Paladar emotivo: de Inglaterra 66 a Brasil 2014 a través del vino

Una bodega abre su museo para degustar blancos y tintos elaborados en los años de los mundiales Fuente: LA NACION Crédito: Daniel Jayo
23 de junio de 2018  

"Con este nos cortaron las piernas", dice la sommelier Marcela Rienzo mientras me sirve una copa de Trapiche Medalla 1994, vino elaborado el mismo año en que Estados Unidos fue sede del Mundial de fútbol. Mundial cuyo recuerdo está inevitablemente atado a esa imagen repetida como loop eterno en las retinas de toda una generación en la que vemos en cámara lenta a la enfermera rubia vestida de blanco que, con la mirada gacha fija en el césped por el que camina, conduce de la mano a Maradona al control antidoping y a la Argentina a quedarse fuera de la Copa.

Con la copa de tinto en la mano tengo que hacer un esfuerzo para abstraerme de la imagen que vuelve una y otra vez como si hubiese sido yo quien iba de la mano al matadero. Por suerte, los fragantes aromas a cabernet sauvignon me rescatan de ese aciago 25 de junio de 1994 en que la Argentina venció 2 a 1 Nigeria para después irse a pique en octavos de final, y me traen de vuelta a La Cabrera, palermitana parrilla en la que se desarrolla un curioso evento de vinos y fútbol con el que la bodega Trapiche celebra el Día del Periodista.

La propuesta es probar los vinos de los mundiales, y con ese espíritu es que sobre una larga mesa están dispuestas botellas de Trapiche Manos 2014, Iscay 2010, Trapiche Gran Medalla Malbec 2006, Trapiche Medalla 2002, 1994 y 1990, y Fond de Cave Cabernet Sauvignon 1986, 1982 y 1978. Delante de cada grupo de botellas un cartel recuerda el logo del Mundial correspondiente (la Copa hecha de manos amarilla y verde de Brasil 2014, las caritas sonrientes de Alemania 2006, entre otras). Hay un hiato y una yapa en la línea de tiempo mundialista: víctima de El Niño, la lluviosa cosecha 1998 impidió que la bodega cuente con uvas de calidad como para elaborar vinos de alta gama en el año en que el Mundial se jugó en Francia, mientras que del lejano Inglaterra 1966 llegaron hasta aquí tres botellas de un riesling que, trasvasado a un coqueto decantador vertical, exhibe un maravilloso color entre naranja y cobre.

Pero ¿de dónde salieron estas joyas? "Estas botellas son parte del museo que armé cuando empecé a trabajar en Trapiche", cuenta Sergio Casé, enólogo de la bodega desde 2000, a cargo de la elaboración de las líneas de alta gama. "Fue por curiosidad que encontré dentro de piletones grandes montones de botellas viejas que habían estado guardadas sin que nadie les prestara atención hasta que llegó un enólogo con espíritu de Indiana Jones a investigar y a buscar tesoros. Degusté todas las cosechas y armé un museo", agrega y cuenta que de la mayoría de estas añadas hay, con suerte, unas 200 botellas en estiba, no más.

"Del riesling 1966 no llegan a 100 botellas, y del malbec 1944 tampoco", precisará más tarde Sergio. Pero todavía no llegamos a ese momento... ¡perdón por el spoiler! Cambiemos de tema.

Glorias del... vino

El evento es de vino, sí, pero también de fútbol y no solo por las botellas de los años de los mundiales que se encuentran sujetas a degustación, sino porque han sido invitados al convite dos glorias de la celeste y blanca: Ricardo Daniel Bertoni y Carlos "Chino" Tapia. Mezclados con los invitados, los exjugadores desgranan anécdotas de los años felices: el primero integró como delantero el seleccionado que se alzó con la Copa en el 78, mientras que el segundo estuvo en el mediocampo de la selección que salió campeona en México 86.

