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Ensayo y error

La figura y la producción de Borges, hoy canonizadas, suscitaron, en los comienzos de la trayectoria del escritor y hasta bien avanzada su madurez, críticas feroces. La derecha nacionalista, la izquierda de todos los matices, ciertos sectores católicos y cenáculos literarios calificaron sus obras de cipayas, débiles, carentes de vida o escépticas. En Antiborges (Editorial Vergara), Martín Lafforgue compiló diversos textos representativos de aquellos grupos enemigos de la estética borgeana. Esas opiniones, en algunos casos, se vuelven ahora virulentamente contra quienes las sostuvieron, como comenta Guillermo Saavedra.
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18 de agosto de 1999  

HACE tiempo que la obra de Borges ocupa el centro de la literatura argentina y su figura compite en popularidad con ídolos de la música o el deporte. Esta afirmación hoy es una obviedad pero, durante décadas, la indudable, insular excelencia de esa obra no bastó para garantizarle tal consenso. Mensurar la distancia entre la grandeza literaria de Borges y la polémica recepción de la que fue objeto en la Argentina durante años sería uno de los modos posibles de reconstruir un drama más vasto: el de la vida política y cultural de una sociedad marcada por la violencia, la intolerancia y la injusticia. En ese escenario, Borges no ha sido tanto una víctima paciente como uno de los protagonistas de la acción. La inminencia del centenario de su nacimiento -la redondez perfectamente vacía de toda efeméride- podría ser una buena excusa para volver a él. No a través de un rosario de elogios que inevitablemente ya le pertenecen sino para interrogar su obra y recuperar el contexto inequívocamente argentino donde el escritor la consumó.

Antiborges , el volumen compilado por Martín Lafforgue, parece apuntar en esa saludable dirección. No pretende agraviar una memoria ni socavar un prestigio. Sí desviarse de un repertorio de celebraciones que, aun sin desearlo, no hacen más que sellar, como si fuese un misterio de la fe, una obra literaria cada vez más consagrada y menos leída. Desde esta perspectiva, resulta comprensible que Lafforgue haya preferido los trabajos que, a lo largo de setenta años (1926-1996), se han enfrentado explícitamente a la inasible poética borgeana o a las muchas veces polémicas actitudes y declaraciones políticas del escritor. Más allá de la calidad de cada una de esas críticas, su lectura facilita esa distancia que permitiría, se sospecha, volver a leer a Borges como un escritor actual, polémico, felizmente discutible. Inevitablemente incompleta y subjetiva, esta antología de cuestionamientos a la obra y la persona de Borges no aspira a agotar el asunto y tiene el mérito de rescatar algunos trabajos nunca antes recogidos en libro, otros olvidados o inhallables y algunos insoslayables por la identidad de sus autores o la consistencia de sus argumentos.

El libro está dividido en capítulos ordenados según un criterio que Lafforgue define como "cronológico-generacional y político-ideológico". El primero incluye cuatro trabajos bastante breves. Una semblanza, amable e irónica a la vez, del joven Raúl Scalabrini Ortiz publicada en 1926, donde éste destaca el carácter antinómico de Borges ("la minuciosa precisión de su razonamiento y la invariable candidez de su sensibilidad, su espíritu andariego y su avidez de erudición"). Scalabrini Ortiz toma cierta distancia de la poesía pero celebra francamente la prosa borgeana. Una durísima intervención de Anderson Imbert en una encuesta sobre Borges publicada en 1933 por la revista Megáfono . Aunque años más tarde se arrepentiría, Anderson Imbert anticipa allí los argumentos que, desde diversas posiciones y en diferentes momentos, serán una constante de la crítica a Borges: falta de vida en sus escritos, fragmentarismo, pseudoerudición literaria y filosófica, antiargentinidad. El mismo año, y a raíz de la mencionada encuesta, el crítico Ramón Doll afirma en la revista Letras que la celebración de un escritor como Borges es un síntoma de la crisis de inteligencia que vive el país. Su prosa, dice Doll, es "antiargentina"; su expresión, "frígida"; su tono, impostado como el de "un español del siglo XVI que tratara de imitar a un compadrón porteño de 1900". El capítulo se cierra con la justificación, publicada por la revista Nosotros , del fallo del Premio Nacional de Literatura de 1942, que ha ignorado a Borges: la literatura de Borges es "deshumanizada, de alambique; más aún de oscuro y arbitrario juego cerebral, que ni siquiera puede compararse con el ajedrez [...]".

