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Algo no salió bien

El insólito capricho que influyó para hacerle perder la gloria a la "Naranja mecánica"

Carlos Manzoni
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2 de julio de 2018  • 00:54

Fue para muchos la mejor selección de fútbol de todos los tiempos, pero se "mancó" en el partido clave. Nacidos mayormente sobre las cenizas de lo que dejó la Segunda Guerra Mundial, sus integrantes tenían una gran cuenta pendiente con el equipo alemán que enfrentarían ese aciago 7 de julio de 1974, en el estadio Olímpico de Munich, en la final de la décima Copa del Mundo: tres décadas atrás, la invasión germana en Holanda se había cobrado la vida de muchos de sus familiares. Pese a que esto no era más que fútbol, el recuerdo se hacía inevitable.

Ahora bien, volviendo a mediados del siglo XX, a una Holanda destruida por la guerra ¿quiénes eran estos chiquitos que pronto empezaron a correr detrás de una pelota? A la cabeza de todos estaba un tal Johann Cruyff, uno de los cinco mejores futbolistas de la historia. Pero también aparecían Johan Neeskens, Arie Haan, Ruud Krol, Johnny Rep y Rob Rensembrink, entre otros. Ellos, bajo la batuta de un viejo zorro, como Rinus Michels, revolucionarían el fútbol apenas 20 años después.

Primero, la revolución se gestó en el Ajax, de Ámsterdam, siempre de la mano de Michels como técnico y de Cruyff como cerebro dentro del campo. Los equipos holandeses dominaron los primeros años de la década del setenta ganando todo lo que se les ponía adelante. Al Ajax, se le sumaron el Feyenoord, de Róterdam, y el PSV Eindhoven, de Eindhoven.

Pero lo que hicieron a nivel selección en el mundial de Alemania 74 fue apoteótico. Hacía 36 años que Holanda no clasificaba para una Copa del Mundo (Francia 1938 había sido su último y triste paso) y ahora, una vez en ella, revolucionaron el juego. Inventaron el "fútbol total", todos atacaban y todos defendían. Cuando un jugador tenía la pelota se producía el efecto que provoca una piedrita al caer en el agua: "ondas" de jugadores giraban en torno de él ofreciéndose como posibilidad de pase. Y cuando no tenían el balón (pocas veces) se convertían en pirañas naranjas que asfixiaban al rival con algo que aplicaron como nadie: el famoso pressing.

Crédito: Wikimedia Commons

Se los conoció como "La naranja mecánica", por el film de Stanley Kubrick (basado en la novela de Anthony Burgess) que había sido furor unos años antes. Pero ellos encarnaban mucho más que el fútbol. Eran una muestra al mundo de la idiosincrasia holandesa de esa época: liberales, desprejuiciados, frescos y rebeldes. "Eran -dijo el historiador holandés Auke Kok- estrellas pop, casi símbolos sexuales, que hacían lo que les parecía y se comportaban como les convenía".

Se dice en el ambiente del fútbol que se juega como se vive y ellos hacían justamente eso: tal como analizó David Winner en su libro Orange Brilliant, la forma de crear espacios en el campo de juego estaba muy relacionada con la necesidad que tuvo siempre el holandés de encontrar espacios en un terreno inundable y poco amigable con el hombre.

Pasearon por esa Copa del Mundo: solo empataron con Suecia (0 a 0) y destrozaron (literalmente) a Uruguay (2 a 0), Bulgaria (4 a 1), Alemania Democrática (2 a 0), la Argentina (en uno de los peores "bailes" que recibió la albiceleste, 4 a 0) y a Brasil (2 a 0) . Llegaron a la final como amplios favoritos y preferidos, no solo por su gente, sino también por los hinchas del resto de los seleccionados (salvo los alemanes, claro está).

Como se dijo, aquí había un ingrediente que iba más allá del fútbol. Si bien habían pasado 29 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y los jugadores alemanes no tenían nada que ver con el régimen nazi que invadió a los Países Bajos, las heridas aún no habían logrado cerrarse. Esta vez, mostrarían dentro de una cancha, lo que tres décadas antes no lograron por medio de las armas: humillarían a su rival.

