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Soberbia expresión literaria

EL COLOR DEL VERANO Por Reinaldo Arenas (Tusquets)-465 páginas-($ 25)
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21 de julio de 1999  

EN su autobiografía póstuma, Antes que anochezca (Tusquets, 1992), Reinaldo Arenas mencionaba la novela El color del verano . Enfermo de sida, dedicó sus últimos tres años a escribir ambos libros y a revisar la novela El asalto , aún inédita. Hecho esto, a fines de 1990, apuró su muerte. Había nacido en el interior de Cuba en 1943. En 1969, su segunda novela, El mundo alucinante , se publicó en el exterior con buen recibimiento. Eso signó su truculenta relación con el régimen, cárcel incluida. A diferencia de otros escritores de su generación que padecieron un acoso similar, Arenas mantuvo e inclusive tensó la virulencia de su pluma. Y siguió haciéndolo después que, en 1980, se exilió en los Estados Unidos.

De la afirmación de su libertad para pensar y para vivir, aun a riesgo de ir a dar a la cárcel o al ataúd, había hecho una estética. Según sostiene en su autobiografía, la dictadura del dinero capitalista, a diferencia de la otra, al menos le permitía gritar si lo apaleaban. Ese grito, aquella libertad, alcanzan una soberbia expresión literaria en El color del verano .

Por una arbitraria matemática del poder, Fifo, tirano de Cuba, celebra en 1999 el cincuentenario de su gobierno, iniciado cuarenta años antes, con una gran fiesta que desembocará en carnaval. Asisten invitados locales, exiliados y extranjeros, incluso algunos resucitados para la ocasión. Entre ellos "la Avellaneda", poetisa del siglo XIX que, en medio de la fiesta, escapa en lancha hacia la Florida. Con esa larga escena farsesca en verso rimado se abre la novela. De allí en más, la fiesta es un eterno presente en torno al cual giran breves episodios como si sucedieran simultáneamente.

Un sarcasmo corrosivo toma como blanco a numerosas personalidades literarias, extraídas de la realidad y apenas ocultas tras nombres ficticios. Entre ellas: Manuel Gracia Markoff o la Marquesa de Macondo ("el ser más envilecido de la tierra"), Zebro Sardoya o la Chelo (S. Sarduy, "impostor, agente de Fifo"), Cynthio Metier (Cintio Vitier). También "la Jibaroinglesa", nativo de Gibara y residente en Londres (Cabrera Infante,"mediocre, vanidoso", aunque no es poco lo que El color del verano le debe a Tres tristes tigres ). Con sus propios nombres aparecen los escritores más respetados: Martí (con quien Arenas, vanidoso, se identifica), Lezama Lima, Virgilio Piñera.

Sobre la autobiografía de Arenas, Cabrera Infante había observado: "Su pansexualismo es, siempre, homosexual". En El color del verano todo varón es homosexual, practicante o "tapado". No se salvan, literalmente, ni el Papa ni Cristo. Tampoco Fifo.

Entre los breves episodios, un narrador con tres nombres se escribe cartas desoladas desde el futuro. Los manuscritos de la novela que tiene en proceso, como le sucedió al propio Arenas con una de las suyas ( Otra vez el mar ), se pierden una y otra vez, y la historia vuelve a empezar. Entretanto, los habitantes de la isla, agotados por la situación en que viven, van royéndole la plataforma marina. Al final lograrán despegarla y la isla, convertida en una inmensa balsa, navegará a la deriva.

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