Y Messi eligió una noche de sol para despertarse

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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26 de junio de 2018  • 17:51

SAN PETERSBURGO, Rusia.- Lionel Messi eligió hoy una noche de sol para despertarse y decirle al Mundial Rusia 2018 que ahí está, que nadie debería firmar su caída o cantar victoria antes de tiempo. Les dijo a 35.000 argentinos en éxtasis en medio de la noche blanca del Báltico ruso que recuerda muy bien cómo es eso de meter goles, en realidad golazos, y añadió que tiene muy claro lo que significa ser el capitán de la Argentina. Dijo, sin decirlo, pero hablando con su fútbol, que nadie debería volver siquiera a insinuar eso de que es un pecho frío.

Messi le habló al Mundial para dejarle un mensaje: cuidado, aquí estoy y quizá todo sea posible ahora.

Abonada al drama cuatro años atrás mientras escalaba a la final en el Mundial de Brasil, la Argentina se superó a sí misma con el electrizante pase a octavos en Rusia. La victoria la selló un impensable Marcos Rojo, pero si la Argentina sigue viva en el Mundial es porque tiene a Messi, el sol que iluminó a todo un equipo que se sacudió la pesadumbre y la inercia negativa de los dos primeros partidos.

Qué le pasó a Messi en la primera parte del Mundial podría convertirse en una de esas historias destinadas al enigma eterno, algo así como qué le sucedió a Ronaldo en la final de Francia 98. Lo importante para la selección, en todo caso, es que Messi volvió a ser Messi.

Buena parte de los 64.468 espectadores en el estadio del Zenit, en una suave noche del verano ruso, abuchearon a Jorge Sampaoli antes del partido, tanto como aplaudieron al arquero Franco Armani. El equipo ante Nigeria era mucho más del núcleo duro de la selección, de los históricos, que del golpeado técnico, pero era, sobre todo, de Messi.

La angustia por qué pasaba por la cabeza del hombre de botines verdes fosforescentes se aplacó un tanto ya antes de comenzar el choque: Messi escuchó con corrección el himno y no mostró gestos atormentados como en la previa ante Croacia. No era poco. Y ya en el partido, la constatación era unánime: hoy sí estaba bien, hoy sí iba a jugar como el "10" que es.

Los grandes momentos del fútbol tienen una intensidad que ningún otro espectáculo ofrece, y el estadio se estremeció exactamente 195 minutos después de que Messi debutara en su cuarto Mundial. Desconocido en los primeros 180 y muy prometedor en los siguientes 15, Messi decidió que 195 minutos ya eran suficientes.

Apareció el Messi de verdad, el del esplendor, para sencillamente anotar un gol maravilloso. Éver Banega, uno de sus mejores amigos en la selección, le puso un pase de 45 metros desde exactamente la mitad de la cancha. Messi, utraveloz y progresando desde la derecha hacia el arco, su jugada de toda la vida, la amortiguó con el muslo izquierdo y la dominó enseguida con el botín de la misma pierna. Un paso, dos pasos, tres pasos, cuatro pasos, cinco pasos y en el sexto se afirmó bien para sacar un derechazo cruzado imparable para Francis Uzoho.

El festejo de ese gol, de rodillas en el banderín del córner, está ya entre sus momentos más impactantes en una carrera repleta de ellos. Ese Messi reloaded era parte de un equipo que se dio una descarga eléctrica antes de entrar. Todas las pilas que faltaron en los dos primeros partidos estaban en la noche de San Petersburgo. Mascherano, Di María e Higuaín se tiraban al piso para buscar la pelota, todos estaban con los ojos bien abiertos y nadie se permitía no tener las revoluciones a mil. Era otro equipo, era otro Messi. ¿Era otro equipo porque era otro Messi? Qué duda cabe.

El capitán siguió enloqueciendo nigerianos y electrizando a sus compañeros. Así llegó un gran pase en el área para Gonzalo Higuaín, que el delantero de la Juventus no pudo controlar, así estrelló a los 34 un tiro libre en el poste izquierdo de Uzoho. Era gol, casi fue gol.

Y eso que Messi fue hoy bastante más que el gol. Se jugaba el minuto 42 y Gabriel Mercado no encontraba una salida segura en el lateral, a metros del área argentina. Messi bajó corriendo desde la mitad del campo, se ofreció a Mercado, viboreó con la pelota cerca del banderín del córner y la sacó limpia y lejos. El día y la noche en comparación con el fantasmal "10" que jugó ante Islandia y Croacia.

Que antes de regresar a la cancha Messi le dedicara una enérgica arenga a sus compañeros en el túnel sirvió para dos cosas: como contraste ante un Diego Maradona que apareció adormilado, y que terminó el partido descompensado, y como certeza de que el segundo tiempo también debía ir bien.

Pero el fútbol no sería fútbol si fuera tan fácil. El penal para los nigerianos, VAR mediante, hizo crecer la angustia hasta bien cerca del final. Sí, fue Marcos Rojo el que selló un triunfo para el recuerdo, pero nada habría sido hoy posible si Messi no se despertaba. Lo hizo al borde del abismo y, seguramente por eso, festejó el triunfo como pocas veces: se subió, en estado de felicidad salvaje, a Rojo para celebrar el gol.

Y así, salvajemente feliz y sonriente, se abrazó con cada uno de sus compañeros tras el partido para terminar dedicándole la noche y el pase a octavos a una hinchada que canta extasiada, noche tras noche rusa, que son del país que tiene a Messi y Maradona. Miles que siguieron cantando hasta media hora después de cerrado el partido, convencidos de que, con este Messi, otro Mundial es posible.

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