Qué culpa tenía Manuel Belgrano

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Manuel Belgrano
Manuel Belgrano Fuente: Archivo - Crédito: Iván Tiscornia
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21 de junio de 2018  • 22:38

Era uno de los días más esperados del calendario escolar de la escuela primaria porque seríamos protagonistas por una hora. Además de la jura a la Bandera, que en cuarto grado ("cuando ya no quedan dudas de que aprendieron a leer y a escribir", decía la directora de la escuela con tono solemne) asumía un carácter oficial, para el 20 de Junio se celebraba uno de los actos más emotivos. En la semana previa, habíamos competido con otros grados por diseñar la mejor bandera o la escarapela de papel crepé más gigantesca, que hubiera podido lucir con orgullo un dinosaurio; en las clases de música se había ensayado hasta la afonía el himno a la Bandera y en las lecciones las escenas bélicas de las guerras de la Independencia se habían suavizado con lecturas e imágenes de los materiales didácticos. Ese ritual se repetía cada año y al final se nos daba un pastelito y una taza de chocolate. Al día siguiente empezaba el invierno.

Muchos historiadores de la educación fueron críticos con esa "liturgia cívica" desarrollada en días que en el recuerdo son casi siempre soleados. Desde hace ochenta años se celebra el Día de la Bandera. Sin embargo en ese entonces la inculcación de nacionalidad sobre la base de repeticiones y fórmulas no nos parecía tan fastidiosa como cuando el abismo entre los ideales y la realidad se hicieron evidentes. ¿Pero qué culpa tenía Manuel Belgrano?

Aunque la mayoría de nosotros opinaba que había quedado en segundo lugar en el ranking de los héroes de la patria, detrás de José de San Martín, sentíamos mayor afinidad con Belgrano. Había sido derrotado en batallas y había padecido enfermedades, había comandado un éxodo de resultado incierto y, antes de morir, había destinado su fortuna para la creación de escuelas en la provincia de Tucumán. La suya era una mitología más terrenal que la de San Martín, al que siempre mirábamos desde abajo en alturas monumentales, para siempre en los Andes en el mármol de estatuas en plazas públicas de todos los pueblos y ciudades que conocíamos. Las colecciones de postales que atesorábamos servían como prueba.

Belgrano despertaba una empatía por alguna razón. En Las batallas secretas de Belgrano, la escritora María Esther de Miguel le da voz a Belgrano en sus últimos días de vida. El héroe convaleciente le habla a su médico sobre un río: "En los mapas el Paraná era un hilito azul y uno lo vio antes y pudo imaginar cómo vadearlo. Pero vaya usted a cruzarlo de veras, cuando ha crecido por razones estacionales que no estaba en uno prever y no hay medios materiales y las aguas están abundantes y embravecidas y el tiempo no acompaña y los momentos apremian, porque deben llevarse noticias de la revolución a esos confines que aguardan para ser sumados a la empresa americana gestada en Buenos Aires y en mayo por los patriotas".

En el siglo XXI, otra escritora argentina siguió la senda de la autora nacida en Entre Ríos en 1929 y que falleció hace ya quince años. Florencia Canale escribió varias novelas históricas; en 2013, publicó Amores prohibidos. Las relaciones secretas de Manuel Belgrano. "Difícil no quedar subyugada con la figura de Belgrano -dice Canale, que actualmente trabaja en una novela sobre Justo José de Urquiza-. Es muy conocido mi sí fácil ante nuestros héroes decimonónicos, pero mi respeto eterno con el creador de la bandera va mucho más allá. Si hablamos de amor, de cortejos y vaivenes con las mujeres, caemos rendidas a sus pies. Desembarcó en Buenos Aires con la idea de la educación para señoritas; instaba a sus amigos a que hablaran menos y escucharan más a las mujeres, que allí había mucho para aprender. Y fue el aguerrido revolucionario que, durante la Semana de Mayo, instó a tirar al virrey por la ventana del Cabildo si no se retiraba por las buenas; también le peleó el poder, a la distancia, al Triunvirato: le ordenaron que no arriara aquellos colores hostiles, pero el hombre elevó la celeste y blanca". Nadie nos había contado en los actos escolares que la desobediencia habitaba desde el origen en el símbolo patrio.

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