Nigeria, un equipo indescifrable: virtudes y torpezas del rival de la selección argentina

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
El festejo nigeriano en Volgogrado
El festejo nigeriano en Volgogrado Fuente: Reuters
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22 de junio de 2018  • 23:59

Volgogrado fue entre 1925 y 1961 la célebre Stalingrado. Una ciudad con un millón de habitantes que forma parte de los manuales de historia y que desde hoy también tendrá un recuerdo en nuestra memoria mundialista. Stalingrado fue el escenario de la sangrienta batalla de la Segunda Guerra Mundial que marcó el comienzo del fin de la locura de Hitler y el Ejército Nazi. A los pies de la colina de Mamáyev Kurgan, en donde se produjeron los combates más sangrientos se eleva, imponente, el Volgogrado Arena. Allí en donde la muerte dejó su sello indeleble, allí en donde luce la estatua de "La Madre Patria" con sus ochenta y cinco metros de altura, allí la selección argentina recuperó su vida futbolística.

El estado de ánimo del día nueve de la Copa del Mundo es todo un dato emblemático. La ilusión, la esperanza y la sensación de que hay una chance más, es palpable y no llega a partir de una actuación argentina.

Un viejo conocido, como esos familiares a los que uno visita cada tanto, cuatro años para ser más precisos, arribó al encuentro de los de Sampaoli para sacarlos del fondo del mar y entregarles un salvavidas. Como a lo largo de los últimos seis mundiales, otra vez Nigeria se presenta en el camino pero antes devuelve al ring a un boxeador que estaba groggy, flameando ante la menor brisa y al que ya le habían contado hasta ocho en el preludio del nocaut. Los africanos tendieron una mano a los argentinos, plantándolos en el centro del ring para definir cara a cara su destino mundialista.

Nigeria es un equipo indescifrable. Capaz de someterse al rigor físico de los islandeses, como ocurrió en un primer tiempo en donde solo la estrella nórdica Gilfy Sigurdsson aportó algo de genio entre tanto músculo, o de entregar un complemento casi perfecto con John Obi Mikel como amo y señor de la mitad de la cancha para circular la bola y mover a placer a todo su equipo. Bien dispuestos para el esfuerzo, atléticos para los desplazamientos e inspirados en ataque, los africanos ganaron un partido clave, festejado por sus hinchas en el estadio, en Bronnitsy donde late el corazón del plantel argentino y en todo un país que con una audiencia de más de treinta puntos de rating, hizo del trabajo de este periodista en su faz televisiva un escenario de prime time en el insólito horario del mediodía de un viernes. Cosas extraordinarias de esas que solo pasan en un mundial.

Era el partido de la fe, o el partido del rezo. O si preferían algunos que por estos días hacen de la carnicería y de la destrucción su modus operandi de ejercer el periodismo, era el partido del morbo. El golpe de gracia que venía a lapidar a un equipo argentino que recibe ayudas externas pero que hasta aquí, poco y nada se ha ayudado a sí mismo. Musa inspirado y goleador, Moses veloz y punzante, el mencionado Mikel con el GPS del partido en su cabeza y el resto aportando lo suyo, consumaron una victoria tan lógica como imprevisible. Es que en el combo nigeriano entra todo. El fútbol atrevido y veloz y la torpeza para regalar un penal que pudo ponerle suspenso al pleito cuando Islandia, entregado y sin plan alternativo para romper su esquema robótico, ya plantaba la bandera blanca de rendición.

Ahora es tiempo de análisis. De tomar buenas decisiones, con coraje pero sin locuras. De evitar la improvisación y apelar al método. Los mundiales no son un tubo de ensayo y el seleccionado no es un espacio en donde el impulso y la intuición puedan doblegar a lo conocido y verificado. Es imprescindible la aparición de un liderazgo. Afuera del campo debe aportar lucidez, alejándose de la crispación y tocando las teclas correctas. Adentro, asumiendo responsabilidades y evitando el desorden, el descontrol y la fragilidad anímica que domina al equipo ante la primera adversidad

Si se puede evitar no es accidente. Tenían el juguete en sus manos y estuvieron a punto de romperlo en mil pedazos. Apareció una hendija de luz al final del túnel, sería un pecado no aprovecharla y descubrir el final del camino.

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