaliza con la Mona Lisa, que es pequeño. Gana, por supuesto, la gran dama. Pero si uno se coloca en el medio de la sala y va de una a otra mirada descubre muchas cosas sobre la naturaleza humana y sobre nuestro propio destino.

Crédito: GUIA BESANA / NYT

No saco fotos como los demás; yo tomo nota de las obras que me sacuden. Anne-Louis de Girodet de Roussy-Trioson pinta en 1802 un naufragio. Pero de un modo peculiar: un hombre sostiene desesperadamente a su mujer y a sus dos hijos, que están a punto de ser devorados por el océano. La parca ahorca al hombre, que está a punto de soltar a su familia y perderla en el oleaje. La cara del padre, alucinada por el horror, es indescriptible.

Luego nos topamos con una pintura de Jacques Louis David: la coronación de Napoleón como emperador en la catedral de Notre Dame, tal y como sucedió el 2 de diciembre de 1804. Napoleón corona también a su mujer, Josefina, y el Papa sale sutilmente contrariado.

David pinta, a su vez, a Paris y a Helena en medio de la guerra de Troya. Están en un dormitorio, y Paris empuña una lira y goza la dicha del amor, mientras Helena, más lúcida, transmite su tristeza y su mal presentimiento. Arderá Troya por su amor, y todos morirán. La pintura fue abandonando su función de representación, sobre todo a partir de la aparición de la fotografía y del cine. Sin embargo, un pintor de talento podría resucitar esa función si nos regalara escenas de las novelas universales, que no pueden ser fotografiadas y que difícilmente sean filmables. Un pintor moderno que pintara la literatura con sutileza y buen pulso me tendría como un incondicional.

Por supuesto, aquí están los italianos: Rafael retratando a San Miguel con una lanza que atraviesa a un demonio, y más allá Caravaggio, componiendo la muerte de la Virgen, rodeada de apóstoles que lloran sin consuelo. El escultor Danielle Ricciarelli revive el combate de David contra Goliat: el primero está rematándolo con una espada, y a un costado descansan la honda y la piedra. Eso sugiere que el más pequeño primero atontó con el piedrazo al gigante y luego lo liquidó con el acero íntimo, como diría Borges.

Frente al Louvre están los jardines del Palacio Royal, que alguna vez fue residencia del cardenal Richelieu. Tomamos un poco de aire, después de ver tantas maravillas, en ese rectángulo de gramilla y rosales. Algunas rosas tienen un color fucsia, casi violeta, y huelen de una manera gloriosa. Dios es el mejor perfumista del mundo. Hay sillas de hierro cuyos respaldos tienen calados versos y frases de grandes escritores, y cuentan con un dispositivo para enchufar auriculares y escuchar la lectura de poemas o de párrafos filosóficos. Pasolini dice allí: "Los bienes superfluos vuelven la vida superflua". Le responde García Lorca: "Callarse y arder por dentro es el peor de los castigos que nos podemos infligir".

En París, los niños y el sabor de las frutas y las verduras nos hacen acordar a la vieja Argentina de los años 70, cuando los tomates y las lechugas y las manzanas eran realmente deliciosas, y nosotros nos divertíamos con cosas simples, haciendo pompas de jabón o jugando carreras con monopatines.

En las galerías nos encontramos con una tienda insólita que vende vestidos usados e impecables de grandes diseñadores del siglo XX. Uno puede comprarle a su novia un vestido de fiesta o de boda firmado por una celebridad. En el escaparate hay un Dior, fechado en 1985. Un Givenchy de 1977, un Yves Saint Laurent de 1965 y un Nina Ricci de 1948. A la vuelta, dentro de ese mismo complejo, vemos de frente la Comédie-Française, el gran teatro nacional: en el atardecer, dos actores caracterizados de hombres viejos e histriónicos conversan y fuman despreocupadamente en el balcón, durante un entreacto de una obra que están actuando en esos precisos momentos. Parecen una alucinación de la vida real.

Finalmente, nos quedamos unos minutos viendo cómo una pareja baila un tango sin música. Es muy impresionante ver bailar con intensidad y pasión una melodía que nosotros no podemos oír. Ellos la oyen porque usan auriculares y han sincronizado sus móviles para escuchar la canción y poder moverse a su ritmo. Él apenas abre los ojos para guiarla, ella está entregada amorosamente; ensimismada en esa danza apretada, jamás mueve los párpados caídos. Es un acto erótico, romántico, artístico. Los turistas pasan junto a ellos sin mirarlos, pero nosotros nos quedamos a contemplarlos un largo rato y casi al final nos retiramos por pudor, para que no se den cuenta al despertar que dos intrusos han velado su sueño.

N. de la R: Segunda y última parte de Viaje al Louvre, el museo de las grandes aventuras, texto extraído del diario de viaje a París del autor.

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