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La Argentina, mercado emergente

Si bien la recategorización es una ayuda, la recuperación de la confianza que disipe todo riesgo seguirá necesitando correcciones y reformas estructurales
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25 de junio de 2018  

Después de nueve años de estar ubicada como economía de frontera, la Argentina recuperó la categoría de mercado emergente en el índice del calificador estadounidense MSCI. Esta entidad, que es hoy independiente, pertenecía hasta 2007 a Morgan Stanley, uno de los principales bancos de inversión internacionales. La importancia del ascenso en esa escala se debe a que este índice es considerado y respetado por los fondos de inversión que tienen vedado en sus reglamentos incorporar a su cartera acciones de países que no alcancen en esa escala la categoría de emergentes. Esta disposición se refiere a acciones que coticen en mercados internacionales y no alcanza a aquellas que solo se negocien en los domésticos. La recalificación, aunque ya decidida, tendrá efectividad en junio de 2019, siempre que no se retorne a controles cambiarios u otras medidas descalificantes.

Gran parte de las empresas importantes de nuestro país han logrado abrir su capital en los mercados internacionales, particularmente en la bolsa de Nueva York. Lo hacen mediante los denominados ADR (American Depositary Receipt). De ahora en más, la oportunidad de encontrar un mercado ampliado para nuevas emisiones se impulsará sensiblemente con esta nueva calificación. En el mundo se viene observando una clara tendencia a canalizar los ahorros a través de fondos con carteras diversificadas y administraciones profesionales. La globalización ha extendido los límites de estos canales hacia los que confluyen capitales a través de las fronteras políticas, que hoy la tecnología tiende a borrar. Por otro lado, los fondos de pensión o jubilaciones han crecido rápidamente, convirtiéndose en clientes para otros fondos o en inversores directos en acciones y títulos. Es tal la magnitud de las cifras que se operan internacionalmente que un mínimo porcentaje colocado en valores de una economía como la argentina resultará muy relevante para nuestro tamaño. Analistas internacionales han estimado que las empresas de nuestro país podrían captar inicialmente inversiones de entre 3500 y 4000 millones de dólares.

La recategorización de la Argentina nos ubica junto a las otras economías principales de la región, como Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Yendo a otros continentes encontramos a China, la India, Indonesia, Sudáfrica, Grecia y Rusia. Hemos dejado atrás la compañía de Marruecos, Nigeria, Túnez, Serbia, Kenia y otras economías de frontera. Habíamos pasado a pertenecer a este grupo en 2009, cuando perdimos el carácter de emergentes como consecuencia de la introducción de regulaciones al movimiento de capitales. Fueron los prolegómenos del cepo cambiario.

El ascenso a la calificación de economía emergente debe relacionarse con los progresos de carácter institucional logrados en la gestión de Mauricio Macri. El mundo ha juzgado positivamente el desplazamiento mediante elecciones democráticas de un gobierno populista, corrupto y fuertemente intervencionista. Se disipó de esa forma la posibilidad de otro régimen similar al venezolano, autodenominado socialismo del siglo XXI. La superación del default, la eliminación del cepo cambiario y el respeto a la propiedad han sido valorados y sin duda han estado presentes en el mérito asignado a la Argentina y su actual gobierno. Puede decirse que estas mismas razones impulsaron el acuerdo logrado rápidamente con el Fondo Monetario Internacional. En pocos días se negoció un crédito stand-by por una suma que es la mayor que haya otorgado la entidad y que supera por varias veces la cuota de la Argentina. El directorio del FMI lo aprobó rápidamente con el voto positivo de los Estados Unidos y del resto de las naciones allí representadas.

Este cambio de categoría permite una mayor dosis de esperanza de lograr inversiones y confianza que contribuyan a un encaminamiento de la economía. Pero que no se interprete que con esto y con el acuerdo con el FMI el problema está resuelto. La recuperación de la confianza que disipe todo riesgo de recaer en nuevas corridas cambiarias seguirá necesitando correcciones y reformas estructurales. El equilibrio fiscal sostenible exige disminuir genuinamente el gasto público, racionalizando la burocracia estatal y reduciendo los subsidios distorsivos o socialmente innecesarios. El objetivo será no solo salir del déficit, sino además disminuir la absurdamente elevada presión impositiva. Deberá realizarse una reforma laboral que disminuya los sobrecostos y el riesgo de crear nuevo empleo y que permita mejorar la productividad y la capacidad exportadora. Podríamos afirmar que si estas reformas y otras fueran llevadas a cabo el pasaje a una aún más alta categoría se dará naturalmente y tal vez hasta ya no será noticia.

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