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La selección, o hacer el amor con la ventana abierta

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco
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27 de junio de 2018  • 08:10

SOCHI.- ¿Hay algo más argentino que verse a cinco minutos afuera del Mundial y transcurrido ese breve lapso de tiempo, un suspiro, imaginar que estamos para ser campeones? La selección es la metáfora del país: mientras fracasamos estamos condenados al éxito.

Quien quiera encasillar a esta selección, ponerle un rótulo, correrá el serio riesgo de ser desmentido. Puede ser la del Messi meditabundo contra Croacia y también la del Messi expansivo frente a Nigeria. Puede ser la del Banega que saca a ese gran mediocampista que lleva adentro, con toque y conducción, o la del Banega, como ocurrió en otros partidos, tan distraído como cuando lo pisó su propio auto y le provocó una fractura por no ponerle el freno de mano. Puede ser un equipo que el jueves parecía adherir al paro general de tres días antes y también el equipo que se levantó con ganas de producir un martes 26.

Resumen del partido Argentina - Nigeria en el Mundial de Rusia 2018

03:44
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A esta Argentina no se la ve venir: dos zurdos cerrados, Messi y Rojo, hacen goles con la pierna derecha. En medio de una verborrea que es más para lexicólogos que para hinchas de fútbol, Sampaoli empleó por una vez las palabras justas y acertadas: "Nos quedan cinco finales", dijo antes del partido contra los africanos. Estaba claro, el seleccionado que menos amistosos de preparación disputó antes del Mundial necesitaba los dos primeros encuentros en Rusia para advertir todo lo que le faltaba como equipo, para descubrirse sobre la marcha.

De manera involuntaria, Sampaoli le hace una gran contribución al seleccionado, que no pasa por la exclusiva elección de los titulares y el plan de juego, temas que debe consensuar con los caciques del plantel. Socialismo decisorio en el país que entronizó al comunismo. Su aporte fue quitarle algo de presión a estos jugadores híper-sensibilizados al ser el receptor de silbidos y reproches de buena parte de los casi 30.000 argentinos que estuvieron en San Petersburgo. Entre castigar y mofarse de un Higuaín que no le acierta al arco o apuntarle a un entrenador que en vez de haber sido campeón con Chile y dirigido en Europa parece recién salido de su experiencia iniciática en Juan Aurich, el hincha ya eligió para quién son los dardos.

Viendo lo que fueron las últimas semanas de altísima exposición íntima y pública de este seleccionado, desde la concentración en Barcelona que no estuvo exenta de turbulencias, le cabe la definición que una vez dio Claudio Borghi de lo que significaba dirigir a Boca: es como hacer el amor con la ventana abierta. Y el acto, que oscila entre lo sensual y lo salvaje, no para de sumar voyeurs.

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