El segundo capítulo incluye extensos tramos del libro Borges y la nueva generación , que el entonces muy joven crítico Adolfo Prieto publicó en 1954, y la defensa que David Viñas hizo de ese texto. Esos fragmentos resumen la posición de quienes integraron el grupo de la revista Contorno respecto de Borges y el campo intelectual argentino. Desde una perspectiva explícitamente existencialista y marxista, Prieto reconoce en Borges al escritor argentino más importante de ese momento pero también al autor de una obra carente de importancia. El vanguardismo martinfierrista de Borges -opina Prieto- fue su modo de enfrentarse a la última generación liberal pero esos juegos han perdido su gracia y toda la obra borgeana le parece un lujo excesivo, como "un traje costoso hecho para una sola ocasión". Lo compara desfavorablemente con Mallea, Martínez Estrada y Marechal, cuyas obras han calado mucho más en la realidad. Y le reprocha, apoyándose en Hegel, preferir el juego al trabajo, negarse a ser sujeto histórico. El breve comentario de Viñas ensaya la defensa de la actitud de Prieto antes que la de sus argumentos.

El capítulo tercero transcribe una discusión entre los críticos uruguayos Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama y Carlos Real de Azúa, a partir de la confrontación paradigmática de Borges y Neruda, aparecida en la Revista Nacional de Montevideo, en 1959. Más allá de la falta de precisión de toda charla, es uno de los momentos más inteligentes del libro y ciertamente revelador acerca del arte de la tolerancia, tan poco practicado en esta orilla del río inmóvil. Sin tomar necesariamente partido por Neruda y admitiendo la grandeza de ambos autores, Rama y Real de Azúa tienden a subrayar supuestas debilidades de la obra de Borges, que encuentra en Monegal a su más refinado defensor.

El capítulo cuarto recoge las posiciones de quienes han criticado a Borges desde el llamado nacionalismo popular -Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche y Liborio Justo- y una pieza de rara ironía, del polémico escritor y sacerdote Leonardo Castellani. Los trabajos, por momentos feroces, de Ramos (1954) y Hernández Arregui (1957) se concentran en el Martín Fierro de Borges. El primero lo acusa de irresponsabilidad intelectual, de no tolerar lo argentino, despreciar a los humildes en defensa de su clase y del imperialismo británico, y de carecer, en su literatura, del "soplo elemental de la vida". Hernández Arregui ratifica los cargos de Ramos contra Borges y desarrolla el análisis de lo que considera "la técnica de una malversación literaria" perpetrada por Borges para defender los intereses oligárquicos y despojar de significación histórica y social al poema de José Hernández. En una suerte de parábola publicada en el semanario uruguayo Marcha en 1975, Jauretche contrapone la historia de su abuelo materno, cautivo de los indios durante su infancia, con "La historia del guerrero y la cautiva", cargada, según se sabe, de episodios de la familia del propio Borges. E insinúa, a partir de esos linajes, una explicación de los diversos caminos ideológicos que, desde la década del 30, tomaron Borges y el propio Jauretche. Poco puede decirse del ya entonces anacrónico y esquemático trabajo de Liborio Justo (1978), donde se afirma, entre otras cosas, que la obra de Borges es una de las "expresiones literarias en las que no existe el menor rastro de vida, de esas baratijas metafísicas en las que se refugia la burguesía en descomposición y fomenta el imperialismo como suprema manifestación de arte para apartar a los pueblos sometidos y explotados de cualquier indicio que pueda hacerles ver su realidad". Leonardo Castellani se confronta con Borges y, luego de ponderar con maliciosa condescendencia la obra de éste, celebra su carácter moderadamente herético -"hay que darle trabajo al canónigo teologal", dice- y termina por postular que la de Borges es una obra poblada de sombras teológicas.

