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Escenas de una potente experiencia protagonizada por dos exladrones y un actor

Punto de partida y llegada. Wali, Daniel y Bambi, en el primer diálogo entre ellos sobre temas del cotidiano. En ese mismo espacio, casi una hora después, volverán a ocupar el centro de la escena rodeados por el público y pantallas que reproducen mínimos detalles
Punto de partida y llegada. Wali, Daniel y Bambi, en el primer diálogo entre ellos sobre temas del cotidiano. En ese mismo espacio, casi una hora después, volverán a ocupar el centro de la escena rodeados por el público y pantallas que reproducen mínimos detalles Crédito: Diego Spivacow / AFV
El director Gerardo Naumann presenta en el Cultural San Martín un laberíntico montaje de fuerte carga testimonial apelando a un permanente cruce de lenguajes artísticos
Alejandro Cruz
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28 de junio de 2018  

Dos exladrones en escena y un actor. Todos engañan, se miden a la distancia, se confiesan desde la parquedad. Cuentan con las mínimas palabras y expresiones sus propias historias de vida en medio de un dispositivo escenotécnico laberíntico entre salas, pasillos estrechos, escaleras que atraviesan distintos espacios del Cultural San Martín.

Uno de los exconvictos se llama Waldermar Cubilla. Todos le dicen Wali. Wali es un tipo parco. Un chúcaro con facha. El otro se llama Pedro Palomar. Le dicen Bambi. Vio la película de Disney en el DVD de un compañero de celda. La escena en la que Bambi conoce a la nieve guiado por el conejo Tambor le caló. En la obra confiesa que la vio más de 30 veces. Y la muestra, y varias veces se escucha esa musiquita empalagosa. Bambi se tatuó en la espalda a Bambi. Hay una foto que da cuenta de eso. Se la sacaron casi en la puerta del penal de Sierra Chica, en donde estuvo cinco años, en donde Bambi se ganó el apodo. Escribió un libro que se llama Mi vida como ladrón.

La performance Los trabajos improductivos, así se llama, es una creación del director, dramaturgo, actor y cineasta Gerardo Naumann. No imaginó esta propuesta por capricho. En retrospectiva, forma parte de un todo. Hace unos años, ocho, montó una experiencia que tenía lugar en Munro, en la fábrica de ceras Suiza. Lo llamó Fábrica. El recorrido era guiado por sus propios trabajadores. Aquello era una verdadera maquinaria de ficción de fuerte corte testimonial en la que uno siempre estaba rodeado de latitas rojas de impronta pop que prometían limpieza profunda en medio de un paisaje dominado por cemento, ladrillos y casa con techo de chapa. Tuvo versiones en Varsovia, Utrecht, Berlín y Zurich.

En 2006 a otro trabajo suyo lo llamó Emily. Tenía lugar en una casa de accesorios de baños y cocinas en Lanús. Toda la obra estaba escrita a partir de escenas de libros de enseñanza de idiomas. Los distintos modelos de cocinas y baños tenían algo de una escenografía de despiadado hiperrealismo. En Hannover, Alemania, presentó La función en la sala pública más importante de la ciudad. Mientras el gran público veía una versión de un texto de Ibsen, un reducido número de espectadores recorría la entraña de esa fábrica de ficción guiados por lo que él llama la "clase obrera del teatro" (acomodadores, escenotécnicos, maquilladores, personal de limpieza, y siguen los rubros de ese otro elenco). En el recorrido, el público entraba a un camarín en donde estaba un actor de la obra de Ibsen. "Por seis minutos seré útil en dos obras, y se produce más arte con menos cantidad de recursos y materia prima", decía antes de entrar a una escena de Ibsen para el público de la platea y para otro público que pispeaba la acción a escondidas.

