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La historia como musa

EL PROFUNDO SUR Por Andrés Rivera (Alfaguara)-92 páginas-($ 13)
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9 de junio de 1999  

CON La revolución es un sueño eterno (Premio Nacional en 1992) y El amigo de Baudelaire (1991), la obra de Andrés Rivera volvió a alcanzar la difusión y el reconocimiento que ya había merecido cuando publicó Nada que perder (1982), probablemente una de las mejores novelas argentinas del último cuarto de siglo.

En El profundo Sur , Rivera retoma un recurso semejante al que había empleado en aquellos dos libros mencionados en primer término, y en algunos otros desde entonces. Se trata de un modo particular de la ficción histórica. Porque en Rivera no hay un afán de reconstruir o narrar hechos del pasado; más bien toma algún personaje o situación de la historia como excusa o disparador de su propia escritura. De tal modo que los mínimos datos reales no tienen gran peso, y hasta tal vez el relato podría estar ubicado en otro tiempo o lugar, y los personajes tener otros nombres, sin que por eso se produjeran mayores alteraciones en el conjunto.

En este nuevo libro la apuesta más peculiar radica, quizás, en una oscura resonancia del absurdo de la muerte y la intercambiabilidad de los destinos humanos ante el instante fatal. El dato histórico principal se concentra en una única escena que se expande y se reitera desde distintos ángulos a lo largo del libro: una manifestación callejera de huelguistas y un grupo de civiles armados que se ocupa de reprimirla. Es la Liga Patriótica, se informa al pasar, y el episodio se sitúa en 1919. No obstante, la historia podría aportar otras fechas y otros nombres de organizaciones para casos similares.

La escena en sí es tan sencilla como terrible: un hombre apunta su fusil desde un camión, elige al azar a un manifestante como blanco y dispara; al apretar el gatillo, un tercero se interpone en el recorrido de la bala. el segundo, destinatario original del disparo, se acerca al herido de muerte junto con un cuarto hombre, que seguidamente desenfunda un revólver y responde con él al agresor. Sólo el segundo de esos hombres, blanco original del disparo, tomaba parte en la manifestación. El tercero, el muerto, había salido a curiosear, y el cuarto más o menos lo mismo.

El libro tiene la extensión de un cuento largo y una estructura novelesca. Está distribuido en cuatro capítulos, cada uno de ellos focalizado en uno de los cuatro protagonistas de la escena base. Los pantallazos de esa escena se entremezclan con breves pero vigorosos trazos biográficos de los personajes. No faltan allí, como en tantos libros de Rivera, algunos hechos y personajes históricos que pasan lateralmente, como entre bambalinas (la Comuna de París, Sarmiento). Tampoco están ausentes algunos grandes autores del siglo XIX (no siempre bien tratados, aunque con admiración) ni los cuadros de sexo con algo de clandestinidad (incesto, adulterio).

Están también presentes otras marcas de la escritura de Rivera: la cadencia seca y contundente que a veces alcanza una bella intensidad; las anáforas y otras formas de repetición que, en algún caso, pierden efectividad al expandirse. Y siempre, una secreta y trágica ironía.

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