Nació cincomesino y vivió para contarlo: el resultado es una novela que narra el mundo de los bebés prematuros

Crédito: Gentileza
Daniela Chueke Perles
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12 de julio de 2018  • 02:39

Nueve meses le llevaron a Michael Josch dar a luz su primera novela: 770 gramos (Emecé), basada en la historia de su llegada al mundo. Su madre cursaba el quinto mes de embarazo y el parto se desencadenó mucho tiempo antes de lo esperado. Así, a las 22 semanas de gestación y sin haber recibido la medicación que habitualmente se da antes de un parto prematuro para estimular el desarrollo de los pulmones, Michael nació. Y un día, 22 años después del alta volvería a visitar la sala de neonatología para reencontrarse con el mismo equipo de médicos y enfermeras que lo cuidó. No es habitual que un bebé o sus familias vuelva al lugar donde estuvo internado. Pero Michael, además de la gratitud, tenía otra intención. Conocer su propia historia para poder contarla. El resultado es un libro emotivo y lleno de humor que saca lágrimas y carcajadas en dosis parejas.

Narrado, en primera persona, el autor le da voz a ese bebé prematuro que hace 23 años, arribó a la vida fuera del útero materno no para pasar a los cálidos brazos de sus familiares, no para alimentarse de la teta materna a libre demanda, sino para quedar internado en una incubadora y pasar tres meses rodeado de médicos y enfermeras, conectado a cables y máquinas, en una sala de neonatología.

Es curioso que para los tiempos de la literatura, 9 meses pueda considerarse un plazo corto, mientras que para la gestación de una vida humana es el necesario y suficiente. Quizá todo en Michael (léase Mikael) esté signado por la condición de prematuro. O no. Pero al menos es lo que este joven publicista y escritor de 23 años, se viene preguntando desde el día en que, mientras se probaba una remera en el probador de una megatienda, advirtió como si hubiese visto por primera vez, esa cicatriz que siempre había estado en su espalda y, entonces, recordó que había sido un bebé prematuro.

"En ese momento me choqué conmigo mismo. Sabía que la cicatriz estaba allí, pero al no verla se había convertido en algo sin importancia, salvo cuando alguien me preguntaba por qué la tenía y yo respondía con humor, inventando alguna historia heroica o extraordinaria".

Michael hoy, a los 23 años tiene su propia empresa de marketing digital ya está preparando su segunda novela
Michael hoy, a los 23 años tiene su propia empresa de marketing digital ya está preparando su segunda novela Crédito: Gentileza

La realidad era que lo habían operado a los 20 días de nacido de algo llamado ductus, pero no se había preocupado por saber más. Sabía que nació a las 22 semanas de gestación, que había pesado 770 gramos y que había medido 30 centímetros, el largo de una regla escolar. Nunca hasta ese momento se había cuestionado qué impacto había tenido en su historia esa etiqueta "prematuro". Pero sabía que en algún lado de su existencia la llevaba inscripta. Acaso en el subconsciente, o quizá a la vista, en esa cicatriz. Lo cierto era que su llegada al mundo no había sido edulcorada como en las publicidades que solía redactar. Poco había tenido de las imágenes felices y de la perfección que él solía elaborar en sus redacciones creativas. La circunstancia real de su nacimiento había estado cargada de riesgo, miedo y dramatismo. Durante tres meses ese bebé que había sido hacía dos décadas, se había estado debatiendo entre la vida y la muerte. La debilidad y la fortaleza, el pulso de vida y la falta de aire.

Pero la historia había tenido un final feliz, una vez dada el alta del sanatorio, había crecido en familia como cualquier otro chico y su llegada al mundo había quedado olvidada. Pensándolo bien, es lo que nos pasa a todos. Nadie recuerda los primeros años de su vida. No se sabe mucho cómo funciona, por qué, ni que sentido tiene, es uno de los grandes misterios del cerebro humano: la amnesia infantil.

Quizá por eso se conocen las voces de las familias de los prematuros, de los profesionales de la salud y de quienes abogan por una mejor calidad de atención para estos niños, pero no la de los verdaderos protagonistas.

De ahí el valor y el impacto que provocó la lectura de esta novela en una gran cantidad de lectores que habiendo vivido historias similares o no, que simplemente se conmueven por la novela, le escriben a Michael en sus redes sociales mensajes de felicitaciones y agradecimiento.

Crédito: Facebook

Mirá quien habla

"Estoy apoyado sobre algo cómodo, esponjoso y mullido de color naranja. Me dijeron que se llama corderito, que me termorregula y además me genera la misma sensación que cuando estaba en la panza de mi mamá. Mi cuerpo está más suave, lo siento más calentito.

Una de las chicas de azul me abre uno de los agujeritos de la nariz con un guante y mete algo muy finito y transparente. Permiso, dice. Vengo a aspirar los moquitos, así no se infecta el pulmón que está muy delicado, ¿sabés?

Más despacito que me duele, por favor. Siento que me voy a ir por ahí adentro. No quiero. Me da miedo. Tengo cosquillas por todo el cuerpo y mi nariz tiembla. ¿Qué está haciendo chica de azul? ¿Qué le pasa? ¿Por qué? Me muevo de un lado a otro. Parece o terminar: es una pesadilla. No aguanto este dolor. Veo su cara, sus ojos gigantes, atentos. Su boca semiabierta. 'Un poquito más.' dice. No, más no, por favor. Basta. Nunca me preguntó si yo estaba de acuerdo. Saca su mano y se va. Soy libre otra vez.".

Extractado de 770 gramos, de Michael Josch (2018, Emecé).

