Pixar y la reinvención del cine familiar

Pablo Plotkin
Pablo Plotkin PARA LA NACION
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23 de junio de 2018  • 00:08

En 2004, el estrenó de Los Increíbles coincidió con el fin del primer período de Pixar. En la década que siguió al estreno de Toy Story (1995), la compañía de Apple había reinventado el cine familiar. No solo por sus técnicas revolucionarias de animación, sino por el modo en que redefinió la narrativa del género: los héroes de Pixar eran criaturas llenas de debilidades, que se lanzaban a la aventura para redimirse de una decisión moral casi siempre cuestionable. En Toy Story, Woody se deja llevar por la vanidad y la ira que le genera la aparición de un juguete nuevo. En Buscando a Nemo, un padre sobreprotector provoca el acto de rebeldía que empuja a su hijo al borde de la muerte. En Los Increíbles, Bob Parr (Mr. Increíble) atraviesa una típica crisis de mediana edad: atorado en un empleo asfixiante, despunta el vicio del superhéroe de espaldas a su mujer, y su narcisismo termina poniendo en peligro a toda la familia.

Pixar tenía por entonces autonomía creativa y delegaba la distribución y el marketing en Disney. En 2004, por un conflicto entre empresas, la sociedad se rompió y Pixar redefinió sus objetivos. En ese limbo de dos años se originaron tres proyectos de una ambición artística extraordinaria: Ratatouille, Wall-E y Up. Los protagonistas ahora podían ser ratas francesas, robots apocalípticos o incluso ancianos (cosa inédita para la animación mainstream), y detrás de las aventuras se trataban temas como la soledad, la imposibilidad de tener hijos o el desastre ambiental.

Sin embargo, en 2006 Pixar fue adquirida por Disney y el estudio se orientó a la producción de secuelas (Cars, Monsters, la extraordinaria Toy Story 3) y películas muy buenas pero algo formulistas -Valiente, Un gran dinosaurio, Coco-, más allá de Intensa-mente, que volvió a empujar los límites conceptuales del género. En medio de esa meseta virtuosa, aparece Los Increíbles 2 para retomar la historia en el minuto exacto en que nos dejó la primera.

El tiempo no pasó para los Parr, pero sí para nosotros. En 2004, vimos Los Increíbles en una salida de novios, porque Pixar había hecho que los adolescentes y adultos jóvenes volvieran a ver dibujitos. Un par de años después nació nuestra primera hija y la película -primero en DVD, más tarde en streaming- se convirtió en un clásico familiar. Nacido en los 50, Brad Bird había remezclado ahí el imaginario de Marvel con el retrofuturismo de Los Vengadores y Los Supersónicos, un combo de acción y nostalgia estética de posguerra que se replica en la secuela. Los Increíbles 2 es una película muy disfrutable, aun cuando su mirada sobre la familia, derivada del consabido disparador padre-torpe-debe-ocuparse-de-tareas-domésticas-por-ausencia-de-madre, parezca del siglo pasado. Como escribió Tasha Robinson en The Verge, "es raro estar viendo, en 2018, a un padre de tres que tiene que aprender a lidiar con tareas parentales básicas como hablar con sus hijos sobre sus problemas". Puede que los Parr ya no sean el espejo del mundo en que vivimos, y puede que no siempre tomen las mejores decisiones, pero son nuestra familia, y nos alegra mucho volver a verlos.

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