La risita de Messi, las lágrimas de Di María y el mando de Mascherano: los históricos no se rinden fácil

La descarga final, protagonizada por los abrazos entre Messi y Banega y Mascherano y Otamendi
La descarga final, protagonizada por los abrazos entre Messi y Banega y Mascherano y Otamendi Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco
Andrés Eliceche
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27 de junio de 2018  

SAN PETERSBURGO, Rusia.- Lloran: cuántos kilos de la espalda estarán liberando las lágrimas de Di María, Higuaín, Mascherano. Qué precio tendrá el alivio que Messi descarga, los brazos en alto, aplaudiendo acá y allá, dándose vuelta para saludar también a los que están en las otras tribunas. No hay noche, no la habrá: porque el sol nunca se pone en verano en San Petersburgo y porque esos ¿30 mil? hinchas poblarán las calles con sus cantos un rato más tarde, cuando los obliguen a salir de esta especie de nave espacial llamada Zenit Arena. Repetirán entonces, batiendo palmas, eso de que tienen a "Messi y Maradona", escudos protectores de este sueño revivido. El fútbol es un espectáculo colosal, trepidante, único. Capaz de escribir una historia como esta una vez, y otra, y otra, y otra más.. No por repetidas perderán el encanto. Está lejos Quito de este punto del planeta, pero qué cerca se ve ahora: como allá, cuando consiguieron en octubre pasado el demorado pase al Mundial, acá estos mismos jugadores les hicieron creer a millones de futboleros de su patria, aunque sea por unos minutitos, que la vida es más linda.

Decidida a guionar su destino hasta el último día, la generación más rica y paradojal de la historia del fútbol argentino se puso al frente del partido del abismo y evitó desbarrancar. Llevan encima tres subcampeonatos consecutivos, pero eso les valió reconocimientos y acusaciones casi en partes iguales. Autogestivos hasta el límite, les cuesta entregarse al mando de un entrenador, sobre todo si no terminan de creer en él. Ya era madrugada de miércoles cuando Mascherano, el último de la fila de los jugadores, se subió al bus en las entrañas de un estadio todavía conmocionado. Abajo, charlando con un amigo, Jorge Sampaoli esperaba que el plantel estuviera a bordo para poder salir; recién cuando apareció el Jefe, el técnico subió y el chofer pudo poner primera. Una imagen, un detalle, ninguna imposición: una metáfora de este momento de equilibrios consensuados que vive la selección. La que pasó el Rubicón (Sabella dixit) de la primera rueda en esta ciudad que entró para siempre en la memoria emotiva de la selección.

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¿Cómo lo hizo? Con la formación titular más veterana de todo el Mundial (casi 31 años), un conglomerado de históricos que tuvo a Armani y Tagliafico como invitados especiales. El pacto del viernes en Bronnitsy, un acuerdo para "ir todos hacia adelante" le había marcado la ruta a Sampaoli, que interpretó de qué se trataba ese reclamo de "ser más simples": volver a un esquema clásico, en el que la cara la pondrían los de siempre. Era evidente que a Marcos Rojo no le sobraba nivel para aspirar a regresar al equipo, ni que Banega había acumulado méritos para que hubiera una marcha al Obelisco pidiendo su titularidad, ni que Di María se parecía en algo a aquel que supo ser. Pero si había que irse a casa pronto, las caras de la derrota más estruendosa de la selección en décadas tenían que ser las suyas.

En el partido "para jugar con el corazón", la selección tuvo pasajes interesantes de juego al principio y determinación al final, cuando alcanzar la clasificación dependía más de la cabeza que de las piernas. No habría mañana sin un subidón de energía, de autoestima, de coraje. De fútbol también, aunque no haya sido el atributo dominante en los 90 minutos más angustiantes de la Argentina en una fase de grupos desde aquella eliminación a mano de Suecia, en Corea-Japón 2002. ¿Podía pretenderse tanto, viniendo de dónde venían? El Mundial de los mensajes de Whatsapp era también hasta ayer el del calvario para la Argentina. Si los jugadores habían sido inteligentes para cederles a otros el lugar de candidatos, el desmadre que atravesaron desde que se suspendió el amistoso contra Israel puso las cosas en una posición demasiado inestable. El continuado recibió su stop recién anoche, con la catarsis colectiva que propiciaron saltando, llorando y abrazándose tantas veces adentro de la cancha.

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"En el vestuario ya estaban más tranquilos. Solo Di María seguía conmovido, pero después se aflojó", contaba alguien que tiene pase libre a ese recinto sagrado para los futbolistas. El caso del rosarino es simbólico: no hace falta preguntarle para advertir lo que sufre en estas situaciones límite. Fue el peor del equipo, pero su llanto no nacía de eso, sino más bien del desahogo que significó que se haya evitado una catástrofe deportiva. Si habrá punto de inflexión a partir de semejante explosión se comprobará el sábado, cuando Francia espere en Kazán con su tropel de figuras. "No lo sé, no soy psicólogo", respondía Mascherano en la zona mixta sobre si efectivamente lo que vendrá ahora será una manada de mentes fortalecidas, dispuestas a pegarse con convicción a esta oportunidad que, unos días atrás, parecía imposible.

Nada de lo que pasó en San Petersburgo ni lo que ocurrirá mientras la selección siga en Rusia se despegará del aura de Messi. El genio errante de Nizhny Nóvgorod retomó aquí sus fueros, sin que nadie entendiera bien por qué los había abandonado repentinamente. Su sonrisa distendida del mediodía, cuando se levantó de comer en el hotel, se leyó en el grupo como un buen augurio, cumplido después. Está visto: si ríe el 10, a esta selección taquicárdica todavía le quedará hilo.

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