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Proust según Roland Barthes

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28 de julio de 1999  

HACE unos años, estaba en París y escuché por radio un comentario (pude grabarlo) de Roland Barthes sobre Marcel Proust. Habían invitado a Barthes para que recorriera los lugares en los que Proust había vivido algunos de los momentos importantes de su existencia, y para que hablara sobre ellos y sobre los personajes reales que habían inspirado el mundo decadente, cruel y poético de En busca del tiempo perdido .

Aunque Barthes escribió poco sobre Proust (tan sólo dos artículos), era el hombre indicado para referirse a Marcel, porque existía entre ambos un parentesco espiritual.

Cuando le propusieron aquella evocación, que era al mismo tiempo un tour , Barthes dijo: "Tengo una cuenta que saldar con Proust. Su obra es muy importante para mí. Lo leí y releí, y lo sigo haciendo aún ahora. Nuestra vida se refleja a cada instante en A la Recherche.. . Muchas de las cosas que nos suceden han sido descriptas y analizadas proféticamente en las páginas de Proust. Marcel fue una especie de intérprete de los sentimientos de cierta clase de seres humanos. Analiza con tal claridad reflexiones, emociones, episodios vividos por su narrador, que parece haber encontrado milagrosamente las palabras buscadas sin éxito por nosotros, los lectores, para expresar situaciones asombrosamente semejantes".

Barthes explicó en esa entrevista por qué le había dedicado tan sólo dos notas a Proust: "Su obra es tan polivalente, se ramifica en tantas direcciones que, cuando me acerco a ella como crítico, me invade una gran modestia y un gran temor. Me parece imposible abordar ese monumento literario. De todos modos, quiero resaltar en Proust un profundo sentido de fraternidad, además de una delicadeza y de una ternura que provienen de un hombre de una gran bondad. Por cierto, sabemos que tenía rasgos de maldad, pero ¿quién no los tiene?".

Se ha dicho que en la obra de Proust hay tres tipos de mujeres: las muchachas, las mujeres de mundo y las cortesanas. Según Barthes, existe, sin embargo, una mujer que se halla más allá de todas las clasificaciones, de todos los tipos, la madre, que tiene un papel preponderante en la novela proustiana. Se trata de una figura insustituible. Las otras mujeres, en cambio, son "mediadoras" entre el narrador y el mundo. Son ellas las que lo inician en la trama sutil de la estética mundana.

Las muchachas son más difíciles de analizar para el lector. Algunas pueden haber sido trasposiciones literarias de muchachos con los que Proust tuvo algún tipo de relación. Barthes subrayaba que se debía ser muy prudente con esta clase de conjeturas porque sobre la vida sexual de Marcel hay pocos datos ciertos.

Durante la entrevista radial que le hicieron a Barthes, lo llevaron no sólo a los sitios de peregrinaje proustiano, sino también a las instituciones que conservaban reliquias del gran escritor. En busca de recuerdos, Barthes visitó, por ejemplo, la Biblioteca Nacional, donde le mostraron manuscritos de Marcel. Examinó entonces algunos de los famosos carnets , los de la época en que Proust tenía algo más de 17 años. Marcel los llevaba en su bolsillo para anotar en esas páginas cualquier detalle que le pudiera servir más tarde como inspiración de un escrito más importante. Ya en esa período aparecen esbozados algunos personajes de En busca...

También le mostraron a Barthes la correspondencia de Proust, en la que éste cuidaba su caligrafía un poco más que en los textos de los carnets . De todos modos, en ambos tipos de manuscritos, se advierte que Marcel escribía muy rápido. Barthes estableció una estrecha relación entre esa escritura apresurada y la velocidad con que las palabras se agolpaban en el espíritu del joven escritor.

La letra ilegible de Proust era una tortura para sus amigos y conocidos. Marcel no ignoraba ese hecho, pero le resultaba imposible hacer inteligibles sus garabatos. En una carta al conde Robert de Montesquiou, le dice: "Disculpe mi letra, mi estilo, mi ortografía, no me animo a releerme cuando escribo al galope. Sé que no tendría que hacerlo pero tengo tanto que decir que las frases se me ocurren como chorros".