El inesperado final de la

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Empezó el partido, el primero que ponía en juego el actual trofeo, porque Brasil 70 se había quedado con la original Jules Rimet (al ganar, junto con la de 1958 y 1962, su tercera copa). Durante un minuto y medio, los holandeses hicieron 16 toques seguidos sin que los alemanes tocaran la pelota. Al final, la tomó Cruyff y, como una flecha, se metió en el área rival hasta que Uli Hoeness le hizo penal. Neeskens lo canjeó por gol. En solo dos minutos, Holanda ya estaba ganando y pintaba para goleada. El propio Paul Breitner, volante alemán, dijo después: "Todos pensamos en ese momento que nos goleaban". Pero. la historia siempre guarda una sorpresa.

A los 25 minutos, el árbitro inglés John Taylor cobró penal para Alemania y Breitner lo convirtió en gol. Antes de que terminara el primer tiempo, a los 43 minutos, Gerd Muller, el "bombardero de la nación", puso el 2 a 1 que sería definitivo. Increíblemente, Alemania era el campeón. ¿Qué pasó? Se dieron mil explicaciones, pero una tuvo que ver con un capricho del ídolo y conductor indiscutido de la "Naranja mecánica".

El gol del campeonato - Fuente: Youtube

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Resulta que, por pedido de Cruyff, el mejor arquero holandés de todos los tiempos, Jan Van Bereven no integró la selección en ese Mundial. Se había enemistado con el astro holandés porque había denunciado que él y su "camarilla" del Ajax tenían privilegios (él era del PSV Eindhoven), llegaban tarde a los entrenamientos por grabar comerciales y fumaban en los vestuarios.

Pero eso, que ya era malo de por sí, no fue lo peor: en su lugar, Cruyff impuso a su amigo Jan Jongbloed, un arquero que atajaba en el DWS Amsterdam (un equipo de la B), que solo había atajado 4 minutos en la selección 12 años atrás y, que encima, era miope. Hijo de un sastre comunista, Jongbloed estaba más para comerciante que para arquero de fútbol. De hecho, en los años anteriores a su convocatoria se ganaba la vida en su tienda de tabaco.

Curiosamente, fue el único arquero que atajó con el número 8 en un Mundial y uno de los pocos que atajó sin guantes. Todavía hoy en Holanda, los futboleros dicen: "Si Van Bereven hubiera atajado en lugar de Jongbloed, hoy tendríamos dos copas del mundo, la del 74 y la del 78". Además, en esa final de Munich, el alemán Sepp Maier se atajó todo. Por eso, muchos afirman hasta el día de hoy: "Si cambiaban los arqueros, el campeón era Holanda".

En fin. Como es de imaginar, poco se le puede achacar en el penal (aunque algunos detractores extremos de Jongbloed dicen que ni siquiera atinó a tirarse para un costado), pero en el segundo gol, prácticamente se queda parado, ni achicó ni retrocedió, ante un remate no del todo potente. Así, el capricho de Cruyff fue uno de los motivos por los que el para muchos mejor equipo de todos los tiempos no ganó el Mundial.

Crédito: Wikimedia Commons

Por supuesto que la mediocridad de Jongbloed en el arco no fue la única razón por la que se perdió aquella final, partiendo de la base de que, en fútbol, ningún partido se gana de antemano y "Alemania siempre es Alemania". Además, se atribuyó influencia a una fiesta que habrían tenido los jugadores holandeses la noche previa. Poco después, Michels habló sin tapujos y sin excusas: "Creo que hacer el gol tan rápido nos perjudicó, pero Alemania nos ganó bien".

Para desgracia de los aficionados holandeses, Jongbloed no solo siguió atajando, sino que, por lesión del titular (Piet Schrijvers), fue arquero de los naranjas en la final de Argentina 78. No son pocos los que ven cierta complicidad suya en los goles del matador Mario Kempes y Daniel Bertoni (victoria albiceleste por 3 a 1, en tiempo suplementario). Mientras tanto, Van Bereven, el mejor arquero holandés de todos los tiempos, terminó su carrera olvidado en los Estados Unidos: increíblemente, nunca pudo cuidar el arco de su selección nacional en un Mundial de Fútbol.

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