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Banega cumplió con las urgencias de los dos técnicos

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Ever Banega tuvo una participación decisiva
Ever Banega tuvo una participación decisiva Fuente: Reuters
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26 de junio de 2018  • 17:21

Minuto 14. La desmarcación de Messi abrió una hendija que Éver Banega interpretó con mágica complicidad. El pase largo, filtrado y con orientación para que el capitán amortigüe la pelota con el muslo izquierdo, dos controles sutiles con la zurda y el furioso derechazo cruzado. La reclamada conexión finalmente había aparecido. La situación era tan delicada que Sampaoli le entregó el equipo a los futbolistas. "Si juegan los históricos será porque la gravedad de la situación lo reclama", había adelantado. Ante el abismo, el dictado del cadalso o la supervivencia iba a pasar por ellos. La asonada dio resultado. Jugaron con vehemencia, con rebeldía, comprometidos como una familia que se impone encontrar las soluciones sin la ayuda de nadie. El miedo fue el combustible, y esta vez no los paralizó. Ni siquiera durante los muchos minutos que la selección se sintió una intrusa en el Mundial.

La usina de fútbol por la que había apostado el entrenador, se desintegró antes de entrar en funciones. Para Sampaoli, Lanzini y Lo Celso iban a resolver la circulación, las sociedades y la dinámica. Lo joven guardia que le daría propulsión al eterno sueño de Messi. Pero el volante de West Ham se lastimó los ligamentos en la recta final, y el medio de PSG todavía no saben si llegó a Rusia. El bosquejo de Sampaoli quedó hecho un bollo. Sin más alternativas de creación, con una lista desbalanceada por la ausencia de volantes mixtos, de corte creativo, Banega fue la opción. La única, y en ese punto coincidieron los futbolistas y el entrenador. Con todos los riesgos que encierra el mediocentro de Sevilla, inestable y anárquico, o cerebral y clarividente. Cuando Sampaoli tomó la selección, pensaba que Banega llevaría los latidos de su selección. Creyó, confió, le entregó el mando y, finalmente, se decepcionó entre tantas intermitencias. Pero esta vez era él o nadie.

Banega era el mejor argumento de la 'mesa chica' para desactivar su influencia sobre los entrenadores, un poder que finalmente un día aceptó Mascherano. La defensa era directa: "Si somos nosotros los que armamos el equipo, Éver nunca se hubiese quedado afuera del Mundial de Brasil". Sabella lo descartó en el último corte y nunca subió al avión rumbo a Belo Horizonte. Lo extrañó Messi, a medida que aquel equipo se hizo más rocoso y perdió creatividad. La venganza de Banega llegaría cuatro años después. Acorralado por el precipicio, cuando las sospechas podían volverse un tormento.

Y Banega asumió el reto. Lo ayudó Armani con su atajada salvadora cuando Nigeria hería de contragolpe. Lo ayudó Rojo con su derechazo inolvidable. Pero fue Banega el que dinamizó el eje central juntado pases, enhebrando encuentros. Facilitándole la tarea a Messi, impidiendo sus retrocesos frustrantes. Obligándolo a ser delantero. El jugador que consigue que Messi no descienda en la cancha, se gana el respeto del capitán. Y de los técnicos, el de adentro y el de afuera.

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