El quinto capítulo lo constituye la transcripción íntegra del libro de Blas Matamoro Borges o el juego trascendente que, con prólogo de Juan José Sebreli, apareció originalmente en 1969. Apoyado en un fuerte arsenal teórico -especialmente, el marxismo frankfurtiano de Marcuse pero también el psicoanálisis y algunas flexiones del existencialismo-, Matamoro refuta enfáticamente la idea de discernir entre la obra de Borges y sus posiciones políticas. Luego de señalar el fondo irracionalista de sus concepciones filosóficas y su negación spengleriana del sentido de la historia, y tras enumerar los que considera rasgos característicos de su condición de intelectual "cipayo", Matamoro concluye: "... no puede ser sino humillante para los argentinos que un escritor como Borges sea tomado como el paradigma intelectual argentino en el exterior".

El último capítulo se abre con un extenso artículo escrito por Pedro Orgambide en 1977, durante su exilio mexicano. El texto está clara y honestamente transido por el dolor y la indignación que le ha causado el apoyo explícito de Borges a la última dictadura militar argentina. Respetuoso de la obra borgeana, Orgambide repasa minuciosamente la vida del escritor, que analiza como un progresivo y sistemático desprecio por las masas, la causa de los más humildes y, en particular, el fenómeno peronista. Si hasta 1976 la alta calidad de su literatura permitía soslayar en parte sus posiciones reaccionarias, dice Orgambide, el apoyo a la Junta Militar impide tomárselo a broma y exigirá de Borges una explicación y una disculpa ante el pueblo argentino. Ya es célebre la pública disculpa del escritor. Y de ella da cuenta, de modo conmovedor, el artículo publicado por el poeta Juan Gelman en Página/12 en 1993 e incluido a continuación en este capítulo. El libro cierra con el ensayo de Juan José Sebreli "Borges: el nihilismo débil". Luego de describir el modo inesperado en que Borges alcanza, a fines de los años 50, celebridad internacional, Sebreli afirma que "algunas críticas que le hacíamos [se refiere en especial a los jóvenes de Contorno ] siguen vigentes dadas sus numerosas limitaciones o, para usar un término borgeano, sus imposibilidades, como hombre y como escritor". Pasa a describirlas, sin soslayar por ello virtudes, rasgos controversiales y la condición "inasimilable" del pensamiento borgeano. El fundamento filosófico que subyacería a ese enigma bello, resbaloso e incómodo que aún hoy sigue siendo la obra de Borges sería, para Sebreli, una forma atenuada del nihilismo que corre el riesgo de anularse a sí mismo, a menos que apele al recurso de la ironía. Publicado en 1996, a diez años de la muerte de Borges y con la suficiente distancia de tantos prejuicios, el de Sebreli es quizás el único texto del libro no crispado por la necesidad imperiosa y binaria de colocarse a favor o en contra de Borges.

Para acercarse a la mayoría de estos trabajos, hay que dejar a un lado la ironía de la historia, la fácil ventaja de leerlos desde una posteridad signada ya por la consagración definitiva de Borges, y hacer el esfuerzo de pensarlos en la situación histórica en que fueron escritos. A ello colaboran las breves pero bastante precisas introducciones a cada capítulo, preparadas por el compilador. Así y todo, es difícil no compadecerse o indignarse, en algunos casos, ante la evidente inferioridad o la obcecada estrechez estética o ideológica de algunos contendientes. Aquí el ejercicio que se impone -por honestidad o por necesidad de comprensión- es el de involucrarse con un argumento borgeano: un hombre es de algún modo todos los hombres y, en consecuencia, su grandeza o su miseria nos compromete a todos.

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