Una larga mañana en el cielo de Toronto

Iván de Pineda
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24 de junio de 2018  

Todo se ve muy pequeño allí abajo. Desde que pisé la angosta plataforma me estoy preguntando qué hago aquí arriba. Claro, casi 400 metros de altura es lo que me separa del "nivel del mar", y lo que se veía gracioso y simpático desde abajo no lo es desde mi privilegiada posición.

Pienso en la naturaleza y en las pocas aves que surcan el aire a mi alrededor, en su tranquilidad y en su grácil vuelo, mientras trato de controlar una cierta sensación de vértigo y ruego que el arnés que me sostiene funcione como es debido.

Puedo sentir la sonrisa casi socarrona de quien me esta acompañando en esta aventura matinal. Y sí, lo entiendo. Había llegado temprano a las oficinas de la torre CN, la torre nacional de Canadá, contento y alegre.

Me parecía genial la oportunidad de salir a la pequeña plataforma en una lindísima jornada para poder disfrutar de una vista completamente distinta de Toronto, la ciudad mas grande del país, centro financiero y una de las urbes con mayor porcentaje de habitantes no nacidos en el país, lo cual la transforma en una vibrante y cosmopolita urbe con infinidad de cosas para hacer.

La torre, sin lugar a duda, en una de las construcciones civiles más importantes del mundo y es una de las más altas. Esta torre de radiodifusión fue construida en la década del 70, y desde ese momento cambió para siempre el horizonte urbano de la ciudad, convirtiéndose en un verdadero símbolo torontés.

Una verdadera obra de ingeniería que puede soportar terremotos de 8,5 en la escala de Richter y que sorprendentemente se balancea por efecto del viento hasta poco más de un metro a la altura de su gran antena.

Todos estos datos fácticos eran repasados por mi cerebro, que ya tenía encendidas algunas luces de alarma al entender que un poquito había sobrado la situación.

Y comprendí la causa de la sonrisa de mi guía al darme cuenta que no había dejado de sostenerme o agarrarme fuertemente de uno de los gruesos cables de acero de la estructura sin prestar atención, mientras divagaba a sus señas para avanzar por la plataforma y salir de una buena vez por todas al aire libre.

Los primeros dos pasos me cuestan un Perú, el tercero es un como un calvario y al cuarto lo miro y con la vista le pregunto si estoy haciendo bien las cosas.

Se ríe. Como es muy educado y extremadamente profesional, nuevamente chequea todos los dispositivos de seguridad, pone su pulgar para arriba y agrega con su voz: "Una vez que te acostumbres no vas a querer bajar",

¿Será cierto?, me estoy preguntando, porque la verdad que me sigo cuestionando quién o qué me avivó para ponerme en esta situación.

Muy abajo se escucha el tenue rumor de la vida cotidiana de la ciudad y el viento silba sin parar y golpea los overalls que estamos vistiendo.

Se me viene a la mente la famosa foto de aquellos once atrevidos que desayunaron sentados alegremente sobre una viga suspendida a 260 metros de altura mientras construían la torre GE del Rockefeller Center. Me imagino la comparación con quien escribe estas líneas y comienzo a reírme nerviosamente.

Creo que mi guía malinterpreta mi risa por una falsa confianza de haber pasado el momento del shock a la altura y de ya estar habituado al entorno, y directamente, apoyando la planta de sus zapatos de seguridad sobre el filo de la cornisa, se sienta sobre su arnés y con un guiño de ojo me invita a hacer lo mismo.

Qué mañana larga me espera...

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