Palabras más, palabras menos, así es como los anfitriones presentan a los exfutbolistas. Esa introducción es necesaria ya que, como demostrará el desarrollo del evento, una buena parte de los invitados no tiene ni idea de quiénes son esas personas que concentran la atención de sus colegas de Política y de Economía. Nerds del vino, los periodistas del rubro gastronomía y bebidas están deslumbrados por las botellas abiertas, en buena medida porque son conscientes de que la probabilidad de probar un riesling argentino de 1966 es infinitamente menor que la de sacarse una selfie con Messi durante algunas de sus eventuales visitas a la Argentina.

Pero no solo eso. Los vinos que bien podrían haber sido víctimas del paso del tiempo están increíbles, y las caras de sorpresa que exhiben quienes copa en mano recorren la mesa de los mundiales invitan a no dejar pasar la oportunidad. En mi caso, aunque Rienzo y Casé me proponen empezar por 2014 y de ahí poner proa hacia mundiales anteriores, prefiero recorrer el camino en sentido inverso. Quiero empezar por el riesling del 66, sencillamente porque nunca probé un vino blanco argentino tan antiguo.

Me sirven una copa y... wooooow, los aromas ahumados, a petróleo y a flores secas están ahí en la copa, y no dejan lugar a dudas, ¡es un riesling! Saco cuentas: 52 años transcurridos y el vino es mucho más que una pieza de museo... ¡está vivo!

Las copas que siguen despiertan similares sensaciones. Algunos mejores, otros no tanto, los tintos van contando el paso de los años: "Estos vinos permiten apreciar la historia de la vitivinicultura de las últimas décadas, ver cómo eran los estilos de los vinos de hace 50, 40, 30 años y ver cómo se hacen ahora", comenta Casé. ¿Cambios? El más obvio son las variedades de uva que dominaban las góndolas argentinas en los 70, los 80 y los 90, de entre las que se destacaba en los tintos el cabernet sauvignon -aquí como varietal en los Fond de Cave o como principal integrante del corte en los Medalla-, cuando el malbec todavía no había dado la vuelta olímpica al mundo.

Camisetas y vinos de los mundiales Fuente: LA NACION Crédito: Daniel Jayo

Pero a medida que se suceden las copas y que avanzo de Mundial en Mundial, van apareciendo también mis recuerdos. Del 78 poco y nada, es cierto, no solo porque entonces yo tenía 5 años, sino porque me resulta muy difícil discernir entre lo que viví y el relato de la contienda que vi una y otra vez en la tele. De España 82 sí tengo recuerdos, y el que se destaca son los gritos de gol a garganta pelada de mi viejo y a mi vieja pidiéndole que no grite tanto. Del 86 la historia ya es la mía, y la portada de El Gráfico con Maradona con la copa asomándose por debajo de la puerta de casa la mañana siguiente a la victoria es un recuerdo imborrable (también me acuerdo de que mi perra en una tarde de aburrimiento hizo papelitos picados de toda mi colección de El Gráfico 86). Italia 90 lo viví con amigos en el bar San Cayetano, de Juramento y Cabildo, y la derrota en manos de Alemania la lloramos en el cruce de esas avenidas. Y después vino USA 94 y el "me cortaron las piernas"...

Lo que me saca de la nostalgia futbolera es ver a Sergio Casé en un extremo del salón acomodando sobre el mantel blanco de una mesa redonda un decantador, un sacacorchos de hojas (de esos que se usan para abrir corchos viejos en peligro de derrumbe) y una pequeña botella sin etiqueta de color verde clarito que en su interior contiene un vino tinto. ¿Y esto?

"Un malbec de 1944", responde Indiana Jones en voz lo suficientemente alta como para que los nerds del vino presentes en el salón se acerquen a la mesa, mientras la otra mitad del auditorio sigue embelesada escuchando anécdotas de Tapia y de Bertoni. El corcho sale entero y el tinto, previo paso por el decantador, llega a mi copa. Entonces me pregunto qué Mundial se jugó en el 44, y me respondo que ninguno, por la guerra. ¡Pero qué me importa el fútbol con este malbec en la copa!

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