En la TV del Mundial, la pelota no es redonda

Marcelo Stiletano
Marcelo Stiletano LA NACION
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25 de junio de 2018  • 13:00

La pelota de fútbol es redonda, pero en las dimensiones del televisor parece cuadrada. Aunque parezca mentira, esa lógica extraviada viene funcionando como regla de normalidad en una parte sustancial de la pantalla argentina del Mundial Rusia 2018 . El corolario de esta monumental distorsión está en línea con una de las grandes anomalías históricas de nuestra televisión: su autorreferencialidad.

En medio de un acontecimiento como el Mundial, de atención excluyente, sus resultados son peligrosos. Sobre todo, la posibilidad inmediata de otorgarle un certificado de veracidad casi absoluta a cualquier afirmación incendiaria dicha a la pasada, aunque fuese inmediatamente contradecida por otro participante de la misma mesa. Refutar con argumentos sensatos todas las "revelaciones explosivas" en este tiempo de falsas verdades impuestas y multiplicadas por la fiebre viral de las redes sociales parece un esfuerzo estéril. La "bomba" ya explotó y lo que único que hay que hacer es contar el momento del estallido de todas las maneras posibles.

Esta práctica tiene consecuencias nocivas inmediatas. La difusión televisiva casi en tiempo real de cada nuevo escándalo en los canales deportivos que siguen el Mundial todo el día le agrega más combustible al fuego en el que el fútbol argentino decidió autoinmolarse. Pero desde la perspectiva televisiva aparece un resultado más dañino, propio de la TV farandulera: el efecto de acumulación. El explosivo detona en un canal y sus esquirlas son levantadas por otros que a su vez le agregan más munición gruesa. Les alcanza con convocar a otros opinadores que llegan con los bolsillos llenos de municiones. La TV se transforma a toda velocidad en un campo minado, y lo primero que salta por el aire es la verdad.

Las primeras bombas estallan en los escritorios multipanel de TyC Sports , instaladas todo el día en el centro de prensa de Moscú a través de exaltadas tertulias que con la misma intensidad y verborragia tranquilamente podrían hacerse desde Buenos Aires. Un descomunal despliegue técnico y humano diseñado para no salir de ese búnker, salvo para llevarnos las imágenes de los partidos y de alguna práctica de nuestro seleccionado.

Esta escenografía replica el modelo de los programas chimenteros y lo extiende hacia algunos espacios informativos del aire y del cable. Todos a los gritos y hablando al mismo tiempo, primera condición para que no haya debate alguno, como ocurrió el jueves pasado en Intratables. Si los convocados para debatir son el periodista Rodolfo Cingolani, el exárbitro Pablo Lunati (que terminaron discutiendo a grito pelado) y el Tano Pasman, un personaje que se hizo famoso por su desesperado fanatismo, es muy difícil que el televidente saque conclusiones útiles y fundamentadas. El raíd mediático protagonizado en los últimos días por Ricardo Caruso Lombardi va en esa misma dirección.

Por suerte hay espacios en los que prevalecen la sensatez, el buen juicio y el debate bien entendido. Desde la TV Pública , Diego Latorre es el abanderado de los mejores análisis que pueden escucharse en la pantalla sobre la actualidad (futbolística y más allá) del seleccionado. En esa línea aparecen Marcelo Espina (ESPN), Gonzalo Bonadeo (El Trece), Enrique Macaya Márquez (TV Pública) y Rubén Capria (en LN+, diariamente junto a Cristian Grosso, Jeremías Prevosti y Juan Marconi). Algunos de ellos fueron grandes futbolistas. Saben mejor que nadie que para hablar de fútbol y de Rusia 2018 hay que partir de lo básico: la pelota es redonda.

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