770 Gramos - La Nacio´n - Fuente: Youtube

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A los 14 años Michael empezó a escribir textos sueltos, cosas que le salían, algunas las guardaba en su compu, otras las publicaba en blogs, pero no las daba a conocer demasiado. Estaban ahí, guardadas, sin ninguna otra intención que la de dar rienda suelta a ese impulso de poner en palabras las emociones, ejercitar la observación, hacerlo por que sí, por que le salía y porque podía.

Cuando se recibió de publicitario y empezó a trabajar en una agencia, diez a veces once horas por día, abandonó el hábito. Pero un día su vida dio un giro, cuando descubrió que quería hacer algo distinto, no vivir para trabajar sino a la inversa. Entonces renunció a la agencia y abrió su propio emprendimiento de marketing digital, a medio camino entre el ser empresario y profesional free lance, detectó que estaba trabajando solo seis horas y que tenía tiempo libre.

Así decidió empezar un taller literario y acudió al escritor Luis Mey. "Creo que dí con la persona indicada, porque para escribir necesitás esa persona que te guíe y te diga por acá sí, por acá no.", rememora. "Cuando él me preguntó si tenía un proyecto, la verdad era que no, yo queria hacer algo, aprender, pero entonces me acordé del momento de la cicatriz, que había sido un mes antes. Le conté esa anécdota. Y me dijo que empezara por ahí, que escribiera 'Acabo de nacer' y continuara a ver qué salía. Volví a la semana siguiente con 30 páginas".

Michael y su autobiografía: ¿realidad o ficción?

Por Luis Mey, escritor.

"La verdad es que Michael vino como vienen muchos al taller: con demasiado respeto por la literatura. Simenon dijo alguna vez que para que un texto sea bueno hay que quitarle todo lo que parezca literatura, cosa que tomo, justamente, desde el amor puro y honesto que le tuvo a la literatura. Defenderla de nosotros mismos es tan importante como ser un pésimo escritor por algún tiempo, como defender, casi para siempre, la prueba y el error en el ejercicio del oficio. El tema es que Michael, sin ser un pésimo escritor de entrada, vino con la construcción que el respeto enmarca: quería escribir mejores posteos en las redes sociales. Eso, claro, me noqueó.

Cómo no querer a un muchacho que de ningún modo es capaz de declararse con futuro en la literatura, ya no decir aquellos que se creen merecedores del premio Nobel después del primer poema a la novia. Esa idealización que trajo me puso contra las cuerdas en cuestiones de la nueva generación: chicos que en sus dispositivos tienen tan a la vista el éxito de los otros, tan desanimados con el suyo propio. Pero, principalmente, entendí que Michael podía, más allá del éxito o del fracaso, encontrar un espacio desde donde salir de la dualidad.

Escribir: simplemente escribir. Para ello, claro, hizo falta sacarlo, también, de la otra dualidad que el mundo maneja: ficción o realidad. Bueno. ninguna de las dos. Michael, sí, tuvo que pasar por una experiencia -aquello del libro: lo del cincomesino- que difícilmente se puede considerar como propia, como autobiográfica. Que trajo consecuencias, sin lugar a dudas, pero tal vez sea una experiencia que podría escribir mejor su madre o su padre antes que él, bastante más dueños de los detalles fácticos. En su caso -durante el taller-, lo más rico pasó por convencerlo -o lograr que lo vislumbre, que lo haga nuevo- de que el texto en sí, la hoja misma, aquella cosa blanca sin nada, una vez cubierta por palabras es, ontológicamente, un acto de ficción: eso que pasa en la hoja no está sucediendo. La hoja se rompe y ya no sucede. Es un truco.

La experiencia escrita, la autobiografía, tiene el truco tan a la vista que nadie que no la ponga en ejercicio puede verla. La escritura de la propia vida, ni bien incluye una persona que no sea uno -e incluso uno lejos de ese uno que narra-, es ficción. Toda la perspectiva es un acto de ficción. Esto mismo es un acto de ficción, porque es incompleto de mi propio pensamiento y, al mismo tiempo, genera uno nuevo en el otro, el que lee. Esto, que parece una verdad de Perogrullo, no lo es, o no del todo. La verdad es el objeto de estudio de la filosofía, no de la literatura. No es la verdad lo que perseguimos.

Michael entendió a la perfección que cuando buscamos algo, cuando tenemos la tendencia a perseguir, lo mejor es ir hacia el otro lado. Ahí se esconden, por ejemplo, los giros narrativos. Fue esta, tal vez, la única forma de escribir desde la voz de un niño recién nacido. Y lo logró -digámoslo- desde la segunda clase. Y sí: esta será la primera vez que me verá escribir la palabra clase en mi teclado. Michael no escribe, en suma, para seguir un parámetro de ventas o de modas o de tendencias. No le sale la primera persona porque esté en boga. Escribe como le sale, por fortuna, porque sabe que nadie está mirándolo, y nadie está mirándolo mientras lo hace porque él elige que así es más libre. Cosa maravillosa en estos tiempos del espectáculo del yo.".

Los prematuros en datos

  • La Organización Mundial de la Salud estima que cada año nacen unos 15 millones de niños prematuros (antes de que se cumplan las 37 semanas de gestación) y que esa cifra está aumentando. Asimismo, las complicaciones relacionadas con la prematuridad, principal causa de defunción en los niños menores de cinco años, provocaron en 2015 aproximadamente un millón de muertes.
  • Tres cuartas partes de esas muertes podrían prevenirse con intervenciones actuales y coestoeficaces.
  • En los 184 países estudiados por la OMS, la tasa de nacimientos prematuros oscila entre el 5% y el 18% de los recién nacidos.
  • A instancias de Unicef, todos los años en todo el mundo se conmemora la Semana del prematuro en el mes de noviembre para promover el conocimiento de sus derechos y la atención que necesitan los bebés y sus familias.

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