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Una pasión reflexiva

Pablo Ingberg acaba de publicar Diario de un misógino (Sudamericana), una novela en la que cuestiona y celebra al sexo femenino, del que reconoce estar profundamente enamorado. Poeta y traductor, el novelista enfoca a la mujer con una mirada teñida de humor y políticamente incorrecta.
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28 de abril de 1999  

EL autor de Camino a Damasco y de otros tres libros de poesía, Pablo Ingberg, habla de Diario de un misógino en su casa de San Cristóbal, una fortaleza propia en la que se percibe un ejercicio de la reclusión. Huye de toda referencia biográfica, en su caso y en el de los otros. Dice que no lee correspondencias ni biografías de escritores porque sólo le interesan las obras. Tampoco diarios, con la sola excepción de los de Kafka.

-¿Cómo surge la elección del diario como forma narrativa?

-En realidad todo empezó el día en que se me ocurrió una frase -finalmente, fue la primera de la novela: "una mujer hermosa es un objeto estético"- y quise anotarla-. Entonces me compré un cuaderno de notas que inmediatamente tuvo un título -finalmente, fue el nombre de la novela, Diario de un misógino- . Tenía ese cuaderno empezado y un día se me ocurrió esta idea: voy a escribir el diario del protagonista de esa novela que yo siempre pensaba escribir. Aun así, yo era consciente de que todavía había un abismo por delante, de que me costaba encontrar la manera. Surgieron entonces, por supuesto, los planteos: uno de los fundamentales era saber hasta qué punto es posible escribir una novela en forma de diario sin contar lo que le va pasando a esa persona mientras escribe, que es la forma convencional del género.

-Sin embargo, en su novela se lee lo que le va pasando al personaje principal y a los que lo rodean...

-Sí, porque yo me planteé esa perspectiva y después vi cuál era el alcance que podía tener, de qué forma se la podía trabajar en el texto. A medida que me aparecían las dificultades -que me resultaba imposible no hacer referencia a lo que le iba pasando al personaje que escribe- las incorporaba al relato. Hacia el final, la novela se aproxima a algo más claramente narrativo. En el Diario de un misógino , lo más novelesco, entendido en el sentido tradicional, aparece en la segunda parte.

-Su libro lleva a pensar constantemente que se trata de la novela de un poeta.

-En realidad, desde hace muchos años he tenido dos campos de experimentación para la prosa: un cuaderno de notas y las cartas. Yo cultivo el snailmail (el correo tortuga), como llaman los americanos a las cartas que se toman su tiempo, en oposición a la inmediatez y a la letra impresa del e-mail ; a mí me gusta, como una vez escuché decir a un poeta, "dibujar letras en la hoja". Tal vez ese trabajo previo en la poesía me lleve a alejarme de una propuesta narrativa que pone el acento en relatar hechos y a sentirme más próximo a una línea, por llamarla de alguna manera, en la que hay una delectación especial en el trabajo con la palabra, lo cual no quiere decir que haya ausencia de narración. La novela era para mí, tanto desde el punto de vista del escritor como desde el del lector, una cuenta pendiente: en estos últimos años prácticamente sólo leo -o releo- novelas, si bien sigo traduciendo versos -en este momento estoy preparando una traducción de La Tempestad de Shakespeare, en alejandrinos y endecasílabos, que saldrá en Losada-.

-Ha traducido también a Safo, a Sófocles, a Homero y a Horacio. Todo ese universo de la tradición griega y latina aparece en su novela como una especie de mundo de referencia, nunca como la cita erudita de función ornamental. ¿Por qué está tan interesado en la cultura clásica?

-En un momento pensé que, si hay que construir, lo más adecuado es empezar por los cimientos, y así me introduje en el mundo de Grecia y en el de Roma. Para eso empecé la carrera de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, con la idea de hacer sendos cuatrimestres de griego y latín, y listo. Pero cuando empecé con el estudio del griego, ya no pude dejar. Mi formación clásica aparece en lo que escribo: en mi tendencia a la escritura epigramática, por ejemplo, que tan bien se ve en Catulo, mi poeta preferido entre los latinos. Se nota asimismo en el humor, que también procede de Catulo, de sus poemas breves.

-Mucho de ese humor aparece ligado al tema de la mujer. ¿Cómo se explica la misoginia de este personaje completamente enamorado de las mujeres?

-Postular la misoginia hoy, cuando es tan políticamente correcto hablar bien de la mujer, es una forma de provocación, es intentar que la literatura de algún modo provoque un efecto en el pensamiento y en la sensibilidad de quien lea, algo que el mundo actual no promueve. A mí no me interesa hablar bien de la mujer, y tampoco lo contrario, simplemente creo que ese efecto buscado habla de un intento por seguir pensando cosas, por no tomar sin cuestionar las aseveraciones que vienen en bloque. No hay en definitiva una intención determinada cuando postulo ese personaje misógino y enamorado, no hay una postura frente a la misoginia, hay más bien una búsqueda. Es como cuando a Eliot le plantearon que La tierra baldía expresaba la angustia de toda una generación de entreguerras y él dijo que podía ser, pero que para él, todo su poema era más bien un gruñido con ritmo. Bueno, yo diría lo mismo de este Diario de un misógino : se trata de un gruñido con ritmo.

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