El paro, ¿una válvula de escape o solo el comienzo?

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
Hugo Moyano
Hugo Moyano Crédito: Alfredo Sabat
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25 de junio de 2018  

Los líderes de la CGT apuestan sobre seguro. Arriesgar capital no es lo suyo. Desde el día en que lanzaron el paro general que se concreta hoy sabían que estaban dadas todas las condiciones para que sus pronósticos sobre la masividad del acatamiento se cumplieran ampliamente. No solo por el seguro de inmovilización que ofrece la adhesión de los gremios del transporte. El "éxito" de la tercera huelga cegetista de la presidencia de Macri no sorprenderá a nadie. Lo curioso será, sin embargo, que no incomodará siquiera a los principales destinatarios de la protesta: Gobierno y empresarios. Hasta podría decirse que en la Casa Rosada y en el Ministerio de Trabajo la miran con simpatía. Ni hablar de los sectores más opositores al macrismo.

Con la paralización casi total prevista fuera de discusión, la discrepancia se da tanto sobre las causas como respecto de los efectos y sus significados. La discusión de fondo es si con este paro comienza una escalada de protestas sindicales y sociales o si se trata solo de una válvula de escape.

Cualquiera podrá imaginar que el Gobierno se inclina por la hipótesis de que el paro sin movilización es la mejor forma que encontraron los sindicalistas más moderados para sacarse de encima la presión de sus pares, de las organizaciones sociales, de las agrupaciones de izquierda y de la Iglesia, que los hostigan con la acusación de ser funcionales al macrismo, antes que una respuesta a demandas incontenibles de sus bases.

Menos esperable tal vez sea saber que coinciden con el calificativo de válvula de escape muchos de los líderes de la CGT que convocaron para hoy a la huelga. Es probable que sepan no solo lo que piensan sus bases, sino también lo que reciben los encuestadores de las principales y más confiables consultoras. Quizás una de las pocas excepciones en la cúpula sea Juan Carlos Schmid, quien, ya enterrado su sueño de ser el Saúl Ubaldini de este tiempo, se destaca como embajador de la Iglesia bergogliana ante el sindicalismo tradicional, como lo escenificó durante el fin de semana en las combativas jornadas de la Pastoral Social.

Tiene lógica la actitud de la central obrera en la que predominan "los Gordos": las consecuencias de la devaluación y de la aceleración de la inflación en el consumo y el empleo todavía no se verifican en toda su magnitud, y menos en su potencialidad. Dos encuestas de los últimos días, una de Poliarquía y otra de Isonomía, muestran un repunte de la imagen del Gobierno y de sus principales dirigentes después de los días de zozobra cambiaria. Se comprueba una vez más que, salvo la dirigencia o la militancia comprometida, las mayorías no suelen hacer protestas preventivas hasta que las políticas de gobierno no se sufren en carne propia, individual o colectivamente. Otra de las consecuencias de la crisis de representación.

Obviamente discrepan los dirigentes de las dos CTA, los gremios conducidos por la izquierda trotskista, el clan Moyano y las organizaciones sociales que conforman otro espectro del atomizadísimo mundo del trabajo.

El camionero, sin embargo, hizo un aporte sustancial para bajar la percepción de conflictividad al firmar antes del paro un aumento salarial del 25%, que sus afiliados terminarán cobrando en marzo de 2019 y siempre y cuando se acepte que los tramos de incremento acordados son acumulativos, lo cual no figura en el acta. En caso contrario, el ajuste será de poco más del 23%. De todas maneras, podría verse el acuerdo como un gesto a la concordia si se tiene en cuenta que en estos días la inflación prevista para este año está ya varios puntos por encima de aquel 25%, que parecía un exceso. Claro que los trabajadores del gremio de Moyano tienen ingresos que superan en casi un 30% el promedio de lo que perciben los asalariados de las demás actividades.

En el Gobierno agradecen el cierre de esa paritaria, pero mucho más que el cuestionado dirigente se haya desprendido de una bandera central para aglutinar reclamos, como son las demandas de recomposición salarial, que podrían servirle para encubrir su preocupación por las causas que lo complican en la Justicia.

Nada condiciona más a Moyano desde hace ya un buen tiempo que su situación judicial. "Cuando se trata de temas laborales se comporta como un tipo racional y sensato, pero se vuelve absolutamente irracional cuando ve cercana la posibilidad de terminar preso. Es un problema para cualquier construcción". La frase de un destacado dirigente del llamado peronismo racional puede ser suscripta sin correcciones por casi toda la administración macrista.

Curioso caso el de Hugo Moyano, que puede incomodar o ayudar por igual al Gobierno, como a varios de sus aliados circunstanciales o históricos que se oponen a la gestión macrista, entre los que se cuenta la conducción de la Iglesia. Si bien él y su hijo Pablo cuentan con la protección del canciller de la academia pontificia de las ciencias, el obispo Marcelo Sánchez Sorondo (de dilatada cercanía con el peronismo y prosapia nacionalista y filonazi) no tiene en el Papa a su principal defensor.

La centralidad de la Iglesia

La Iglesia argentina, ya conformada a imagen y semejanza de Francisco , se ha convertido en un actor central de la realidad social y política, sobre todo después de la media sanción de la legalización del aborto. Las jornadas de la Pastoral Social, que conduce el jesuita Jorge Lugones, concluidas ayer, fueron explícitas sobre lo que opina de las políticas de Macri. Tanto como las estridentes manifestaciones del Papa posteriores a la aprobación en la Cámara baja.

"Después del aborto, la Iglesia se pintó la cara", afirma un funcionario del Gobierno que tiene un vínculo construido durante muchos años con el Sumo Pontífice desde los tiempos en que era cardenal primado de la Argentina. Como se anticipó en esta columna hace dos semanas, tanto los sacerdotes de base como la cúpula eclesiástica están en la avanzada de los que agitan las demandas sociales. Todo se intensificó luego de los cuestionamientos que puertas adentro del catolicismo elevaron los cruzados contra el aborto derrotados en Diputados por la estrategia que había adoptado la conducción de la Iglesia. Acción y reacción.

El Gobierno se mueve así en otro desfiladero, no solo el económico-financiero que tuvo en vilo al país y sigue bajo observación, sino también político y social. Todos están íntimamente relacionados. La estabilización del tipo de cambio para poder ver las consecuencias que dejó la megadevaluación desvelan a todos. A los que ven en el paro general de hoy una válvula de escape y a los que están convencidos de que será el comienzo de una escalada indetenible.

Si los análisis que le llevaron en la última semana a Macri desde los ministerios de Hacienda y de Trabajo sobre el escenario económico y laboral que deberá afrontar en los próximos meses resultan acertados, podrán celebrar los que ven con simpatía la medida de fuerza como herramienta para bajar la presión.

Coinciden aquellas evaluaciones en que los efectos nocivos de lo ocurrido en el último mes no serán iguales en todas las industrias y hasta auguran que varias se podrían beneficiar, especialmente las que hasta acá fueron afectadas por las importaciones. Sin embargo, no hay datos precisos de la magnitud del stock acumulado de bienes foráneos para saber cuándo volverá a funcionar la maquinaria ociosa local. Es solo uno de los aspectos de una realidad compleja y con demasiadas variables y actores interrelacionados.

Muchas monedas están el aire. Pero, a pesar de estar en las horas previas a un paro general, en los principales despachos de la Casa Rosada decían hasta ayer que están intactas las chances de Macri de ser reelegido en primera vuelta en octubre de 2019. Para verificarlo falta demasiado y esta vez nadie augura brotes verdes para el segundo semestre que está por empezar.

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