La batalla cultural entre neoliberalismo y populismo

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
Para crecer es esencial el equilibrio de las cuentas públicas y no gastar más de lo que se produce con fines clientelísticos
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27 de junio de 2018  

Para gran parte de la sociedad, el neoliberalismo lleva las de perder frente al populismo: carga con todos los estridentes fracasos del país -fueran o no su culpa- mientras el populismo hábilmente le endosa las consecuencias de sus aberrantes y devastadoras políticas. Esto distorsiona el conflicto de nuestro tiempo: la dicotomía entre equilibrio y déficit, o, entre neoliberalismo y populismo.

Demonizados como están el neoliberalismo y su primer y más importante precepto, el equilibrio de las cuentas públicas, si no se disipa la confusión, el país estaría condenado a hundirse junto al populismo y su eterna vocación por el déficit.

Si el primer precepto del Consenso de Washington (factor inspirador del denostado neoliberalismo) es el equilibrio de las cuentas públicas, el primero del populismo consiste en gastar más de lo que el país genuinamente produce con fines clientelísticos, o sea, tener déficit para financiar asistencialismo y consumo social.

Así, cualquier medida que tienda a buscar el equilibrio de las cuentas públicas, sea devaluación, suba de tarifas, reducción de gastos, privatizaciones o racionalización administrativa es política neoliberal en estado puro, algo perversamente pergeñado para favorecer a unos pocos y perjudicar al pueblo.

Analizando la experiencia del último ciclo supuestamente neoliberal, en el gobierno de Menem, cuando se realizaron reformas de corte modernizador y pro-mercado que lucían en las antípodas del populismo, al mismo tiempo se estaba violando el sagrado principio del equilibrio. Al estimular el consumo por encima del ingreso genuino, se contentaba a los votantes a costa de engendrar un elevadísimo déficit fiscal. Como no se podía emitir por la vigencia del uno a uno con el dólar, el único camino era financiar ese déficit con deuda externa, la que iba a ser transitoria hasta que las nuevas inversiones hicieran crecer la producción global y equilibrar las cuentas.

Las inversiones llegaron a raudales. Implicaron una gran transformación que mejoró sustancialmente la infraestructura vial, la energética, las comunicaciones y el sistema portuario. A pesar de su magnitud, fueron insuficientes para balancear las cuentas. Y la pretendida financiación transitoria se tornó crónica e inmanejable. Al agotarse los préstamos se produjo una crisis de tal magnitud que se llevó de arrastre aquellas reformas y cerca de la tercera parte de los ingresos y los patrimonios de los argentinos. Fue casi un Apocalipsis. Y todo, culpa del "neoliberalismo" y no del costado populista y derrochador de aquel gobierno. Es que es muy difícil equilibrar cuentas en un país donde la concepción de gastar más de lo que se produce está tan arraigada en el subconsciente colectivo, que percibe a ese exceso de gasto como un acto de astucia, como si ese plus lo estuviera "pagando otro" (hasta ahora lo han venido financiado los bancos extranjeros. Se suma hoy el FMI. Y si se repudiara la deuda, para el populismo sería: ¡Bingo!).

Ante cualquier atisbo de aumento de la producción, el consumo social se las ingenia para crecer de manera exponencial a ese aumento. Ejemplo: en aquella década de los 90 se produjo un importantísimo incremento de la producción agropecuaria (aun con precios internacionales deprimidos) como consecuencia de la eliminación de las retenciones a los granos y de la estabilidad de precios. Pero ese crecimiento de la producción tuvo su correlato en un aumento aun mayor del consumo social. Siempre el consumo va dos escalones arriba de la producción.

Otro caso contrastante se produjo entre la Argentina y Chile durante los años de mayor bonanza que conociera América Latina, a comienzo de este siglo XXI. Paradójicamente, un gobierno socialista presidido por Michelle Bachelet creó en 2007 en Chile un fondo anticíclico que llegó a reunir 23.000 millones de dólares como previsión para los años de vacas flacas. En la Argentina, en cambio, se usaron esos mayores ingresos para fogonear al máximo el consumo social. A pesar de ese esfuerzo de ahorro, Chile continuó reduciendo la pobreza, mientras nosotros, gastando a mano suelta y boicoteando la inversión no logramos bajarla un ápice. Es que la inversión es el verdadero antídoto a la pobreza, no el gasto. Por eso, el neoliberalismo y la inversión están llevando a Chile al desarrollo.

Es verdad que hay naciones que tienen prolongados períodos de déficit, pero suelen tener condiciones para financiarlos. Algo bien distinto es vivir en déficit permanente como la Argentina y padecer cada dos por tres estrecheces que derivan en crisis recurrentes. El único y muy breve período de auténtico superávit se produjo -¡y a que costo!- luego del terremoto por la salida de la convertibilidad. Pero fue resultado de un acontecimiento excepcional. Contra la voluntad de gobierno y sociedad. Y el kirchnerismo, heredero de esa situación idílica, se ocupó desenfrenadamente de dilapidarla hasta entregar un país quebrado.

Una vez más el país está atrapado en una coyuntura diabólica: los gastos superan ampliamente la producción y eso requiere un importante -e insostenible- caudal de financiamiento externo del orden de 40.000 millones de dólares al año. A diferencia de los 90, las inversiones externas en gran escala no llegaron. Son los vapuleados empresarios argentinos los que están invirtiendo (acorde con sus limitadas posibilidades y la descapitalización sufrida luego de tantos años de políticas contrarias a la inversión). Solo eso explica los sucesivos trimestres de crecimiento moderado de la economía, insuficiente aun para equilibrar las cuentas.

Con este panorama, se presentan dos opciones: aumentar sustancialmente la producción o reducir de manera drástica el consumo. Aumentar la producción es la única salida política, social y humanamente tolerable para la sufrida sociedad argentina. Reducir el consumo, con los ya escalofriantes niveles de pobreza, condenaría al país a estadios colectivos desconocidos e imprevisibles, aun cuando esta alternativa no debería descartarse si fracasara (como pareciera) la vía de motorizar la inversión a través del gradualismo y se agotara nuestra capacidad de endeudamiento.

Para atraer a la gran inversión tiene que haber rentabilidad. Un factor clave para la rentabilidad en cualquier modelo productivo es el régimen impositivo. Y el argentino es abusivo y regresivo. Éste último aspecto se busca corregir con la recientemente aprobada reforma tributaria. Sin embargo, el carácter abusivo será difícil de modificar, dado que el gasto público estructural exige ese nivel de impuestos para que el Estado pueda pagar sueldos, jubilaciones y subsidios. En consecuencia, resulta impensable que una coyuntura como esta pueda destrabarse sin un gran acuerdo nacional.

¿Podremos algún día dejar de vivir con déficit crónico y dejar de padecer sus consecuencias? Para eso es fundamental que ese sector tan importante de la sociedad que rechaza todo lo que considera neoliberal entienda y acepte que se trata de medidas de racionalidad, de puro sentido común. Desmitificar el populismo y sus mañas es fundamental, ya que su discurso hipócrita se adapta a cualquier cosa. Hasta para impugnar en un futuro la devolución de la deuda contraída en estos años como consecuencia precisamente del despilfarro populista bajo el argumento de "¿cómo se va a pagar una deuda que se tomó -y se prestó- irresponsablemente para sufragar sueldos, pensiones y subsidios?"

Alguien debe realizar esta tarea pedagógica. Sin ella, cualquier esfuerzo con las mejores intenciones significará remar contra la corriente.

El autor es empresario y licenciado en Ciencia Política

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