Espacio circular. Allí se cuentan momentos de vida de cada uno de los tres intérpretes en los que se mezclan fotos del conurbano con paisajes de Salta
Espacio circular. Allí se cuentan momentos de vida de cada uno de los tres intérpretes en los que se mezclan fotos del conurbano con paisajes de Salta Crédito: Diego Spivacow / AFV

Algo de ese procedimiento revistó en El carterista, propuesta que se presentó hace dos años en Elefante Club de Teatro (actual Los Vidrios). Ahí había actores, gente que pasaba por la vereda en donde transcurría la acción, un auto que se incendiaba y un actor que se iba de raje al mismo centro de la ciudad para transmitir en vivo la primera escena de Toc toc, que era puesta en acción en otro contexto, otra ficción.

Las obras de Naumann dialogan entre sí. Roban una de la otra. Pegan, copian, radicalizan procedimientos que serán profundizados en otras hasta en detalles menores. En bloque pueden aceptar la lectura de un concepto en permanente proceso en el cual la ficción entra en fricción con la realidad, el uso de lugares no convencionales se carga de pura teatralidad y en el que la mixtura de distintos lenguajes artísticos como la mezcla de actores con formación y sin ella se convierten en líneas constitutivas de un tipo de propuesta tan renovadora como de un marcado trasfondo testimonial, de denuncia.

De este proceso forma parte Los trabajos improductivos. Esta propuesta tiene sus inicios en 2014. Dar con Bambi y Wali, dos de sus protagonistas, fue un proceso largo que incluyó visitas a penales, mañanas de frío, requisas, sospechas, diálogos cortantes, encuentros con presidiarios, alguien que marcaba a un posible actor, un nuevo encuentro, una nueva búsqueda, un volver a empezar. De parte de ese proceso Naumann deja testimonio en un cuaderno de notas ( lostrabajosimproductivos.com), que es, a su manera, una obra en sí misma, un manifiesto confesional o el lado B de esta propuesta performática.

Del segundo encuentro en la casa de Wali, por ejemplo, escribe: "Estamos incómodos en su casa, como trabados. Quiero irme de ahí, aflojar eso. Le propongo que me acompañe a la estación. De su casa a la estación hay como 40 cuadras. En el camino, la cosa se ablanda. Saludamos a la gente que pasa. En el trayecto decido que Wali va a actuar en la obra. Hay que esperar que se afloje lo que se tiene que aflojar".

Espacio circular. Allí se cuentan momentos de vida de cada uno de los tres intérpretes en los que se mezclan fotos del conurbano con paisajes de Salta
Espacio circular. Allí se cuentan momentos de vida de cada uno de los tres intérpretes en los que se mezclan fotos del conurbano con paisajes de Salta Crédito: Diego Spivacow / AFV

La performance en sí misma va aflojando en su tránsito por distintos espacios de un espacio, el Cultural San Martín, de líneas arquitectónicas definidas. Comienza en la llamada Sala Multipropósito, que, tal vez por primera vez, le hace justicia a ese nombre un tanto exagerado por sus limitadas características. Esa sala oficia de punto de partida y de llegada por un mágico recorrido diseñado escenográficamente por Luciana Lamothe. Si Wali y Bambi son sujetos claves de todo esto, junto a ellos está Daniel Elías, actor que vive en Salta. Él, a su manera, es el otro apropiador/manipulador de objetos y estados de ánimos de lo ajeno para definir lo propio. Las historias de los tres se van desplegando en relatos directos, materiales audiovisuales diversos, prontuarios, lugares de los hechos, testimonios expuestos en términos biodramáticos, un miniautito de Google Map, expedientes.

"Las veces que yo mismo fui asaltado entendí que estaba frente a un tipo de escena y personaje singular. Esa persona, ese ladrón, había elegido cierto vestuario, ciertos elementos de utilería; en definitiva, había pensado en la puesta en escena [...] El costo de la entrada fue: mi teléfono celular, el contenido de mi billetera, un anillo, un par de zapatillas", explica Gerardo en su cuaderno.

Los trabajos improductivos se tendría que haber estrenado el año pasado en el marco del Festival Internacional de Buenos Aires. La noche anterior se suspendió. El domingo termina. Es de esperar que esta potente experiencia vuelva.

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