La vida secreta de las plantas

Diana Fernández Irusta
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26 de junio de 2018  

Servicios impensados que brinda Twitter. Hace unos días, el economista Juan J. Llach subió una foto del Ginkgo biloba que está frente al Jardín Japonés y recomendó no perdérselo justo ahora, cuando todas sus hojas han virado al amarillo.

El domingo andaba por la zona, recordé aquel tuit y no dudé: me desvié, encaminé el auto hacia la avenida Casares y ahí me quedé unos minutos, los necesarios para saludar -en silencio, como corresponde- a esa discreta maravilla dorada. Tan digno, tan benévolo, tan bello.

Levanté tres o cuatro de las hojas -esos abanicos estriados- que tapizaban la vereda, respiré hondo y me volví. Pensé en la antigüedad de los Ginkgo biloba, su manso estar en el mundo desde antes que nuestra especie surgiera. Pensé en el silencio exquisito de la vida vegetal, tan diferente de la opaca mudez. Y pensé en mis manos, que no resultaron bendecidas por el don de las "manitos verdes", pero hacen lo que pueden con las macetas de un balcón al que le sobran sol y viento, y le faltan habitantes con tiempos largos para cuidarlo.

Así y todo, las plantas de mi balcón y yo la vamos llevando. Renuncié a las variantes delicadas; acepté que en este vínculo solo resisten las más fuertes, las más humildes, las más empecinadas. Malvones y geranios. Suculentas. Cactus. Y algunas otras cuyos nombres no conozco -la enciclopedia no estaría siendo lo mío-, pero que ahí están, tranquilas y adaptadas al solazo del último piso. Parte de la familia.

Entonces ocurrió. El sábado, cuando trasplantaba un geranio necesitado de una maceta mayor. Y otra vez el domingo, bajo el influjo del Ginkgo biloba del Jardín Japonés. Me acordé de Man Ninotte.

¿Quién es Man Ninotte? La madre del escritor martiniqueño Patrick Chamoiseau y centro, motor y enorme inspiradora de La matière de l'absence, uno de los últimos libros publicados por el autor. La ausencia a la que refiere el título es la de la mismísima Man Ninotte, fallecida recientemente. Pero también la ausencia existencial, el vacío imprescindible a partir del cual es posible la palabra, el deseo, el gesto vital. Y aún más la ausencia de origen, inscripta como una llaga imborrable, en todos los descendientes -entre ellos, Man Ninotte y Chamoiseau- del tráfico de esclavos de los siglos XVII y XVIII. De todo esto, y más, logra hablar el escritor caribeño en un libro inclasificable y torrencial. Allí, entre reflexiones lingüísticas, antropológicas, estéticas y políticas, habla de su madre. Y entre los múltiples aspectos de aquella mujer a la que, ante todo, define como "la guerrera", están las plantas. Man Ninotte, que crio prácticamente sola a cinco hijos, que era pobre y tenaz, y estaba perfectamente acostumbrada a lidiar cara a cara con el infortunio, "veneraba a las plantas". Instalada en la ciudad, lejos de la exuberancia de los montes donde había crecido, se prodigaba en frascos, latas y todo tipo de recipientes donde ubicaba tierra, brotes, semillas. Como las curanderas a las que solía frecuentar, suponía que en el mundo vegetal, desde el árbol más imponente hasta la flor más delicada, residía un conocimiento "mucho más grande que nosotros mismos".

Man Ninotte y sus amigas creían que, en un tiempo anterior al más ancestral de los tiempos, las plantas habían sido parte de los "astros muertos y los cometas vivos", que entre ellas existía un lenguaje secreto e imposible de descifrar; que algunas, incluso, eran capaces de "domesticar" a los seres humanos. En la abigarrada vegetación de Martinica -aseguraban- bullía el saber de una biblioteca sin escritos ni páginas. "Bastaba abrirla -escribe Chamoiseau- para sumergirse en el más extraordinario de los archivos de la vida y del porvenir". Y me encanta la idea, incluso en la más urbana de sus posibles variantes. Porque qué más, para estar en casa, que una biblioteca y un jardín (o un balcón con ganas de verde).

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