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La enfermedad del suicidio

El drama del suicidio debe encararse como un problema de salud del que nadie debería desinteresarse, previniéndolo con un abordaje integral
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27 de junio de 2018  

Tres suicidios han resonado con fuerza en las últimas semanas: los de Kate Spade, reconocida diseñadora de carteras; Anthony Bourdain, chef de amplia trayectoria mediática, e Inés Zorreguieta, hermana menor de la reina Máxima de Holanda. Detrás de esos casos de resonancia pública mundial queda en segundo plano la tragedia, no menos dolorosa, de las miles y miles de personas que ponen fin a sus vidas en lo que constituye, en países desarrollados, una de las diez principales causas de muerte. En el mundo, cada 40 segundos una persona se quita la vida. Son 800.000 al año, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

No basta con solo tomar nota de tales sucesos. Tampoco, con hacerse eco de la tristeza que sus partidas provocan. Cabe, sí, preguntarse qué pueden hacer gobernantes, legisladores y científicos a fin de morigerar el luctuoso saldo que año tras año dejan tales determinaciones.

El impacto que han producido decisiones de los poderes públicos en algunos países invita a seguir buscando respuestas que anteriormente se hubieran calificado de tono menor. En Gran Bretaña, por ejemplo, informa la prestigiosa revista The Economist, se redujeron en 11 años las muertes por sobredosis de paracetamol a raíz de la eliminación de los frascos en que se envasaban las pastillas y su reemplazo por blísteres. En Australia, desde que, en 1997, entraron en vigor medidas más estrictas sobre el stock de armas en poder de ciudadanos ordinarios, disminuyeron en 80 por ciento los suicidios con balas.

Si la vida, cualquier vida, está por encima de los demás valores, las sociedades y los individuos no pueden renunciar a la esperanza de salvarlas por mayores que sean las evidencias de que un hombre o mujer están resueltos a quitársela. Perdura todavía el antiguo anatema religioso contra el suicida, que hacen a un lado, sin embargo, los fundamentalistas que estimulan la inmolación como parte de la acción terrorista. Pero no podemos entre todos, entre creyentes, agnósticos y ateos, sino tratar el suicidio como un tema de salud del que nadie con buenos sentimientos debería desinteresarse y que ha de prevenirse con una mejor comprensión de la problemática que encierra y un abordaje profesional.

Este fenómeno prueba palmariamente la importancia de los afectos sociales y personales y del tejido protector de la familia y las amistades, incluso de los vecinos, en la suerte de existencias emocionalmente complicadas. Las tendencias contemporáneas predominantes en algunos ámbitos han probado ser destructoras de estos valiosos lazos. Urge reconstruirlos e invocarlos con insistencia desoyendo a quienes embisten provocativamente contra todo lo establecido a este respecto.

Los disparadores de esta enfermedad pueden ser múltiples, incluso por factores genéticos, pero nadie osará negar el componente socioambiental que los caracteriza. The Economist informa que inmediatamente después de las muertes de Spade y de Bourdain las llamadas de socorro aumentaron en un 63% en los Estados Unidos. Eso demuestra de qué manera dramática gravitan sobre personas predispuestas por diversos factores las determinaciones suicidas de personas famosas. La Argentina tuvo su racha en la década del 30 con los suicidios de Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Lisandro de la Torre. Está debidamente descripto en la literatura médica el factor de emulación de lo que también se conoce como "enfermedad de Werther". El libro de Goethe Las penas del joven Werther, quien se quita la vida por una desilusión amorosa, hizo estragos en las filas de admiradores de la obra al desatar el efecto imitación, y de ahí el origen de la curiosa denominación.

Los suicidios en la Argentina tienen una tasa que ronda los 14 casos por cada 100.000 habitantes, sin estadísticas exactas, pues muchas defunciones se registran como muertes violentas o accidentales y no como lo que fueron realmente. El fenómeno afecta especialmente a jóvenes y adolescentes, entre quienes las tasas se han elevado sostenidamente desde 1990, al punto de haberse casi triplicado en 20 años, siendo el bullying un importante factor de riesgo. La responsabilidad de los adultos es indelegable: hay que estar atento a las señales que encienden las alarmas.

En abril de 2015 se sancionó la ley nacional de prevención del suicidio, cuyo objetivo es la disminución de la incidencia y prevalencia de este mal. Lamentablemente, aún no fue reglamentada.

En materia tan sensible, como que está en juego el valor supremo de la vida, mal podríamos resignarnos a aceptar que el suicidio es una cuestión de libre elección respecto de la voluntad de las personas. En la larga noche de las personas afectadas por estas dolorosas patologías no hay libre voluntad que pueda quedar confinada exclusivamente al arbitrio de un enfermo. En cambio, hay un espacio inmenso para activar la solidaridad posible de sus congéneres y la responsabilidad ineludible de los Estados.

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