"Si preguntan, nos conocimos en Tinder"

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
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26 de junio de 2018  • 11:47

"Si preguntan, nos conocimos en un bar", decía la descripción de un perfil de Tinder que alguien se encargó de compartir en alguna red social. Captura a la perfección lo que en algún momento pudo haber sido un prejuicio contra las apps para conseguir citas: puede que estén bien, puede que funcionen, pero no se comparan con la genuina experiencia de conocer a alguien en un bar, una clase o una fiesta.

Las primeras soluciones tecnológicas para conectar personas usando computadoras se pueden rastrear a fines de los 50, y el concepto se mantiene más o menos igual desde entonces. Se carga un perfil en una base de datos y luego se calcula la compatibilidad con el resto. Casi en simultáneo con la aparición de las primeras conexiones hogareñas a internet en Argentina, en 1995 en Estados Unidos se lanzaba Match.com, que rápidamente se instaló como la principal plataforma de citas en internet.

El éxito de Match.com, sumado a la acelerada expansión de internet, inspiró a la creación de otras plataformas. En 2003 se lanzó OkCupid, que además de dar una experiencia similar a la de los "avisos clasificados" que daba Match.com, se enfocaba en armar los perfiles en base a cuestionarios de personalidad. Esto permitía dar un porcentaje de compatibilidad que desde un comienzo distinguió a OkCupid.

Esta apuesta por "capturar personalidades" no sólo fue terriblemente exitosa, sino que inspiró a un sinfín de investigaciones basadas en los datos recolectados por la empresa. Christian Rudder, uno de los fundadores de OkCupid, en 2014 publicó Dataclysm, donde comenta varios de los hallazgos de la empresa. Bajo el subtítulo "quiénes somos cuando creemos que nadie nos está mirando", Rudder no ofrece un gran análisis de los datos que tiene algunas correlaciones curiosas ("los usuarios que son más activos en Twitter tienden a masturbarse más") o incluso sorprendentes ("las personas parecen preocuparse más por la apariencia en línea que cuando se encuentran en persona").

Pero más allá de las curiosidades que nos ofrece el libro, innegablemente entretenidas, lo que captura es algo que casi nos parece antiguo: la despreocupación por lo que las empresas hacen con nuestros datos. En un infame post en el blog de OkCupid (luego eliminado) hace unos años Rudder titulaba "¡ hacemos experimentos con humanos!" y confesaba mentiras dichas a los usuarios para probar ciertas hipótesis. Luego de todo lo que pasó con Facebook en los últimos años, difícilmente la opinión pública podría volver a tomar con humor un comentario así. Como señala una periodista de The Verge, incluso en 2014 ya era poco gracioso tomarse el asunto con liviandad.

Sin embargo, el último gran empujón para la industria de las apps de citas no lo trajo la profunda indagación en la personalidad de los usuarios sino lo diametralmente opuesto. Fuertemente inspirada en Grindr, una app exclusiva para hombres homosexuales y bisexuales, y financiada e incubada por Match Group (dueña de Match.com), en 2012 se lanzó Tinder. Con el foco puesto en un puñado de imágenes y la distancia geográfica con la otra persona, Tinder volvió al asunto de las citas prácticamente un juego, sirviéndose de cada truco del libro de la gamificación.

Probablemente su éxito pueda verse como respuesta al poco esfuerzo que requiere su uso. Ya no hace falta responder decenas de preguntas, marcar intereses y detallar exactamente qué estamos buscando. Alcanza con subir algunas fotos, darle permiso a la app para que sepa dónde estamos y empezar a swipear -el famoso gesto de deslizar hacia un lado o el otro con el que marcamos si alguien nos gusta o no.

Tinder no para de crecer, llegando a ver un crecimiento del 100% anual en su número de usuarios activos y casi mil millones de swipes que generan unos 10 millones de matches cada día. Y todo esto en un mercado que colectivamente suma 1600 millones de dólares de ganancia por año. Lograr que consigas una cita es un gran negocio, y como todo gran negocio suele desencadenar una ferviente competencia.

El Match Group, al que pertenecen Match.com y Tinder, lentamente fue adquiriendo a sus competidores y en 2011 compró a OkCupid. Hace un tiempo también trató de comprar Bumble, fundada por una ex-Tinder que dejó la compañía y que está enfocada en dar una buena experiencia a las mujeres, y al no lograrlo adquirió Hinge, una competidora de Tinder enfocada en sólo conectarte con gente cercana a tu círculo de amigos.

Si algo tienen en claro es que cuando se trata de gustos es mejor tener un sabor para cada perfil.

Pero a pesar de la enorme participación en el mercado de Match Group, las cosas están por ponerse un poco más calientes. Hace algunos meses Facebook anunció su entrada al mercado de las apps de citas. Pero a diferencia de lo que ofrece el resto del mercado, Facebook no debe indagar mucho para "capturar" la personalidad de sus usuarios: es discutiblemente la plataforma con más experiencia en el asunto.

A medida que madura la discusión acerca de la privacidad y la forma en que nuestros datos personales son aprovechados, cambian los desafíos a los que deben enfrentarse las empresas de internet. Lejos, bastante lejos, van quedando los prejuicios en contra de estas apps y lo que comienza a mostrarse tímidamente son discusiones acerca de cómo las personas nos vinculamos, y qué es lo que sucede cuando lo hacemos a través de internet.

Hace poco se casaron unos amigos, que ante la pregunta confesaban haberse conocido por Tinder. Reconocerlo simplemente captura la obviedad de que no vivimos en línea y fuera de ella, sino que nuestra vida se intercala de momentos conectados y no conectados. Quizá pierda algo de su jocosidad, pero no debería sorprenderle a nadie toparse con un perfil que se anime a sugerir: "Si preguntan, nos conocimos en Tinder."

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