Barthes comentó sobre esa manera de escribir: "Se podría, en efecto, definir la escritura de Proust como hecha, surgida, al galope. Un galope que responde a una gran rapidez mental y de creación".

Algunos de los lugares más destacados en la obra de Proust son los Champs Elysées, el Bois de Boulogne y las Buttes-Chaumont. Hoy, los paseantes pueden encontrar una calle, casi un sendero, llamado "Marcel Proust", en los Champs Elysées, donde, en la ficción, el narrador juega con la pequeña Gilberte, perdidamente enamorado de ella. "Es natural que se le haya rendido ese homenaje a Marcel en los Champs Elysées, porque hay pocos lugares tan proustianos como ése", afirmaba Barthes en su peregrinaje radial.

El ilustre comentarista señalaba que cada uno de los jardines mencionados (los de los Champs Elysées, los del Bois de Boulogne, los de las Buttes-Chaumont) está relacionado con una mujer. Los Champs Elysées, con Gilberte, que representa el amor adolescente; el Bois de Boulogne está ligado a la figura de Odette Swann; y las Buttes-Chaumont, a la figura de Albertine y los celos del narrador. Cuando Proust era un niño, vivía en el Boulevard Malesherbes e iba con su niñera a los Champs Elysées a tomar aire y a jugar. Un poco más tarde, a los 14 años, jugaba allí con sus amigos del Liceo Condorcet. Mientras estaban en esos espacios abiertos, se les unían las jovencitas del Faubourg Saint-Germain. Entre ellas, había una, Marie Bernardaky, que serviría de modelo para el personaje de Gilberte.

En esos caminos bordeados de árboles, decía Barthes, había un quiosco en el que una mujer vendía dulces y juguetes. Se estableció una gran familiaridad entre la vendedora y el joven Proust. En A la recherche... , Swann va a ese quiosco a comprar pain d´épice . A esa vendedora, el joven narrador, en otro pasaje de la novela, le confía una carta para Gilberte.

Minuciosamente, Barthes siguió recorriendo en la entrevista aquellos lugares que se convirtieron en hitos para los fervorosos proustianos. En la Avenue Gabriel, que se halla en la vecindad de los Champs Elysées, el adolescente Marcel esperaba diariamente a la condesa de Chevigné que, en la novela, se transformaría en la bella y altiva duquesa de Guermantes. El joven Marcel estaba platónicamente enamorado de la condesa, una de las mujeres más elegantes y aristocráticas del Faubourg Saint-Germain. Por fin, Proust tuvo la audacia de abordarla. Ella tomó muy mal esa imprudencia. Ignoraba que ese muchacho impulsivo habría de convertirla en una figura inmortal en las páginas del libro más importante del siglo XX.

Por todas esas experiencias, los Champs Elysées fueron, dice Barthes, un sector de París que evocaba situaciones muy dolorosas para Proust. Allí sus esperanzas de un amor dichoso recibieron por primera vez una desmentida. Allí, Marie Bernardaky, la joven que inspiró el personaje de Gilberte, lo rechazó; así como Gilberte rechazó al narrador.

Había un aspecto de la obra de Proust que intrigaba profundamente a Barthes y sobre el que se extendió en la entrevista que tuve la suerte de escuchar. Proust escribió y reescribió, durante muchos años, fragmentos correspondientes a situaciones vividas que habrían de pasar con variaciones y, a veces, en bloque, a la Recherche . Sin embargo, no lograba darles unidad. Era como si esos momentos de vida traspuestos literariamente se resistieran a amalgamarse. Pero de repente, en dos meses, entre agosto y septiembre de 1909, sucedió algo misterioso. Todos esos recuerdos dispersos de una existencia que parecía inútil empezaron a tomar forma, a ligarse los unos a los otros, a cobrar un sentido deslumbrante. Proust se encerró entonces y comenzó a escribir "al galope". Barthes se sentía atraído por ese misterio subyugante de la creación. Y cuando le propusieron, en aquel reportaje, visitar los lugares "sagrados" proustianos, aceptó, con la esperanza de que durante ese paseo comprendería cuál era la chispa que había encendido el fuego maravilloso de la obra proustiana, un fuego que anima desde hace más de ochenta años el corazón de millones de lectores en todo el mundo.

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